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Sergio Serulnikov: Universidad y democracia, reflexiona el vicerrector académico

“La función de la universidad podría resumirse en una palabra: socializar. Al ofrecer a las personas instrumentos conceptuales con los que hacer sentido de la civilización en la que viven, la universidad debiera ayudarlos a entender los mecanismos por los cuales ellos mismos son constituidos como seres sociales, sujetos de razón y deseo", sostuvo el profesor del Departamento de Humanidades a propósito de los 30 años de la recuperación de la democracia.
Hay que evitar la introspección, les recomiendo a mis jóvenes alumnos, y les enseño lo que he denominado la mirada histórica. Somos una hoja que boya en ese río y hay que saber mirar lo que viene como si ya hubiera pasado.

Ricardo Piglia, Respiración Artificial (1980)


Hace 30 años el país recuperaba la plena vigencia del sistema democrático. Un abogado de Chascomús, todavía joven, de energía y optimismo contagiosos, invocó el Preámbulo de la Constitución Nacional como eje de su prédica electoral y prometió a quien quisiera escucharlo (muchísimos más de los que él mismo y sus colegas del radicalismo podían prever) que la democracia, además de asegurar el ejercicio de la libertad, alimentaría, educaría y curaría. El tiempo pasó, y como suele ocurrir con el tiempo, las cosas resultaron más complejas de lo que la sociedad estaba dispuesta a imaginar en aquella lejana primavera. Basta recordar si no las asonadas militares, los presidentes que no lograron terminar sus mandatos, la proliferación de la pobreza y la marginalidad, la creciente degradación de las estructuras partidarias, las brutales crisis económicas que pusieron al país en la tapa de los principales periódicos del mundo y se llevaron consigo las fuentes de trabajo y los ahorros de la gente. Pero entre las creencias de la época soportaron bien los avatares de la historia hay un fenómeno que Raúl Alfonsín logró articular como nadie: 1983 no era una elección más sino un momento refundacional del sistema político argentino. De hecho, todos los estudiantes que lean estas páginas, y gran parte de sus profesores, no guardan ya memorias personales de la época en que el país era gobernado por la fuerza de las armas.

De la compleja historia de estos años en diversos aspectos de la vida pública tratan las notas y entrevistas que siguen. Utilizaré el espacio que dispongo para compartir algunas breves reflexiones generales acerca de la función de la educación superior en las democracias contemporáneas. Al proponerme sintetizar en unos pocos minutos la visión de nuestra institución sobre estos temas con motivo de la preparación de un discurso de congratulación a la última cohorte de graduados, vino a mi memoria un artículo que había leído hacía un tiempo de Louis Menand, un conocido ensayista norteamericano especializado en temas de educación. Allí se plantea que en nuestras sociedades contemporáneas es posible discernir tres concepciones generales del rol social de la formación universitaria. De acuerdo a la primera, que denomina meritocrática, la educación superior tiene como misión esencial seleccionar los miembros más inteligentes da la sociedad de aquellos menos afortunados. Las universidades obligan a los estudiantes a demostrar sus aptitudes intelectuales de manera reiterada, en una gran diversidad de áreas del conocimiento y a lo largo de un prologando período de tiempo. De sus recursos cognitivos, su espíritu inquisitivo, su motivación y contracción al trabajo dependerán los resultados que obtengan: el tipo de calificaciones, el tiempo que les tome completar sus estudios o la red de vínculos que logren establecer con profesores y colegas. Tendencialmente, ese desempeño se va a ver luego reflejado en las futuras oportunidades de desarrollo profesional. De modo que, mirado desde esta óptica, una función clave de las universidades, al menos las de mayor excelencia académica, es distinguir a los buenos de los no tan buenos, a los líderes de los otros.

