Un kit de supervivencia a mano


Por Roberto Bouzas, rector y director de la Maestría en Política y Economía Internacionales de la Universidad.

Pocos días antes de que se iniciara la primera guerra mundial el ex presidente del Banco de Inglaterra, Norman Angell, repetía en cada ocasión que tenía que la interdependencia comercial que habían alcanzado el Reino Unido, Francia y Alemania hacía completamente imposible y anti-económico cualquier tipo de conflicto bélico. Angell había expuesto esta misma convicción pocos años antes en su ya clásico “La Gran Ilusión”.

Lamentablemente, al poco tiempo no sólo estalló una primera guerra mundial sino que, pocas décadas más tarde, hubo un segundo conflicto global que devastó países completas y produjo millones de víctimas. Déjenme aclarar desde el comienzo que no traigo el episodio a colación porque estemos frente al riesgo de un conflicto militar de proporciones. Lo traigo porque el paralelismo entre la pifia de Angell y la asunción de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos sugiere varios puntos de contacto sobre los que es interesante reflexionar.

En primer lugar, ambos episodios levantan serias dudas sobre la convicción extendida de que la interdependencia genera intereses comunes que reducen el riesgo de conflictos severos. Nunca debemos olvidar que la globalización es un fenómeno con dos facetas, una de mercado y otra de política. En su faceta de mercado es el resultado del progreso técnico, especialmente en materia de comunicaciones y transportes, con la consiguiente reducción de la importancia que tienen la geografía y la distancia. En su faceta de política, en cambio, la globalización es una agenda: un enfoque normativo basado en una particular interpretación de lo que es deseable. Según esta visión la globalización era algo así como un tsunami que reduciría diferencias, crearía intereses comunes y nos empujaría todos a un mismo destino de gustos, ingresos e instituciones cada vez más parecidos. Quienes no se subieran a ese tren quedarían irremediablemente atrás en la marcha de historia.

La elección de Donald Trump muestra que las consecuencias del fenómeno son bastante más ambiguas y complejas, incluso para la economía más avanzada del planeta. La globalización aumentó la interdependencia, permitió que algunos sectores alcanzaran un nivel de bienestar que hubiera sido imposible bajo otras condiciones, pero también dejó un tendal de perdedores.

Como señaló la revista británica The Economist hace un par de semanas, en lugar de regocijarse con las bondades de la globalización habría sido políticamente más productivo identificar sus costos y diseñar intervenciones de política pública dirigidas a atenuarlos. Los políticos tienen una alta dosis de responsabilidad por este fracaso, pero también la tienen quienes alimentaron su pensamiento con diagnósticos y recomendaciones fáciles. La globalización en su faceta de política ganó la pulseada y ahora comenzaron a llegar las cuentas.

La pifia de Angell y la elección de Trump tienen un segundo punto de contacto: la política importa. Si bien la frase “Es la economía, estúpido” ya se ha convertido en un lugar común, lo que ambos episodios sugieren es el notable margen de autonomía que conserva la política.

El nuevo presidente de Estados Unidos no es un miembro de la élite económica ni del establishment norteamericano tradicional y fue elegido en base a un discurso populista y, en buena medida, xenófobo que genera escozor y rechazo en los círculos más convencionales. ¿Cómo es posible que en la principal potencia global se haya “escabullido” a la presidencia un individuo con las características del nuevo presidente? La respuesta es que la gente vota, y sus elecciones no están siempre orientadas por un interés “objetivo y racional” (en el caso de que fuera posible identificar tal cosa), sino por convicciones ideológicas o relatos (verdaderos o falsos) que cuentan una historia que modela sus decisiones.

Finalmente, la afirmación de Angell y la administración de Donald Trump comparten un tercer punto de contacto: ambos eventos ocurrieron en un contexto de cambio radical del orden internacional. El orden y las instituciones que rigieron la mayor parte del período de posguerra fueron en gran medida una construcción norteamericana. Hace tiempo que esa construcción tiene problemas severos de funcionamiento: la emergencia de nuevos actores influyentes (primero Europa y Japón, luego China), la difusión del poder económico y la inercia institucional han jugado su papel.

Los mismos acuerdos preferenciales de comercio que hoy Trump ve como nocivos para la economía norteamericana fueron en realidad la adaptación que hizo la diplomacia comercial de Estados Unidos frente a su dificultad creciente para obtener los resultados deseados en foros tradicionalmente de su preferencia, como GATT-OMC. El diseño del orden (no necesariamente “ordenado”) que reemplazará al existente está en pleno desarrollo y, a pesar de lo que dicen los gurú, no hay un camino seguro.

En efecto, la administración de Donald Trump puede constituir un episodio que rápidamente se transforme en un "outlier" sin capacidad de marcar una tendencia. Pero también puede abrir una nueva etapa en la evolución del sistema internacional que habitamos. Si bien la tercera guerra mundial esta vez parece, con bastante certeza, estar fuera de lo previsible, sería un error descartar las escaramuzas. En un mundo en el que, inevitablemente, hay perdedores, en el que la política conserva una buena dosis de autonomía, y en el que el orden internacional está en transición hacia un formato desconocido, es recomendable acostarse todas las noches con un kit de supervivencia a mano.

Clarín
08 de Febrero de 2017