La estructura de la grieta es línea imaginaria


Por Diego Reynoso, profesor del Departamento de Ciencias Sociales y director del ISPI.

Si bien en abril todas las consultoras registraron un leve repunte de la aprobación del gobierno luego de experimentar los dos meses más tensos en su relación con la opinión pública, que fueron febrero y marzo, el mes de mayo nuevamente volvió a dar indicios de una estructuración, de una cristalización, de las preferencias de la opinión pública que en términos generales y con más o menos margen de error parece persistir dividida en mitades. Según los datos del estudio que mensualmente realizamos entre la Universidad de San Andres e Ipsos (1000 casos nacionales respetando cuotas de NSE, sexo, edad y región, a población conectada a internet, del 1 al 31 de mayo) la aprobación de la gestión del presidente Mauricio Macri es de 46% mientras que la desaprobación del 45%. La serie de tiempo anual de la evaluación de la aprobación, con leves modificaciones temporales, se mantiene casi idéntica.

Este empate entre los que aprueban y los que desaprueban al gobierno, con variación marginal, es el legado aún persistente de los resultados electorales del balotaje de noviembre de 2015 que puso a la sociedad, luego de las series de elecciones de agosto y octubre, ante la elección de dos alternativas. Ahora bien, estos dos segmentos constituidos de un lado y del otro de lo que la calle y los periodistas han dado en llamar “la grieta”, no son internamente homogéneos desde luego. Del lado de los que aprueban al gobierno hay distinciones.

Nuestro estudio que analiza la Satisfacción Política Institucional, lo revela claramente: sólo un 28% está satisfecho con cómo marchan las cosas en el país y apenas un 21% está satisfecho con el desempeño del poder ejecutivo. Esto implica que, operaciones aritméticas más o menos comprensibles, hay un núcleo duro que aprueba al gobierno y está satisfecho cercano al cuarto del total, mientras que el restante cuarto aprueba al gobierno pero tiene dudas o críticas. Mientras el primer segmento es la base de sustentación del PRO por excelencia (y que coincide con los votos que el PRO obtuvo en las PASO de Agosto de 2015), el otro segmento parece provenir de los votantes que fueron acercándose a cambiemos posteriormente a las paso y fundamentalmente en el balotaje. Desde luego, independientemente de las diferencias en torno a la evaluación de la gestión, el presidente posee un 83% de imagen positiva de este lado de la grieta.

Del lado de los que no aprueban al gobierno las opiniones son más homogéneas. Comparten la insatisfacción en relación a la gestión del presidente, en particular y, en general, predomina una marcada insatisfacción con la situación en general del país. Al interior de este grupo el presidente tiene un 78% de imagen negativa. Sus diferencias radican, en cambio, en relación al factor CFK: quién alcanza un 43% de imagen positiva y un 48% de imagen negativa.

Ambos grupos presentan también implantaciones territoriales y socioeconómicas estadísticamente discernibles. Mientras los sectores medios se reparten de un lado y del otro, en los sectores medioaltos y altos se encuentra una mayor proporción de simpatizantes del gobierno. Territorialmente, el apoyo está disperso en ambos grupos, pero en el norte, capital y cuyo el gobierno está ligeramente mejor posicionado, mientras que todo lo contrario sucede en el GBA. Las políticas de justicia, seguridad y empleo aparecen una vez más como las que mayor insatisfacción producen en la opinión pública.

Quizás la incógnita en tiempos electorales sea establecer qué espacio le quedan a los políticos que, de un lado y del otro, intentan matizar. Me refiero a Martín Lousteau, en CABA, Margarita Stolbizer, Sergio Massa y quizás, en cierto modo, a Florencio Randazzo, en PBA. Son alternativas bien vistas por los que matizan de un lado y del otro, pero probablemente la ardua tarea de romper esa línea imaginaria (y no tanto) que divide en dos a la sociedad.
Clarín
08 de Junio de 2017