Un segundo modo de entender la educación universitaria es de carácter profesionalista. Sabemos que las sociedades avanzadas requieren un conjunto cada vez más especializado de saberes y destrezas. El papel de la universidad es enseñar a la gente lo que precisa para desenvolverse en este mundo, ayudarlos a adquirir las competencias necesarias para operar en determinados campos de trabajo. En la actualidad, debido a los vertiginosos cambios en la economía, la tecnología y el conocimiento, la educación de grado ya no es concebida como punto de llegada, sino más bien como una etapa más en un proceso de especialización que continúa en los estudios de posgrado o el mercado laboral mismo. En cualquier caso, desde esta perspectiva, para las instituciones universitarias el propósito esencial de la educación superior radica en la facultad de expedir credenciales profesionales; para los estudiantes, en un medio de alcanzar sus anhelos de realización individual y ascenso social; y para la sociedad en general, en una fuente de recursos humanos.

Ahora bien, existe una tercera concepción del rol de la formación universitaria que no es exclusiva o primordialmente meritocrática o profesionalista. Podría definirse como democrática, aunque no en el sentido usual del término. Sus fundamentos, sintetizados en unas pocas líneas, son los siguientes. En un contexto donde los incentivos para tomar el atajo más directo al éxito personal y económico son tantos y tan poderosos, la tendencia natural va a ser focalizar los esfuerzos en obtener una capacitación que permita llegar a destino lo antes posible. No son muchos ni muy evidentes los alicientes para tomar otra ruta que, aunque no se contrapone con aquellas legítimas aspiraciones, conlleva sí el desarrollo de competencias e intereses que no están directamente vinculados con la formación profesional. Ese otro trayecto consiste en adquirir las herramientas intelectuales para convertirse en ciudadanos informados y seres humanos capaces de descifrar el universo cultural en el que están inmersos. No universo cultural como sinónimo de las altas manifestaciones artísticas sino más bien en el sentido genérico en el que los antropólogos hablan de cultura: las ideas que moldean nuestras visiones sobre la condición humana, los fundamentos de las concepciones políticas de nuestro tiempo, los valores éticos y religiosos, la lógica del conocimiento científico o los orígenes de las diferencias sociales, raciales o de género. La función de la universidad podría resumirse en una palabra: socializar. Al ofrecer a las personas instrumentos conceptuales con los que hacer sentido de la civilización en la que viven, la universidad debiera ayudarlos a entender los mecanismos por los cuales ellos mismos son constituidos como seres sociales, como sujetos de razón y de deseo. Parafraseando una expresión de Roland Barthes, evocada recientemente por el profesor Eliseo Verón, contribuye a dar respuestas a la más fundamental de las preguntas: ¿por qué vivir juntos? (y cómo hacerlo).

Se ve entonces que así mirado el rol de la educación superior es democrático no sólo en la acepción corriente de que cada vez más personas accedan a la universidad (algo extraordinariamente significativo, sin duda), sino en que propicia que todos, en el mismo proceso de transformarse en especialistas, alcancen una formación intelectual integral. Vale decir, que los estudiantes no sean meros receptores de conocimientos acumulados, sino que sean capaces de discernir las formas de construcción del conocimiento, que puedan reflexionar sobre los fundamentos del sistema de creencias culturales del que participan, que tengan la posibilidad de cultivar su gusto y su inteligencia.

