En defensa del bien común


Por Ernesto San Gil, profesor de la Escuela de Administración y Negocios de la Universidad de San Andrés.

La búsqueda del interés personal u organizacional al desarrollar una actividad resulta natural, humana y justa. Lo que no es justificable es la tendencia que suele verificarse expresando intenciones supuestamente altruistas, orientadas al beneficio de un colectivo, que no se ven consumadas en la práctica. Estas conductas, que se presentan tendientes al bien común pero que en realidad buscan satisfacer necesidades personales o sectoriales, son engañosas y lesivas para nuestra comunidad y explican, aunque sea en parte, su desempeño disfuncional.

Es común que las organizaciones pierdan de vista el propósito para el cual fueron constituidas. La dilución del espíritu inicial de los pioneros y las segundas intenciones hacen que su sentido quede postergado o distorsionado. Sin embargo, también debe decirse que muchas organizaciones hacen lo correcto para la consecución de los fines de su existencia. En esos casos, las personas que las componen -muchas de ellas, héroes anónimos- dan sentido congruente al propósito que las guía -a través de su acción y ejemplo- y construyen su ideario e historia.

Lamentablemente, lo contrario no es menos cierto. Haciendo evidentes las conductas no deseadas previstas en la teoría de la agencia, es frecuente que los agentes busquen su propio provecho en detrimento del principal. Así, nos encontramos con equipos de personas que operan en los ámbitos privado o público que autojustifican la necesidad de su existencia, cuando podrían orientar sus esfuerzos a mejores causas; con gremios que no representan cabalmente los intereses de trabajadores o cuya intención primordial es generar desorden público; con establecimientos educativos que no tienen como foco principal a los alumnos; con centros de salud que ponen otros intereses por sobre los pacientes, entre tantos ejemplos.

Las asimetrías de poder y de información, junto con agendas y aspiraciones contrarias al mandato del principal, resultan recetas perfectas para malograr el propósito de cualquier organización.

¿Qué podemos hacer frente a esto? Basándonos en la propuesta de la psicóloga organizacional Diana Ros, de la Universidad de Groningen, surgen recomendaciones en tres planos: social, organizacional y personal. En el social: favorecer, a través del consenso, la selección de líderes que demuestren un sistema de valores que incluya la sustentabilidad de largo plazo, la generación de bienes públicos y la mirada sistémica; apoyar desde la sociedad a las personas que demuestren esas creencias y alentar su imitación por otros. En el plano organizacional, fomentar la institucionalización para establecer esquemas de justicia interna que permitan identificar conductas disfuncionales (especialmente desequilibrios de poder) y remediarlas. También, mantener sistemas que midan los resultados obtenidos y evalúen la responsabilidad de los líderes por dichos resultados. Proponer, al mismo tiempo, esquemas de control y contrapesos. En la esfera de la acción personal, ejercitar entre quienes tienen la responsabilidad de gestión la empatía y la perspectiva general (ni sectorial ni individual).

A la hora de dar crédito a las expectativas, objetivos y propósitos supuestamente altruistas expresados -pero no demostrados-, además de evaluar si reúnen las condiciones antes detalladas, conviene aplicar la práctica del saludable escepticismo.

La Nación
22 de Febrero de 2017