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“El arte fue una revancha vital después de una generación bajo tierra”

La artista Ana Gallardo y las historiadoras del Arte Lía Munilla Lacasa y Maraní González del Solar analizaron en una charla los cambios ocurridos en el arte argentino durante las últimas tres décadas. El Grupo de la X, el regreso desde el exilio de pintores y escultores, la renovación académica y la popularidad de referentes que surgen de los múltiples espacios independientes al reconocimiento general.

Por momentos se agolpan los nombres. Asoman desde los rincones de las galerías y talleres coloridos, traídos por el recuerdo de los viejos maestros y de aquellos jóvenes que regresaron luego de huir de la última dictadura. Atraviesan los salones de los museos e, imaginariamente, hasta puede oírse el eco de los pasos apurados. Salen a una mañana soleada y fresca de primavera mencionados para contar una época, un lapso de la historia argentina.

Lía Munilla Lacasa: ¿De qué modo viviste desde la práctica artística los primeros años del regreso de la democracia?

Ana Gallardo: Conflictivamente. Como artista en algún punto padecí los cambios porque no me di cuenta de ellos. Yo soy autodidacta y mi formación fue casi exclusivamente práctica de la mano de  Julia Lublin. Cuando después de la dictadura comienza la apertura democrática personalmente estaba en una oscuridad absoluta, no entendía qué pasaba en el mundo. Y de pronto observo que el arte tenía una visibilidad que no tenía antes.

Maraní González del Solar: Fue una época de apertura de la cabeza y del ánimo.

Ana Gallardo: Empezó a haber un movimiento que no existía y al que llegué casi como una niña.

Lía Munilla Lacasa: ¿Y tus colegas sintieron lo mismo?

Ana Gallardo: Yo pertenezco a una generación que ya era activa en los 70 y decido juntarme con artistas más jóvenes como Pablo Siquier, Juan Paparella, Ernesto Ballesteros y otros estudiantes de Bellas Artes que eran casi niños.

Maraní González del Solar: Fue lo que se llamó el Grupo de la X, que no tuvo una definición estética pero sí una confluencia de artistas. Nadie quedó en el camino.

Ana Gallardo: Casi todos los grupos se juntaban por cuestiones estéticas, problemáticas en común, y nosotros simplemente por una cuestión de encontrar un lugar de pertenencia. Todos con una práctica y un lenguaje diferente. Había escritores, videastas, pintores, escultores y todos, insisto, con problemáticas distintas. Para mí eso es un cambio importante, un antecedente de lo que hoy es la clínica de arte. Nos juntábamos una vez cada tanto para analizar las obras de nuestros compañeros, algo que no existía. Me acuerdo de la zona donde estaban Guillermo Kuitca y Gustavo Marrone, que trabajaban con una impronta y una problemática.

Lía Munilla Lacasa: Las exposiciones del Grupo de la X se hicieron básicamente en lo de Ruth Benzacar, ¿no?

Ana Gallardo: La primera muestra fue en el Museo Castagnino, de Rosario. Nos juntó Ennio Iommi a Paparella, Carolina Antoniadis, Danilo Danziger y a mí. Cada uno llamó a sus amigos y así aparecieron Siquier, Andrea Racciatti y otros más; en el grupo éramos once.

Maraní González del Solar: Me parece que la generación anterior a vos tenía que ver con una última estética internacional. Después de eso no hay una estética determinada, los artistas hacen cualquier cosa con todo lo que se les presenta. No hay grupos estéticos definidos, hay generaciones. A todo se lo llamó neo-conceptual, que no es nada definitivamente. Y creo que ustedes marcaron ese cambio que sigue hasta ahora.

Ana Gallardo: Creo que fue un grupo de transición. Había un vacío y nosotros lo ocupamos. Lo que me gusta rescatar no son tanto los lenguajes artísticos sino la manera de trabajar el medio. Otra cosa que armábamos era como el antecedente a la red, a esto de las políticas de la amistad, el grupo se arma llamándonos entre amigos. Y teníamos como pacto que cada vez que consiguiéramos un lugar en donde mostrar íbamos los once. También invitábamos a artistas amigos que no tuvieran posibilidades de ingresar al circuito.  Así aparecen Miguel Rothschill, Elizabeth Aro, Alejandro Kuropatwa… A cada lugar que nosotros éramos invitados llevábamos a otros.