Diríamos pues que la educación universitaria tiene aspectos meritocráticos, profesionalistas y democráticos. El punto que podría hacerse es que las grandes virtudes, así como los grandes retos, de las universidades de mayor excelencia académica provienen del hecho que intentan hacer las tres cosas al mismo tiempo. Y, me parece a mí, que ello describe en buen medida lo nos pasa a nosotros. Aspiramos a que la Universidad de San Andrés sea tan exigente, tan rigurosa y meritocrática como fuera posible. Asimismo, hacemos constantes esfuerzos para actualizar las currículas de las carreras, para contratar más y mejores especialistas, para ofrecer a los estudiantes mejores oportunidades de práctica profesional, así como más recursos didácticos, tecnológicos y bibliográficos. Pretendemos que cuando salgan de nuestras aulas sean los mejores profesionales que puedan ser. Pero, por otro lado, queremos también que nuestras estudiantes tengan una formación generalista, que estén familiarizados con las formas de razonamiento histórico, la literatura, el análisis matemático o el método científico. En esta universidad, creemos que es inmensamente importante que un contador o un futuro gerente o empresario hayan estado expuestos a la lectura de Leviatan de Thomas Hobbes, La ciudad y los perros de Vargas Llosa o Una nación para el desierto argentino de Tulio Halperín Donghi. Creemos importante que los economistas o los abogados sean introducidos a los modos de apreciación artística, que tengan herramientas que los ayuden a discernir qué estamos viendo cuando estamos frente a una pintura de Cezanne o una fotografía de Sara Facio. Y creemos que es esencial que a cada paso, tanto en las materias troncales del Ciclo de Fundamentos como de las distintas carreras, lo hagan guiados por profesores que sean a su vez reconocidos investigadores en sus respectivas disciplinas. Pues no tiene sentido que se aproximen a estos fenómenos como quien aprende a leer el significado de las agujas del reloj, sino como quien abre la tapa para entender el complejo sistema de engranajes que hace que la cosa funcione. No hay universidad de alta calidad en el mundo, pública o privada, en donde un considerable número de profesores, además de ser excelentes docentes, sean a su vez personas involucradas en expandir las fronteras del conocimiento, en generar nuevos marcos interpretativos. Para universidades de nuestra escala, sin apoyo estatal directo, se trata de un formidable desafío.

En suma, la Universidad de San Andrés se basa en el precepto de que los estudiantes no solo tienen que aprender información especializada, determinadas técnicas o metodologías de análisis. Tienen también que aprender a pensar críticamente, razonar analíticamente, resolver problemas y expresarse con propiedad y elocuencia. Trabajamos asimismo para que encuentren en nuestros claustros un ámbito de pluralismo y rigor conceptual para examinar y discutir con la mayor libertad todos aquellos asuntos de interés público que hoy nos confrontan como sociedad, aun los asuntos más divisivos socialmente y más complejos en términos éticos, jurídicos o culturales. Esta experiencia los va a hacer mejores profesionales sin duda, pero también individuos más inteligentes y reflexivos.

Solemos ponderar la calidad la democracia por el vigor y la transparencia de lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas, uno de los grandes pensadores de la modernidad, llamó la esfera pública: el ejercicio público y libre de la razón por parte de sujetos constituidos en individuos, por fuera de la tutela de los poderes estatales, sobre cuestiones de interés común. Pero cabría también recordar aquí la reflexión de otro intelectual de ese país, el escritor Peter Handke. “Alemania –dijo- se ha atomizado en tantos pequeños Estados como individuos hay. Y esos Estados minúsculos son móviles. Cada persona lleva consigo su propio Estado, y demanda un peaje a aquellos que deseen ingresar. Pero solo es posible hacerlo con una contraseña. El alma alemana de hoy solo podrá ser conquistada y gobernada por quienes logren llegar a esos pequeños Estados con la contraseña adecuada”. El recuerdo del nazismo pesando todavía sobre sus hombros, Handke concluye, “nadie, afortunadamente, está en condiciones de hacerlo”. Nuestra universidad, ninguna universidad que merezca ese nombre, tiene la aspiración de conquistar y gobernar, mas sí de interpelar e importar. Cuando se recorren los pasillos de la biblioteca y se observa a los estudiantes absortos en la lectura de un libro, discutiendo en grupo las virtudes de un argumento o los fundamentos lógicos de una demostración, se tiene la impresión que de tanto en tanto, cuando no se trata de meras prácticas de oficio o el cumplimiento de ciertos requisitos curriculares, nos están en verdad concediendo por un momento el permiso de acceder a lo más profundo de su inteligencia y su sensibilidad, de participar de la construcción de un punto de vista, una subjetividad. Y de lo que pase en esos pequeños Estados, de nuestra aptitud para incentivar su curiosidad intelectual e independencia de criterio, su aprecio por el conocimiento, su interés en los asuntos públicos, su predisposición a empatizar con los piensan y viven diferente, dependerá en gran parte lo que pase en eso otro Estado, el que en estos días está conmemorando sus 30 años ininterrumpidos de democracia.