Roberto Bouzas: "El país debe vincularse al mundo a partir de políticas estables"


"El problema no es tanto cómo Argentina se inserta en la economía internacional, sino las políticas económicas que el país adopta hacia adentro. En el mismo sentido, el desafío no es tanto encontrar maneras ingeniosas o inteligentes de vincularse al resto del mundo, sino vincularse al resto del mundo a partir de políticas que puedan sostenerse en el tiempo".

Quien esto afirma es Roberto Bouzas, especialista en economía internacional, investigador principal del Conicet y actual rector de la Universidad de San Andrés, en reemplazo de Carlos Rosenkrantz flamante juez de la Corte Suprema.

En la entrevista con El Economista, además, Bouzas relativiza los avances posibles de los acuerdos con la Alianza del Pacífico y traza una radiografía sobre presente y futuro del Mercosur.

"Si se mira como proyecto de construcción de una unión aduanera, si no está muerto, está en terapia intensiva. Ahora, la marca Mercosur ha tenido un conjunto de otros efectos laterales que son muy importantes. En primer lugar, la experiencia del vínculo entre Argentina y Brasil. De hecho, se construyó una relación que no existía. Y se construyó también, la idea de que acá había una región como tal. Ese es un enorme éxito del Mercosur y beneficio para los países. Y eso está para quedarse", señala.

¿Cuáles son los cambios, en términos de integración regional a partir del nuevo Gobierno de Mauricio Macri?

En el campo de las relaciones económicas internacionales y, en particular, de las relaciones comerciales, el Gobierno está intentando imprimir algunas modificaciones importantes respecto de lo que había sido la política argentina de los últimos años. Incluso, de las últimas décadas. Resumiría eso, primero, en una mirada más escéptica o más realista sobre el futuro del Mercosur como unión aduanera una búsqueda de vinculaciones más próximas con otros procesos que están en marcha en la región; especialmente, el agrupamiento de la Alianza del Pacífico, a la cual el Gobierno solicitó su incorporación en calidad de observador. Y un mayor entusiasmo o mayor expectativa respecto a la posibilidad de concluir algunas negociaciones que están en marcha desde hace mucho y que no han tenido éxito, como la que está en curso con la Unión Europea desde hace más de quince años. Ese cambio de énfasis, tal vez, sea lo más importante en términos de comercio internacional.

¿Qué significa, en ese sentido el ingreso del país como miembro observador de la Alianza del Pacifico y qué implicancias puede tener en el corto y mediano plazos?

Cambia relativamente poco. La Alianza para el Pacífico tiene más un sentido diplomático que estrictamente comercial. Y la participación de Argentina en calidad de observador, en este momento, significa relativamente poco desde el punto de vista sustantivo. De hecho, la Alianza para el Pacífico tiene más de cincuenta países observadores, muy diversos. Desde Argelia a Estados Unidos. De modo que el rol de observador no tiene ningún costo, pero tampoco ningún significado concreto. Y, desde el punto de vista sustantivo, Argentina ya tiene acuerdos preferenciales con todos los países miembros. Con México, tal vez, sea con el que tiene un acuerdo menos profundo. Y en las áreas nuevas que podría negociar pensando en un acuerdo bilateral con estos países, no están claro los beneficios. La Alianza del Pacífico tiene un poderoso homogeneizador. los acuerdos que cada uno tiene con Estados Unidos. De forma tal que, para Argentina, tener que asumir compromisos de esa extensión, de esa magnitud o de ese formato, a cambio de concesiones a esos países, no sé en qué medida puede ser beneficioso. Recién decía que es más diplomático que comercial.

¿Se puede entender que es como un gesto ante los cambios geopolíticos de la región?

Sí, muestra una voluntad de diferenciarse respecto de lo que había sido la orientación dominante en los últimos años. Porque el Mercosur también se fue transformando gradualmente en un espacio de acción eminentemente politice-diplomática, aunque tenga un contenido económico importante. En particular, con la incorporación de Venezuela al Mercosur, el proceso se transformó en un foro de ese estilo. En todo caso, la búsqueda de un vínculo en la Alianza para el Pacífico tiene el objetivo de desconcentrar el foco que se había puesto en Venezuela y, en cierta medida también, en el gobierno de Dilma Rousseff.

