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Sergio Giuliano: Oportunidad, inconformismo y servicio público

El graduado de la carrera de Abogacía con la Mención Summa Cum Laude, que se otorga a quien logró un promedio general superior a nueve puntos, brindó un emotivo discurso durante la Graduación 2013, que reproducimos a continuación.

Autoridades municipales, autoridades de la Fundación Universidad de San Andrés, autoridades de la Universidad, autoridades invitadas, profesores y staff de la Universidad, benefactores, familiares, amigos, graduados…

Es para mí un verdadero e impensable honor poder ocupar hoy, aquí, este lugar frente a todos ustedes; y no pido más que poder estar a la altura de la tarea que me ha sido encomendada por mis compañeros.

Quiero aprovechar esta ocasión para transmitirles tres mensajes distintos pero complementarios. Cada uno de ellos se encuentra condensado en una sola palabra llena de significado.

El primer mensaje se condensa en la etimología de la palabra “oportunidad”.  Oportunidad viene del latín oportunitas que significa literalmente “delante del puerto”, ob portus. El origen está relacionado con el lenguaje náutico y se debe a que, cuando un barco arribaba a su destino, debía esperar el momento exacto para acercarse a la costa y atracar en el puerto. Esto no era para nada simple pues, por un lado, la marea debía ser lo suficientemente alta para que el barco no encalle, y por otro, las condiciones climáticas debían ser propicias para no embestir contra el puerto y naufragar. Al mismo tiempo, la nave debía ser capaz de maniobrar mar adentro esperando ese momento exacto. Muchas veces, teniendo que resistir peligrosas tempestades. Gracias a esa generosa casualidad a quien siempre le voy a estar agradecido tuve la fortuna de aprender esto una semana antes de dejar de vivir en mi querida provincia. Gracias a un encuentro con un querido profesor del secundario, de lengua y Literatura, a quien admiré y admiro mucho. A mi entender, esta palabra capta mucho de lo que hoy quiero transmitirles pues ha guiado, en gran medida, mi filosofía de vida. Oportunidad implica suerte. La suerte de poder encontrarnos en el lugar exacto, en el momento exacto para atracar. La suerte es la condición necesaria del éxito. Sí. Pero no la condición suficiente. Oportunidad también implica sabiduría, porque debemos tener la capacidad de conocer el momento exacto, que muchas veces es único e irrepetible. Oportunidad es templanza, porque debemos saber esperar con mesura y no apresurarnos a tomar la decisión equivocada. Oportunidad es audacia, para actuar con determinación en el momento justo. Oportunidad es responsabilidad, de asumir con orgullo y celo la carga de tomar las decisiones que nos afectan tanto a nosotros como a quienes consciente o inconscientemente forman parte de nuestra tripulación. Oportunidad es coraje, para afrontar con vehemencia tanto a quienes dudan de nuestro juicio en esos momentos de certidumbre, como la tempestad que fácilmente puede hacernos naufragar en mar abierto mientras esperamos las condiciones adecuadas. Y, finalmente, oportunidad es equipo: porque no hay capitán sin tripulación.

El segundo mensaje que quiero transmitirles se condensa en la palabra “inconformismo”. El conformismo, por oposición, es, en el mejor de lo casos, soberbia y, en el peor de ellos, mediocridad. Soberbia, porque comete la impertinencia y el error de pensar que nada puede o merece ser mejorado. Mediocridad, porque sabiendo que es posible mejorar, se entrega a la resignación. El conformismo es el mayor enemigo del cambio, de la superación, del progreso. El inconformismo, en cambio, nos lleva zarpar en busca de nuevas oportunidades, a cuestionar los estándares aceptados, a cambiar aquello que merece ser cambiado. El inconformismo es conflicto; y el conflicto es democracia, debate, deliberación. El inconformismo es excelencia, es gratitud hacia quienes lucharon para que estemos donde estamos. El inconformismo es sisífico en sus medios pero herculino en sus resultados. Por ello los insto a ser eternos inconformistas: en la universidad, en el trabajo, en la sociedad. Y digo en la Universidad porque esta institución es, sin dudas, un manantial de oportunidades, con todo lo que ello significa. Pero si queremos que sea todo lo que pueda ser, que persiga infinitamente la idea platónica de universidad, está en nosotros cuestionar las prácticas actuales, exigir explicaciones, demandar excelencia. Todo ello para que la Universidad siga creciendo, siga mejorando, siga abriendo puertas, siga educando a los líderes que mañana van a velar por una sociedad más igualitaria, por una sociedad que le brinde a todas las personas las mismas elecciones de vida que nosotros tuvimos todos los días al caminar por sus pasillos. No es más que el mismo imperativo maral que nos exige nuestro lema “Quaerere verum”.

El tercer y último mensaje que quiero transmitirles es el de servicio público. Solo el 31% de los alumnos argentinos terminan la educación obligatoria en tiempo y forma. Es decir, siete de cada diez alumnos que ingresan en primer grado de la primaria no llegan a terminar la secundaria en los plazos establecidos: o no la terminan para nada, o ni siquiera la empiezan. Ello debería ayudarnos a dimensionar el privilegio que significa ser hoy graduados universitarios… y ni hablar del privilegio que significa venir a esta Universidad, y por ende, del deber que ese privilegio conlleva. Desde chico, mis padres me inculcaron la importancia del Estado, de la cosa pública, y me exhortaron siempre a -en algún momento de mi vida- trabajar en él para devolver a la sociedad lo que voluntaria o involuntariamente me dio. Y ese es el modelo que voy a seguir en mi vida. Sin embargo, citando a una querida profesora: “el Estado es quien se encarga de repartir la torta”, pero el tamaño de la torta depende, en gran medida, de la actividad privada. Por eso el profesionalismo es servicio público. Porque sea que nos desempeñemos en el sector privado o en el sector público, siempre vamos a poder aportar mucho y devolver mucho a la sociedad que nos puso donde estamos. Y, en este caso, poder es deber.

No puedo terminar mi intervención sin una dedicatoria y sin agradecimientos. Quiero dedicarle este momento al Licenciado en Economía Santiago Ramírez, a quien el destino privó de recibir su merecido título en mano. (Aplausos). Finalmente, reproduzco los agradecimientos de mi trabajo de graduación, que resumen mucho más que solo estos últimos cinco años y medio de carrera universitaria:

“A mis padres, mis primeros maestros y modelos de rol.

A mi hermano y mi hermana, mis primeros e infinitos mejores amigos.

A mis amigos, mis hermanos por elección.

A mis maestros, mis segundos padres y eternos inspiradores.

A mi Universidad, mi alma mater.

A los donantes, mis mecenas anónimos.

A mi Ago, mi incondicional.

A la causalidad por su rigurosidad, a la casualidad por su generosidad”.

Graduados y graduadas de la promoción 2013 de la Universidad de San Andrés, a tres décadas y dos días del retorno de la democracia les deseo, hoy y siempre: servicio público, inconformismo y oportunidad. Muchas gracias.