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Florencia Garramuño: Virtudes de un fluir errante e imprevisible

La novela “Hotel Atlántico” confirma a João Gilberto Noll como uno de los escritores más novedosos y experimentales de Brasil, afirma la profesora del Departamento de Humanidades de San Andrés. La versión original de la nota puede verse aquí: http://goo.gl/tytR2B

En La preparación de la novela, Barthes se preguntaba –en 1978– si la novela, en tanto forma, no debería considerarse obsoleta. No fue el único, desde entonces –y hubo otros aun antes–, en señalar la inadecuación de una forma que nació con la modernidad para narrar las transformaciones radicales a que el mundo contemporáneo habría sometido al sujeto, a las relaciones interpersonales, a las nociones de espacio y tiempo, a la experiencia. Las novelas del escritor brasileño João Gilberto Noll exhiben, si no la obsolescencia de un género en constante mutación, al menos sí una de las transformaciones más eficaces de esa forma moderna. Porque los textos de Noll se parecen más a organismos palpitantes que avanzan a ritmo veloz hacia una constante desfiguración, que a una novela concebida como una estructura previsible, cerrada, articulada a una trama en torno a la vida de algunos personajes. Los protagonistas de sus textos son, más que individuos, seres anónimos que muchas veces –sobre todo en sus últimos libros– pueden habitar y desfigurar incluso al yo mismo del escritor, desterrando de la narración toda noción de individuo.

O cego e a dançarina, el primer libro de relatos de João Gilberto Noll, publicado en 1980 cuando todavía Brasil sufría bajo la dictadura militar, ya desplegaba el que sería el gran hallazgo literario de Noll: una escritura novedosa y arriesgadamente experimental que en la proliferación, la errancia y el nomadismo parecía encontrar una de las formas más efectivas para narrar experiencias de sentidos confusos e inconmensurables, en los umbrales del yo. Se trata en este cuento de la experiencia contemporánea de la guerrilla –dramática sobre todo por su contemporaneidad histórica en el momento en que se publica el libro, y por lo inusitada para entonces dentro de la tradición literaria brasileña–, pero el modo en que esta referencia se insinuaba y no definía una relación directa con un referente concreto de la realidad ya anunciaba cuánto la escritura de Noll encontraba en la errancia un dispositivo para señalar el fuerte contenido de negatividad de una literatura que responde al supuesto agotamiento de la ficción con la irradiación de nuevas formas de narrar. A ese libro le siguió una producción de más de 10 títulos que recibieron los premios literarios más prestigiosos del Brasil.

Se ha hablado de sus novelas como novelas de acción, y aunque esa calificación no implique lo mismo en su narrativa que lo que significaría en el cine de Hollywood, tal vez sea precisamente por esa constante fluidez y ritmo narrativo que muchas de sus obras han sido llevadas al cine. Ya en sus primeros textos, el uso reiterado del monólogo y de la primera persona acercan la narrativa a una intimidad muy fuerte con la vivencia del relato, lo que se combina con un fuerte anclaje en el tiempo presente que refuerza esa proximidad entre escritura y experiencia. Desde A fúria do corpo, de 1981, sus personajes fluyen por situaciones y acciones narrativas que no buscan organizarse sobre una trama rígida sino que se desprenden de la linealidad y la significación para mimetizarse con el fluir inconexo e incomprensible de la vida. La ausencia de rostro y el anonimato de los personajes, muchas veces acosados por la pérdida de la memoria, van pautando una lenta y paulatina desaparición del nombre propio de esos personajes sumergidos en acontecimientos cuya significación se agota en su mero acaecer.

En Hotel Atlántico, la última novela de João Gilberto Noll editada en la Argentina por Adriana Hidalgo, un actor de telenovelas que conoció mejor fama llega a un hotel decadente de Copacabana para encontrarse con un crimen, un muerto y sangre en la alfombra de su habitación. Esos indicios de novela detectivesca serán sin embargo rápidamente abandonados para acompañar al protagonista en su derrotero por lugares inhóspitos y desamparados, hoteles, burdeles y hospitales recónditos, en una deriva cargada de desazón y violencia absurda, con un relato que no abandona nunca la capacidad de mantener al lector atrapado y ansioso por ese destino sin rumbo. En los parajes desolados en los que recala el protagonista, frente a la agresión y la absoluta falta de instituciones de protección, en las novelas de Noll siempre está el sexo como el abrigo fecundo de los cuerpos en la intemperie. Por fuera de las instituciones, e incluso por fuera del amor y del afecto, y aunque las múltiples escenas de sexo de las novelas de Noll resulten muchas veces reducidas a “un encuentro de ancas anónimas”, ellas siempre funcionan como un lugar de encuentro entre cuerpos que proporciona la única comunidad posible en un mundo de desapropiaciones y exclusiones constantes. Con sexo o sin él, el encuentro entre seres, sin humanismos epifánicos, muestra una insistencia en los afectos que arroja un destello de luz nada despreciable.

La narración de vivencias, más que de experiencias, justifica la originalidad de una trama atravesada por desvíos sorpresivos y mutaciones continuas que, asociada al fuerte contenido documental común al arte más contemporáneo, tanto en el cine como en la literatura y en la poesía, parece hablar del desbordamiento del arte hacia un exterior del que cada vez resulta más difícil –y menos ético– separarse. Por sobre cuerpos individuales pero más allá de ellos, los textos de Noll dan vida y consistencia, más que a un discurso sobre la experiencia como algo “vivido”, a ese rumor de una experiencia que –en el límite de lo propio– nunca se conoce y siempre nos descentra.

Si de la beat generation Noll toma esa inmediatez de la escritura en tránsito y el prototipo de esos personajes rebeldes y desubicados que Holden Caulfield de Salinger inaugura para la literatura contemporánea, la amorosa atención al lenguaje y a su sonoridad poética define una nueva forma de recuperar para la literatura un lenguaje híbrido, anfibio, que pueda circular con eficacia en el débil equilibrio entre la literatura y la vida, entre la autonomía y la heteronomía, demostrando que el fin de la ficción, o su adelgazamiento, no tiene por qué significar el fin de la novela, sino más bien un nuevo comienzo para el arte de narrar. Un nuevo comienzo, vale la pena remarcar, que acerca el ejercicio de la literatura al ejercicio de una ética.