¿Cuánto cree que se puede avanzar en la Incorporación a esa Alianza? ¿Cuáles serían las potencialidades y cuáles los riesgos?

Desde el punto de vista retórico o formal es una idea potente en la medida en que el Pacífico aparece en el imaginario colectivo como un proceso de integración más moderno y dinámico a pesar de que, en el fondo, no lo sea tanto. Es decir, no tiene grandes novedades respecto a la situación preexistente. Desde el punto de vista propiamente económico-comercial, no es un espacio al que le asigno un enorme potencial. Desde lo político, obviamente, hay una mayor convergencia político-ideológica con los países miembros con el gobierno actual. Pero creo que los procesos de integración en América Latina están en una etapa de fragmentación, más que de construcción. Y me parece que ese nuevo vínculo es parte de ese proceso de fragmentación. 0 Entre los críticos se menciona el riesgo de una mayor reprimarización de la economía si se avanza en ese tipo de acuerdos... No veo cómo podría eso generar un riesgo, cuando Argentina ya está bastante primarizada. Creo que el Mercosur ha tenido un impacto relativamente menor en cuanto a revertir ese camino, con la gran excepción de la industria automotriz. Que, paradójicamente, ha estado excluida del Mercosur hasta el día de hoy y se rige por un acuerdo sectorial especial. En todo caso, la eventual firma de acuerdos de libre comercio con países desarrollados podría implicar, dependiendo del tipo de acuerdo, un riesgo de primarización. De cualquier manera, si Argentina no encuentra la manera de explotar de forma productiva las ventajas que tiene y cómo construir a partir de ellas, la idea de desarrollar una industria a partir de un mercado altamente protegido en el mediano y largo plazos, resulta insostenible.

Ahí está la cuestión Implícita de qué proyecto de país se pretende y qué tenemos para ofrecerle o qué queremos venderle al mundo...

Exactamente. No sólo qué proyecto de país se pretende sino también qué proyecto de país es posible dada las condiciones del escenario internacional en el futuro.

¿En qué estado está hoy el Mercosur? Por la dinámica propia de sus patees y por esos cambios geoestratégicos, pero también por cierto discurso al respecto: hay una especie de depreciación de la figura del Mercosur como estrategia de integración necesaria para el país.

Depende mucho de la dimensión que uno elija para hacer el diagnóstico. Si se mira como proyecto de construcción de una unión aduanera, si no está muerto, está en terapia intensiva. O, por lo menos, está muy desvalorizado, y las posibilidades de que se concreten creo que son minúsculas. Ahora, la marca Mercosur ha tenido un conjunto de otros efectos laterales que son muy importantes. En primer lugar, la experiencia del vínculo entre Argentina y Brasil, en comparación con la etapa previa al Mercosur, muestra que es importante. De hecho, se construyó una relación que no existía. Y se construyó también, la idea de que acá había una región como tal. Se generaron un conjunto de vínculos de carácter económico, cultural y político, y pertenencia. Ese es un enorme éxito del Mercosur y beneficio para los países. Y eso está para quedarse. Pero si uno lo ve como proyecto de integración económica, las expectativas son otras.

No hace mucho tiempo se hablaba de generar una moneda común, e instituciones como Parlasur no tienen peso específico. ¿Se puede avanzar en ese sentido?

No. La moneda común, por caso no sólo es impracticable, sino que también es indeseable. La propia experiencia del euro demuestra la dificultad de unificar la política monetaria en un contexto de disparidades estructurales, sin que se centralicen otros componentes de política en una dimensión comparable como la política fiscal. Esta región está muchísimo más lejos que los países que son miembros de la zona euro de la posibilidad de orientarse hacia una moneda común. Y realmente pienso que la profundización de las instituciones del Mercosur también enfrenta obstáculos muy graves. Los miembros del Mercosur no tienen el tipo de interdependencia que es necesario tener como condición necesaria para construir instituciones internacionales sólidas. No sólo el nivel de interdependencia es bajo, sino que además es asimétrico. Y en los últimos años además, ha caído. Si uno mira la evolución de cualquier indicador de interdependencia dentro de la región ha ido hacia atrás en los últimos quince años.

