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Martín Böhmer: "Uno de los roles de mi profesión es traducir el reclamo ciudadano al lenguaje de los derechos y llevarlo a los tribunales"

"Entré a la facultad en el final de la dictadura y el comienzo de la democracia. Había asistido a la peor de las autoridades ilegítimas que tuvimos en nuestra historia. Pero intuía, insisto, que el Derecho y la política podían ser de otra manera", expresó el profesor del Departamento de Derecho de San Andrés durante su presentación en TEDxRíodelaPlata 2014.

Una persona cruza con su auto un semáforo en rojo y un policía la detiene.

Policía: Documentos por favor.

Persona: Aquí tiene.

Luego, el policía le dice:

- Pasó en rojo.

Obviamente, porque de lo contrario no lo hubiera detenido. Y eso da la posibilidad para que comience un diálogo. La persona pronuncia excusas: “Llego tarde a buscar a los chicos”, “La luz del semáforo estaba en amarillo”, “Muchos pasaron conmigo”.

El policía lo amenaza:

-Le voy a tener que poner la boleta.

Le voy a tener que poner la boleta” significa que él puede, o no puede, ponerle la boleta. Tiene la posibilidad, tiene esa libertad, y eso produce en el infractor inmediatamente la pregunta que todos conocemos de memoria: “¿Cómo lo podemos arreglar?

El cómo es fácil, todos los sabemos: se llama coima. El “lo” es el problema que tenemos que arreglar entre los dos. El problema que tenemos es la ley que lo obliga a él a ponerme una multa y a mí, a pagarla. La ley es, para los dos, son un problema que podemos arreglar. Podemos entre los dos; ya no es más él un policía y yo un infractor. Ahora somos una comunidad fraternal. Somos dos iguales. Él ya se sacó la gorra y yo ya me saqué de encima la preocupación, y la forma de arreglarlo es la coima. Por supuesto no lo decimos así. Lo que decimos es: “Hoy me hicieron una gauchada”, “Me hicieron un favor”, “Me hicieron excepcional”. Me hicieron una excepción a la norma general; me hicieron una gauchada.

¿Por qué decimos una “gauchada”? Porque todos recordamos esa desesperada noche de la literatura argentina en la que un sargento de la policía rural gritó: "¡Cruz no consiente que se cometa el delito de matar así un valiente!" Y se puso a pelear contra sus soldados del lado del desertor Martín Fierro.

Esa imagen de la gauchada es lo que reeditamos cada vez que pasamos un semáforo en rojo. Soy profesor de Derecho y se imaginan que es complicado serlo en esta cultura. Yo intuía, sin embargo,  que esa forma del Derecho no tenía que seguir siendo siempre así.

Entré a la facultad en el final de la dictadura y el comienzo de la democracia. Había asistido a la peor de las autoridades ilegítimas que tuvimos en nuestra historia. Pero intuía, insisto, que el Derecho y la política podían ser de otra manera. Sin embargo, en el medio de la noche más negra de la política argentina, algo sucedió. Cuando el Estado se convirtió en criminal y pateando las puertas de las casas secuestraba, torturaba, desaparecía y mataba a miles de personas, los familiares de los desaparecidos empezaron a buscarlos. Las madres, en particular.

¿Qué hicieron las madres? Lo que hacían en la Argentina todas las madres cuando tenían un problema: empezaban a buscar a una persona que conociera a la persona que conociera a la persona que, a su vez, podía hacer algo. Y cuando en nuestro concentrado presidencialismo empezamos a buscar a alguien que nos pueda ayudar, en general terminamos todos en la misma dirección: Balcarce 50, la Casa Rosada.

Las madres terminaron frente a esa puerta haciendo lo que todas las madres hacían y tuvieron como respuesta lo que siempre respondía el Estado: les dieron un número. Y las madres, como todos nosotros, hicieron una cola. En la cola empezaron a hablar, entonces supieron que no estaban solas. Cuando empezaron a hablar entre ellas el Estado hizo lo que siempre hace el Estado en esas circunstancias, que es hacernos mover para impedir que sigamos hablando. Las madres se movieron y cruzaron de vereda a la Plaza de Mayo. Allí un policía les dijo lo que siempre la policía les dice a las personas cuando no están caminando: circulen. Y las madres circularon en la Plaza de Mayo y continúan hasta hoy.

