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Pablo Ansolabehere: Cortázar 2014

"Más allá de lo cercanas que están de la caricatura sus imágenes de barbado revolucionario latinoamericano, con esos esos habanos a lo Fidel, esas guayaberas horribles con las que solía fotografiarse e, incluso esas poleras estilo Mayo del ’68 francés, la lectura de Cortázar, hoy, nos permite seguir reconociendo a un grandísimo escritor", afirmó el profesor del Departamento de Humanidades de San Andrés, en un texto escrito a pocos meses de cumplirse el centenario del nacimiento del autor de "Rayuela".

Julio Cortázar ya no es lo que era. Los fulgores editoriales que tratan de aprovechar el impacto del centenario de su nacimiento (o los treinta años de su muerte) no pueden ocultar que desde un buen tiempo a esta parte la crítica especializada ha sabido mostrar –no sin razón, más allá de algún ensañamiento- las debilidades de su obra. Y aquello que en su momento resultó fascinante –las osadías de Rayuela, por ejemplo- hoy ha sido relegado al altillo de los tics de moda de una época, junto con los “trucos” en los que se apoya la eficacia de varios de sus cuentos más famosos.

Se le reconoce, eso sí, su persistente popularidad en el cada vez más reducido grupo de los lectores de literatura argentina, aunque para despacharlo inmediatamente al incómodo lugar de literatura para adolescentes con inquietudes literarias, y terminar admitiendo que, en rigor, sólo algunos de sus cuentos le permiten, todavía –y apenas-, asomarse al privilegiado lote de nuestros grandes escritores.

Sin embargo, esa lectura “desacralizadora” de Cortázar, que buscó saludablemente discutir el lugar de maestro supremo en que se lo había colocado, no dejó de crear sus propias frases hechas, tan capaces de sofocar cualquier intento de lectura novedosa de su obra como esas otras que transformaron a Cortázar en una especie de vaca sagrada de la letras.

Porque, más allá de lo cercanas que están de la caricatura sus imágenes de barbado revolucionario latinoamericano, con esos esos habanos a lo Fidel, esas guayaberas horribles con las que solía fotografiarse e, incluso –en otras latitudes menos tropicales- esas poleras estilo “Mayo del ’68 francés (imágenes que han sido utilizadas en su contra como una muestra irrefutable de análogos renuncios literarios), la lectura de Cortázar, hoy, nos permite seguir reconociendo a un grandísimo escritor. Ahí están, al alcance de la mano, el puñado de personajes inolvidables que supo crear, su más de media docena de historias perfectas y, sobre todo, un estilo que –más frecuentemente de lo que suele admitirse- nos depara frases como ésta de “La puerta condenada”, capaz de definir toda una atmósfera con el gesto breve y definitivo de un prestidigitador: “Cuando el empleado y Petrone callaban el silencio del hotel parecía coagularse, caer como cenizas sobre los muebles y las baldosas.”