Lía Munilla Lacasa: ¿Qué papel cumplió Jorge López Anaya?

Ana Gallardo: En Rosario fue la primera muestra y resultó divina. Después mostramos en Buenos Aires en el Museo Sívori, cuando tenía una sede en Recoleta y el director era Hugo Monzón. Y de hecho la sede estaba en el Museo de Arte Moderno. En un momento dado se cae una fecha y López Anaya nos invita como grupo. Como no entrábamos todos en una fecha se hicieron dos: primero el grupo  de escultores y los invitados, y después los pintores con los invitados. Todavía existía eso de la pintura y la escultura por separado. Yo fui rechazada del Salón Nacional porque mandé una escultura. Me preguntaron: “¿Pero vos no sos pintora?” Un artista no podía hacer una escultura si no era del oficio escultor.

Maraní González del Solar: El Grupo de la X, por ejemplo, no pudo viajar al exterior, algo que recién se da como posibilidad en los 90. En ese momento los artistas tuvieron la oportunidad de proyectarse hacia afuera por eso de la convertibilidad uno a uno entre el peso y el dólar.

Ana Gallardo: A fines de los 80 yo me fui a México y muchos otros también lo hicieron. Era irte a hacer una experiencia porque no tenías una manera de sostener tu vida acá. Me fui con la idea de ver si lo internacional era posible. Todavía no había afuera un sistema de residencias, de formación, que se da recién en los 90. Con Kuitca aparecía la posibilidad del mundo. Y también era una mezcla de ser internacional y del romanticismo de que vos te tenías que ir a conocer el mundo y vivir la miseria del artista luchándola afuera.

Lía Munilla Lacasa: ¿La apertura democrática significó un atractivo para el retorno de muchos artistas?

Maraní González del Solar: Volvieron, entre otros, Marcia Schvartz, Juan Carlos Distéfano, León Ferrari, Elda Cerrato.

Lía Munilla Lacasa: ¿Cómo se acomoda el Grupo de la X, por ejemplo, en el Centro Cultural Rojas?

Ana Gallardo: El Grupo ya no existía porque duró dos años. Me acuerdo del momento en el que se estaba gestando el Rojas, porque compartía el taller en La Boca con Magdalena Jitrik. Ella junto con Jorge Gumier Maier arman el Rojas, pero no había una idea de lo que hacían. Estaban decidiendo por sus gustos personales. Los dos eran artistas, y los artistas son los que marcan el paso; después viene todo lo demás y casi que sin saber. Lo que estaban haciendo era un acto político. Ellos con más conciencia que nosotros desde el Grupo de la X; hacían política cultural en el arte.

Lía Munilla Lacasa: ¿De qué manera se liga esto a la democracia?

Maraní González del Solar: Creo que en los 80 lo que pasó fue algo más visceral, que no sólo incluyó a la plástica sino también al teatro y otras áreas. Fue como decir “los jóvenes estamos vivos, queremos seguir viviendo”, y se jugó eso muy fuerte. La apertura democrática fue una revancha vital después de una generación bajo tierra. Sin embargo, los 80 también trajeron el sida, que fue algo muy fuerte. El arte se hizo cargo de esta situación. En la escena de Buenos Aires el sida castigó mucho a esa gente joven que saludaba la vida.

Ana Gallardo: No teníamos la información que había en el resto del mundo. En los 80 estábamos saliendo, te tirabas a la pileta sin saber qué pasaba en el mundo. Uno vivía sin saber que había un sistema que te protegiera. En los 90 eso cambia. Algunos artistas, como Feliciano Centurión, trabajan con su enfermedad y dejan testimonio. En los 80 hubiera sido imposible.

Lía Munilla Lacasa: Es interesante pensar los procesos en el campo más institucional y artístico. En el campo académico el regreso de la democracia trajo un sistema de becas que ofreció Raúl Alfonsín para los estudiantes y graduados de la universidad. Entonces la investigación empezó a tener lugar más allá del Conicet. Y es notable cómo de esos becarios de la universidad –yo era estudiante y gané la primera beca- salió un grupo duro en el que estaban, por ejemplo, Laura Malosetti, Gabriela Siracusano, Diana Becher y Andrea Giunta, que están hoy en lugares directivos. Hasta el ’85, cuando López Anaya toma la cátedra de Historia del Arte Argentino, sólo se veía hasta 1880. No veíamos a Fernando Fader ni a Pio Collivadino. Yo nunca había pisado una galería y López Anaya, en cambio, nos mandaba todos los fines de semana a realizar trabajos prácticos a las galarías, exposiciones y museos. Fue la primera vez que tomé contacto con los artistas. Para mí los artistas estaban en los libros, en los fascículos.