¿Qué pedían las madres? Querían saber dónde estaban sus hijos. Si estaban detenidos, querían saber qué juez los tenía bajo su autoridad, qué fiscal los acusaba y qué abogado los defendía. Y si se habían cometido delitos contra sus hijos querían un juicio y, eventualmente, un castigo. Lo que pedían era, podía traducir un abogado, derecho a la verdad y debido proceso. Cuando las madres hicieron eso y pidieron lo que pidieron, ya no fueron una madre de desaparecido sino que las madres de los desaparecidos, las Madres de Plaza de Mayo.

La política argentina respondió a ese reclamo y, como ustedes saben, en el comienzo de la democracia dijimos nunca más; en el informe de la CONADEP y en el final del alegato en el Juicio a las Juntas. ¿Qué pasó en la sociedad? Todos vimos la receta de las Madres: encontrar un problema, traducirlo al lenguaje del Derecho y de los derechos, colectivizarlo y hacerlo de un grupo. Y ese grupo armar una ONG o una asociación, y luego llevar esa causa a la justicia. Las ONG’s se multiplicaron, los reclamos se multiplicaron, y por primera vez en la historia argentina el reclamo no fue el de un gaucho matrero que respondía criminalmente a una autoridad ilegítima, sino que ahora el reclamo es por el derecho de los ciudadanos que se sienten parte de un sistema político que les pertenece.

Yo intuía, como muchos de mis colegas, que algo estaba pasando, entonces encontré ahí uno de los roles para mi profesión, que es traducir el reclamo ciudadano al lenguaje de los derechos y llevarlo a los tribunales. Creamos ONG’s, clínicas jurídicas de interés público en las facultades de Derecho para llevar gratuitamente los casos. Se multiplicaron los abogados gratuitos y las ONG’s de abogados. Y, como ustedes saben, muchos de los casos que no se judicializaban hoy están frente a los tribunales, y milagrosamente muchos jueces escucharon ese reclamo y han reivindicado los derechos como nunca antes.

La zaga del gaucho matrero tiene su final mortífero y tremendo en el “Juan Moreira”. Todos recuerdan el final de la película de Leonardo Favio con un Moreira tratando de huir de la policía con el cuchillo en los dientes  y una bayoneta se le clava en la espalda y ahí termina su vida.

Moreira también había sido un gaucho perseguido por una autoridad ilegítima. Sin embargo, el libro “Juan Moreira” no termina donde todos creemos que termina. En la segunda edición, su autor, Eduardo Gutiérrez, transcribe una última escena que yo no conocía y que les quiero contar.

Durante un verano en el que no tenía dinero para pagarse las vacaciones, un abogado recuerda que un cliente le había ofrecido su rancho para pasar unos días, y allí fue. El rancho quedaba en los pagos de Navarro, de donde era Moreira. El abogado, con un matungo lastimoso, iba temeroso de la aparición de Moreira cuando un gaucho le detiene el paso. Efectivamente era Juan Moreira. Le pregunta:

-¿Qué hace usted por aquí?

El abogado cree que se terminan sus años en esta tierra. Le dice:

-Vengo a visitar a Juan, El Chico.

Moreira: Pero a Juan se lo llevaron para fusilar en Buenos Aires.

El abogado le responde:


 


-No, a Juan lo detuvieron, lo llevaron a Buenos Aires y lo sometieron a un juicio. Yo lo defendí y salió en libertad.

Moreira: Juan habrá hipotecado su casa para pagarle.

Y el abogado le contesta:

-No, cuando las circunstancias son como éstas no cobro por mis servicios, es mi obligación.

A Moreira se le desfigura el rostro y algunas lágrimas caen por su cara. Lo llena de bendiciones al abogado, le dice que se pone a sus servicios para lo que quiera y lo deja seguir. Así termina el “Juan Moreira”.

¿Por qué llora Moreira? Creo que porque si es verdad que a los gauchos no se los llevan a Buenos Aires para fusilarlos, sino que se les da derecho, debido proceso y abogados gratuitos que los defienden, entonces su vida no tuvo sentido. Su vida de matrero, de rebelde criminal, no tuvo ningún sentido. La pérdida de su familia, el extrañamiento de su hijo, que él llamaba su desgraciamiento, no tuvo sentido. Ahí comprendí lo que mis colegas y yo, siguiendo el ejemplo de la democracia argentina y de los derechos, estamos intentando hacer todos los días, que no es otra cosa que intentar que no se derrame nunca más sobre este suelo el llanto de Moreira.