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Departamento de Humanidades

23 de abril de 2015

Revista Ñ Florencia Garramuño: Laboratorios de un arte todavia sin nombres.

Reseña


 


La araña de enormes proporciones es de peluche y algodón; está recubierta de vaselina y óleo, y sus patas están apoyadas sobre un texto del mismo material que baja por la pared y sigue por el piso de la sala de exposición. El texto parece una secreción del animal, una red de vaselina y óleo tejida con palabras en relieve. La instalación se llama Aranha , y no será la única vez que en la obra del artista brasileño Nuno Ramos se acerquen una especie animal al lenguaje humano para formar una extraña comunidad interespecies.


La araña de Nuno Ramos tiene un aire de familia con la cucaracha que irrumpe en el cuarto de servicio del departamento de La pasión de G.H., la novela de Clarice Lispector que hace surgir a un animal desde los pliegues de un interior burgués: aplastándola contra la pared del cuarto de la empleada doméstica, la novela de Lispector traza una línea de desfiguración que va de la materia viviente que supura del cuerpo reventado del insecto a la punta de la lengua de la protagonista, enlazando de manera inquietante una especie con otra.


Sobre este sustrato de materia biológica común al hombre y al animal, sobre este fondo de naturaleza genérica compartido por todos desde el momento que somos un cuerpo con la potencia de hablar y pensar, afectar y ser afectados, trabajar y cooperar, se vienen dando una serie de exploraciones críticas que en nombre de lo común ponen en cuestión lo que entendemos y reconocemos como arte. Se trata de Mundos en común , de Florencia Garramuño, y de Formas comunes , de Gabriel Giorgi, dos textos que ponen en juego vocabularios críticos y materiales estéticos que circulan por una zona de la cultura argentina y latinoamericana contemporánea densamente poblada de “frutos extraños” (el nombre de otra instalación de Nuno Ramos) y nuevas especies literarias que no corresponden a lo que tradicionalmente leemos como literatura. La araña de Nuno Ramos o la mujer-cucaracha de Lispector son para Garramuño y Giorgi laboratorios de un vivir juntos donde el arte, a través de sus medios y procedimientos, experimenta con modos alternativos de “hacer cuerpos” que no se acomodan a las distribuciones jerárquicas de especies, género, familias e identidades.


En los inclasificables ensamblajes de Nuno Ramos, en los que conviven sin fundirse ni mezclarse materiales heterogéneos y soportes artísticos diferentes, Garramuño encuentra una tendencia actual de los lenguajes artísticos, presente en un número creciente de escrituras, filmes, obras de teatro, instalaciones y prácticas estéticas, donde se está llevando a cabo un vaciado acelerado de los criterios tradicionales de reconocimiento y definición de lo específico del arte: de aquello que es propio de un arte y asegura la pertenencia de una obra individual a una disciplina o a un género.


Al trabajo de especificación formal del arte moderno, Garramuño opone un arte contemporáneo inespecífico, fuera de sí, que utiliza soportes y materiales variados según una lógica recombinante que, en sus mutaciones y contaminaciones, en sus desbordes y transgresiones, altera y pone en crisis la división de lo sensible que no sólo separa un arte de otro, sino que aleja el arte de la vida. El arte se entrega a un impulso desclasificatorio que produce espacios habitados por heterogeneidades sobrepuestas, desarticuladas, impuras, donde palabras, imágenes y sonidos se contaminan según prácticas que inventan nuevas relaciones, usos y significaciones entre elementos. Como Nuno Ramos, escritores como Tamara Kamenszain, Joao Gilberto Noll, Luiz Ruffato, Mario Bellatin, María Sonia Cristoff, Diamela Eltit o Alan Pauls traen a la literatura lo que las artes plásticas venían haciendo desde los años 60: salirse de sí mismas, expandirse, desmarcarse de lo propio, conectando medios y espacios diferentes. Yuxtaponiendo ficción y fotografía, imágenes, memorias, autobiografías, blogs, chats y correos electrónicos, ensayos y archivos, los escritores que le interesan a Garramuño producen textos-instalaciones o textos-documentales en perpetuo desequilibrio, donde el lenguaje apunta a un cambio de medio para producir, con el borde más externo de las palabras, efectos plásticos, musicales, pictóricos, dramáticos, coreográficos o cinematográficos.


El arte inespecífico es un arte vulnerable, hospitalario, poroso, no dominado por una subjetividad debilitada que abdicó del poder soberano de decir yo. Pero la vulnerabilidad es aquí un poder, el poder de un cuerpo de dejarse afectar y marcar por otros cuerpos que lo constituyen y lo hablan—un cuerpo como quien dice “a la altura de los acontecimientos”, despersonalizado y abierto, que debe responder ante los otros. Así, lo que comenzó como indagación estética de un arte que produce en sus ensambles comunidades de materiales y sentidos, termina en una problematización ética en tanto interroga a través de la literatura cuestiones de pertenencia, comunidad, propiedad y reapropiación de lo común.


Informe animal 
Esa capacidad del arte inespecífico de ensamblar y producir mundos en común, ese cuerpo vulnerable que Garramuño coloca en el centro de sus reflexiones, tiene para Gabriel Giorgi la forma y la intensidad de un animal agazapado entre las líneas de textos de la literatura latinoamericana contemporánea recorridos por intensidades políticas y potencias estéticas desconocidas.


Aproximadamente desde los años sesenta, ocurre en la literatura latinoamericana un repoblamiento de especies nunca vistas que, en su anomalía y poder de variación, dislocan los mecanismos de distribución de cuerpos y sentidos sobre el mapa de lo social. A diferencia del tigre de Facundo o del toro de El matadero , que en tanto fuerzas anticivilizatorias venían desde afuera ya no sólo de la cultura, sino de la especie humana, los animales de Formas comunes vienen de adentro de la cultura, desde muy cerca, de una zona de contacto y contigüidad que impide trazar con certeza el límite preciso de la vida humana. El yaguareté de Guimarãe Rosa o la pantera-queer de Manuel Puig en El beso de la mujer araña ; la mujer-cucaracha de Lispector o el pueblo-animal de Osvaldo Lamborghini en Tadeis ; las reses camino al matadero de un cuento de Martín Kohan o el toro que muere en Bajo este sol tremendo de Carlos Busqued, son animales de la cultura, aunque no domesticables, vidas animales que abandonan la naturaleza e irrumpen en el interior de la casa, entre los pliegues más íntimos de lo doméstico, en plena ciudad, en la cárcel, en la lógica del mercado.