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Magalí Yance: Las mujeres y la política

"Como es costumbre, hecha la ley, hecha la trampa: si bien la Ley de Cupo requiere la incorporación de una mujer cada tres hombres, la reticencia a darles un lugar a las mujeres se mantiene, aunque en menor medida, en la actualidad", considera Magalí Yance, Licenciada en Ciencia Política de San Andrés y asesora en la Cámara de Senadores de la Nación.

"¿Sabe usted cuál es la diferencia entre un político y una dama? Cuando el político dice que 'sí' quiere decir 'tal vez', cuando dice 'tal vez' quiere decir que 'no' y cuando dice que 'no', no es político. Cuando una dama dice que 'no' quiere decir 'tal vez', cuando dice 'tal vez' quiere decir que 'sí', cuando dice que 'sí' no es dama". Sebastián Piñera, XIII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno en Tuxtla Gutiérrez, México, 2011.

La graciosa observación del presidente chileno no resiste el más mínimo análisis. De todas formas, procuremos no detenernos solo sobre el estatuto políticamente incorrecto del comentario y la dudosa orientación del comentarista. Hagamos el ejercicio de reflexionar acerca de las ideas que lo subyacen o, mejor aún, lo presuponen.

En primer lugar, hay una línea interpretativa interesante. El componente cómico de la observación de Piñera descansa sobre una asociación ya cristalizada en el imaginario social; un estereotipo de las mujeres que, de cierto modo, las determina y condiciona. Sin embargo, esta conclusión no es para nada iluminadora: la migración de este gesto hacia el campo discursivo político puede resultar una obviedad. Después de todo, la política no es en absoluto ajena a los discursos sociales ni al sentido común.

En segundo lugar, lo que sí es interesante del caso es que una observación como esta solo funciona en tanto respeta un contrato de mutuo entendimiento entre el pretendido comediante y su auditorio. A fin de cuentas no es más que una incorrección implícitamente permitida. En definitiva, este margen de enunciación y sus risas cómplices o celebratorias (porque sin risa no puede haber “gracia” y todo personaje de humor, como Piñera, sabe de esto) dan cuenta de forma inequívoca de que la política sigue siendo, todavía, una “cosa de hombres”.

Sin sacar conclusiones apresuradas, podría decirse que la vida política de la mujer mejoró. Una mejoría que, después de 30 años de democracia ininterrumpida en el país, tiene todavía un largo camino por recorrer. La recuperación democrática implicó una apertura general de nuevos espacios de participación y un empuje sin precedentes a la vida política nacional. En el marco de esa revitalización quizá puede interpretarse la cantidad de mujeres que se afiliaron a partidos y buscaron inscribirse en la realidad institucional de la toma de decisiones. No obstante ello, no fue hasta la sanción de la Ley de Cupo -en 1991 para la Cámara de Diputados y 2001 para el Senado- que la mayoría de las legisladoras se hicieron presentes en el Congreso.

En cifras, 1983 encontró una Cámara de Diputados con 11 mujeres en un total de 254 legisladores. Esa asimetría se mantuvo estoica y obstinadamente hasta que los coletazos de la Ley de Cupo se hicieron sentir después de diez años de sancionada. En particular, el argumento principal de la legislación demandaba: “Las listas que se presenten deberán tener mujeres en un mínimo del 30 por ciento de los candidatos de los cargos por elegir".

Así y todo, como es costumbre, hecha la ley, hecha la trampa: si bien la Ley de Cupo requiere la incorporación de una mujer cada tres hombres, la reticencia a darles un lugar a las mujeres se mantuvo y se mantiene –aunque podemos conceder que en menor medida– en la actualidad.

En una primera instancia, el “rebusque” fue la inclusión de las candidatas en posiciones simbólicas de la boleta electoral: sólo una elección ridículamente milagrosa se traduciría en el ejercicio de un cargo. Es justamente por eso que un cambio posterior del texto de la ley, realizado en 1993, estableció que la nominación de candidatas debe implicar una expectativa de elección efectiva.