Maraní González del Solar: En la década del 80 se generaron nuevas carreras como Diseño, Cine y Fotografía. Creo que desde ese momento Buenos Aires puso la Historia del Arte Argentino en imágenes, algo que antes no estaba.

Lía Munilla Lacasa: ¿De qué manera interviene el menemismo en el arte?

Maraní González del Solar: Las condiciones económicas del país abrieron la posibilidad de viajar al exterior.

Ana Gallardo: Se populariza todo. El arte baja a una categoría popular y todo se hace masivo. El arte se vuelve accesible y deja de ser para una especie de elite, aunque hoy en día el arte contemporáneo sigue siendo de una elite. Y también aparece un tipo de arte que está tomado de lo popular, que se puede ver en las fotografías de Marcos López, por ejemplo. Es una tendencia que sociabiliza las técnicas.

Lía Munilla Lacasa: ¿Qué otro aspecto significativo surge en el arte argentino en estos 30 años?


Maraní González del Solar: Lo que cambió muchísimo fue el tema del mercado, del costo, del valor de las obras. En los 80 era imposible pensar los valores que se ven ahora. Inclusive muchos artistas empezaron a tener cotización en Sommersby.

Ana Gallardo: Un artista hoy en día tiene precios internacionales más allá de la dolarización.

Maraní González del Solar: Sin embargo, creo que el arte ha llegado a un punto que hace un poco de ruido. Que la escena más importante de la Argentina sea una feria de arte marca que el arte es parte de la sociedad del espectáculo y empieza a ser un lugar un poco inalcanzable. ArteBA es un lugar selectivo.

Ana Gallardo: El mercado puso al arte en un lugar de deseo. En algún punto me parece atractivo lo que ocurre, pero lo que la falta a esto es la pata de las instituciones. Ahora vamos a tener funcionando el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA), pero no hay políticas culturales y eso es un problema. Y el mercado del arte es para unos pocos artistas. La mayoría no puede estar en esa semana de euforia que es ArteBA y que representa el único momento del año en el que se venden obras en Buenos Aires. Por eso insisto en que me parece grave que no tengamos políticas culturales en Argentina. Ningún gobierno se ha ocupado de hacer eso. Y olvidate de hablar de lo que significan las políticas de salud para los artistas, la jubilación, los honorarios; nadie piensa eso y es un problema serio. El mercado funciona para pocos.

Lía Munilla Lacasa: ¿En otros países está contemplado esto?

Ana Gallardo: En muchos países se pelea por eso, pero por lo menos hay honorarios de artistas. Yo viajo a hacer una muestra y me pagan todo. Si tuviera que salir de Buenos Aires no puedo llegar a Rosario porque no gano dinero como artista. En cualquier lugar del mundo te pagan honorarios, el viaje y el hospedaje.

Maraní González del Solar: ¿Desde el punto de vista de los artistas el MALBA significó algo fuerte?

Ana Gallardo: Es algo fuerte en el mundo del arte contemporáneo argentino, un lugar de visibilidad deseado. Si el MALBA te convoca, seguro vas a vender. Si te compra la primera pieza en ArteBA seguro que estás bien.

Lía Munilla Lacasa: En estos 30 años creo que una de las cosas más interesantes que pasaron son los espacios alternativos promovidos por los artistas.

Maraní González del Solar: Pero también se abrieron muchos museos en estos años de democracia. Argentina inauguró muchos museos, o los reformuló, en Buenos Aires y en las provincias.

Lía Munilla Lacasa: En el MALBA se ha hecho mucho en el ámbito de la educación. Otros museos debieron imitarlo porque de lo contrario se quedaban a años luz. Creo que trazó un camino en ese sentido. También hay que destacar que el Museo de Bellas Artes está bellísimo y que hace mucho que no estaba tan bien.