¿Se profundizaron las asimetrías?

No hay evidencias de que las asimetrías se hayan reducido significativamente. Y, en todo caso, de lo que definitivamente no hay evidencia es que, si hubo reducción haya sido producto del Mercosur. Por otra parte, las políticas que el Mercosur se dio para reducirlas en general, fueron más simbólicas que sustantivas. Además, hay asimetrías que son estructurales. Los tamaños, por ejemplo. Y eso se refleja en el peso relativo que tiene cada uno de los miembros y en la disposición de cada uno a, eventualmente, resignar soberanía para construir un proyecto común.

¿Es necesario pensar la Alianza del Pacífico a partir del Mercosur?

Honestamente, creo que el Mercosur tiene cada vez menor capacidad de formular acuerdos en conjunto. No veo cómo un bloque comercial que tiene entre sus miembros a Venezuela, con el tipo de políticas y de economía que posee, puede siquiera concebir la posibilidad de sentarse a negociar un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea. O con los países de la Afianza del Pacífico. En las condiciones políticas actuales es altamente improbable. Cuando hubo condiciones políticas más favorables empezaron a operar las restricciones estructurales. Los intereses de una economía diversificada como la brasileña, en comparación con una economía pequeña y mucho más concentrada en la monoproducción como es el caso de Paraguay y Uruguay...

¿Esto se acrecienta con la crisis en Brasil y con dificultades para lograr una ecuación de gobernabilidad que exprese, también una recuperación económica?

Sí, claramente. Por su tamaño, por su dimensión, por su grado de desarrollo, Brasil es el motor del Mercosur. O debiera serlo. Recuerdo cuando se inició el proceso de cooperación bilateral, en los ochenta uno de los argumentos para justificar la integración era, de algún modo, anexarse a la máquina de crecimiento brasileña. Paradójicamente, desde entonces, ha dejado de serlo. De hecho, hace veinte años que crece a tasas que no se comparan a experiencias previas a aquellos años.

Hace cinco años, no más, pensar en Brasil, era decir BRIC, el Planalto con mirada estratégica nuevo eje de desarrollo desde la periferia, modelo a seguir...

Se ha hablado mucho sobre eso aun en un período en que el desempeño de Brasil ya era inferior al de los años '60 o '70. La paradoja es que cuando Argentina mira hacia Brasil como fuente de crecimiento Brasil deja de tener el dinamismo que había tenido en los veinte o treinta años previos.

¿Hubo sobreestimación de las posibilidades?

La propia idea de los BRICS fue más de marketing que sustantiva. El único actor que realmente ha modificado la estructura de la economía internacional es China. Los otros cuatro son jugadores de segunda. Incluso Rusia, desde el punto de vista del impacto económico.

Cuando se habla del Pacífico aparece siempre la cuestión de China, como oportunidad y como fantasma.

Sin dudas. Las dos cosas.

¿Cómo pensar el Gigante asiático hoy desde nuestro país?

Sin duda que es un desafío. Para Argentina es una oportunidad porque evidentemente, el proceso de aumento en los ingresos promedios de China va a implicar para Argentina un aumento en la demanda de productos básicos de manera importante a largo plazo. Pero China también representa una potencial amenaza para el sector industrial. La política comercial, ahí, va a tener que ser muy sofisticada para contener los efectos más perversos de un vínculo más extenso con China sin perder los beneficios de una economía cuya demanda de recursos naturales va a seguir creciendo.

Ahí, sí, el riesgo de una mayor primarización existe, y es concreto.

Repito. Argentina ya se ha reprimarizado bastante. La estructura del comercio exterior argentino está muy centrada en recursos naturales no procesados, y debiera haber un enorme potencial para ascender en la escala a partir de eso. El problema no es tanto cómo Argentina se inserta en la economía internacional, sino las políticas económicas que el país adopta hacia adentro. E desafío, en ese sentido, no es tanto encontrar maneras ingeniosas o inteligentes de vincularse al resto de mundo, sino vincularse al resto de mundo a partir de políticas que pue dan sostenerse en el tiempo.

Jueves, Noviembre 3, 2016