La modificación fue respetada y, a pesar de algunas boletas sancionadas, se aplicó correctamente. De todos modos la reforma no logró socavar la preeminencia masculina y la participación de mujeres como cabeza de lista continuó siendo una excepción. Este fenómeno es todavía más fuerte en las provincias, no tanto debido a cierto tufillo machista vernáculo o telúrico como a la combinación de pocos escaños en juego. Por ende, la baja cantidad de mujeres encabezando las listas condujo a resultados míseros en términos de participación femenina en las instituciones democráticas.

Hay todavía otra cuestión que hace a la libre interpretación de la ley. Establecido el 30% como el mínimo de mujeres incluidas en las listas, ese “piso” se transformó irónicamente en un “techo” para la observancia institucional partidaria: desde la sanción del cupo la Ley se cumple en su mínima expresión y, en consecuencia, la inclusión de las mujeres rara vez pasa el tercio sancionado.

Así y todo, arriesgando una concesión, las últimas elecciones señalaron una mejora: en los distritos más grandes del país, el porcentaje de candidatas femeninas se encontró por encima del que demanda la norma. Más aún, nuestro Congreso Nacional contabiliza la presencia de 35%-40% de mujeres que hace de la vida política argentina un espacio inéditamente pluralista para la región, alcanzando una de las mejores cifras de Latinoamérica junto a Costa Rica, Ecuador y Cuba. Además, se encuentra en la 18a posición mundial, según la Organización Internacional de Parlamentos (IPU).

Al escribir este artículo surgen palabras o expresiones inevitables como “la vida política de las mujeres” o, peor, “darles un lugar a las mujeres”. Sin lugar a dudas, son expresiones tediosas y hasta ofensivas. El problema es que justamente son términos y frases que cotidianamente utilizamos, y si lo hacemos es porque hoy la discriminación positiva y el sistema de cuotas son una de las pocas –sino las únicas– herramientas institucionales que el ejercicio democrático propone para incorporar a las mujeres a las esferas de poder (porque no es sólo un problema de la política). Es, dicho de otro modo, un gesto reparador pero al mismo tiempo consciente de que las instituciones políticas, mal que nos pese, siguen siendo “cosa de hombres”.

Sin dudas, el mejor escenario es el de una participación equitativa y representativa sin necesidad de legislaciones que requieran y demanden la incorporación de los otros. Lo cierto es que los cambios son lentos. Siglos de patriarcado estructural y de prácticas discursivas y culturales que estereotipan a la mujer son difíciles de quebrar en el corto y mediano plazo. Desde ahí las leyes y las regulaciones se piensan como correctores veloces a la hora de mitigar las diferencias estructurales devenidas en desigualdades. Correctores veloces y acaso también superficiales, pero lo cierto es que estos ajustes a posteriori también sientan un precedente y construyen una realidad favorable para allanar el camino hacia una vida pública más justa y equitativa. En línea con esto, el imperativo de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW-ONU), al cual la Argentina adhirió en 1985, señala como necesario “modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios y las prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y mujeres”. La Ley de Cupo argentina responde, en parte, a este requerimiento con el objetivo que en un futuro no muy distante las regulaciones de este tipo no sean necesarias.

Celebrar 30 años de democracia debería comprender, entre otras cosas, la búsqueda de una mayor igualdad en la participación del juego político, la incorporación de nuevos actores y el devenir hacia a un espacio genuinamente plural. Las candidatas y figuras femeninas prominentes en la política ya no son un tabú, eso es seguro, pero sigue siendo algo todavía acotado y marginal. La maduración de nuestra democracia no puede sino ir a la par de una transformación social donde esa broma del jefe de Estado chileno no resulte una alternativa como “salida graciosa”. Esto es, no que esté mal decirlo y que sea algo reprochable, sino que pronunciarlo deje de ser una opción entre otras; que, sencillamente, no tenga lugar en el horizonte discursivo. En pocas palabras, que la política deje de ser lo que puede llegar a ser hoy, una “cosa de hombres” que ríen y piden disculpas, para ser, quizás por primera vez, una “cosa pública”.