Florencia Garramuño: Weegee, el simulacro y la realidad


Revista Ñ - 09/06/2016

El fotógrafo que se hizo famoso por llegar a la escena del crimen antes de su desenlace, y cuyas fotografías espeluznantes documentaron asesinatos en la New York de los años 20 y 30 es el mismo que, pocos años más tarde, logrará desmontar, a través de sus fotografías distorsionadas, la asociación entre documentalismo y captación desnuda de la realidad. Arthur Fellig, alias Weegee, comenzó como fotorreportero y monumentalizó el dolor privado convirtiéndolo en una ofrenda para las masas. Con su cámara de gran formato y sus poderosos flashes , produjo imágenes de alto contraste lumínico, que resaltaron el espectáculo y las emociones en las situaciones límite habituales de toda gran metrópolis. Contribuyó con ellas a definir la estética del film noir y a construir una imagen neoyorkina que perduraría por años. Pero en los 40 experimentó con filtros que distorsionaban la foto, llevando su técnica a un nuevo terreno que él mismo calificó como “fotografía creativa”. Con vidrios curvos o prismáticos detrás de la lente, o interviniendo los negativos (hirviéndolos o torsionándolos), Weegee produjo retratos deformados de estrellas y figuras famosas, así como fotos de edificios emblemáticos (Times Square o el Empire State, en New York; el Capitolio, en Washington). Aunque sus fotografías deformadas fueron recibidas al comienzo con cierta sorna, Weegee resultó un verdadero pionero en la manipulación de imágenes de la realidad, a las que nos acostumbraríamos no sólo gracias a programas de computadoras o diversos gadgets tecnológicos, sino también debido a varias técnicas y dispositivos de distorsión que encontraron su lugar en las más diversas prácticas artísticas.

El trayecto desde el impulso documental del primer Weegee a la distorsión posterior no debería pensarse, sin embargo, como un paso demasiado abrupto. Basta observar la lista de personas a las que retrató con sus lentes retorcidas (estrellas de Hollywood como Elizabeth Taylor, políticos como Richard Nixon o Mao) para reconocer en ellas la persistencia del anhelo por captar – aun bajo una forma travestida– personajes y obras que una sociedad reconocen de modo inmediato y que, pese a la distorsión, permanecen identificables y nos interpelan con humor e ironía. Antes de que Andy Warhol retratara en sus serigrafías a estrellas y personajes populares y las convirtiera en imágenes seriales de una cultura de masas industrializada –al mismo nivel que las sopas Campbell–, las fotografías distorsionadas de Weegee expandieron la noción de documento para mostrar cuánto de la distorsión –y de la interrupción del aliento documental realista y la idea de la copia exacta– puede agregar de realidad a la figuración de una sociedad y sus espectáculos. Sus caricaturas –así las llamó– deforman, sin dudas, la realidad; detrás de ellas emerge la fuerza que las imágenes y el simulacro tienen en la construcción de una idea y una noción de realidad. Su Marilyn deformada no deja de ser Marilyn Monroe. Rodeada de brillo y con su atuendo de star, reconocemos al ícono. Weegee unió simulacro y representación, distorsión y verdad, documento e intervención artística para entregarnos la visión de un mundo construido por imágenes y espectáculo. ¿Cuál habrá sido el verdadero gesto de Marilyn?

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Viernes, Noviembre 18, 2016