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Sebastián Elías: Los jueces que la Corte Suprema necesita

El máximo tribunal "se beneficiará si quienes tengan el honor y la alta responsabilidad de integrarla en lo sucesivo se encuentran más cerca del modelo que nos ofreció Carmen Argibay", consideró el profesor del Departamento de Derecho de la Universidad. La versión original de la nota puede verse aquí: http://www.lanacion.com.ar/1746078-los-jueces-que-la-corte-suprema-necesita

Al día siguiente del fallecimiento del juez Enrique Petracchi, el ministro de Justicia de la Nación, Julio Alak, dijo al homenajearlo que había sido un jurista brillante que "siempre interpretó la ley teniendo en cuenta la Constitución, la voluntad del legislador y los intereses populares, especialmente los sectores más desprotegidos y vulnerables".

Petracchi fue, sin dudas, un juez destacable, pero las palabras de Alak llaman a reflexionar sobre qué rasgos definen lo que entendemos como un buen juez de la Corte Suprema. Ante la vacante generada por la renuncia del juez Eugenio Raúl Zaffaroni es conveniente pensar y debatir acerca de esto, puesto que los próximos nombramientos darán al tribunal una nueva fisonomía.

¿Es un buen juez el que interpreta las normas para favorecer ciertos intereses, aunque fueran los de una mayoría, o quien beneficia a ciertos sectores sociales? ¿Constituye el juez ideal aquel que, en definitiva, plasma en sus interpretaciones una concepción de la Justicia como la que subyace al elogio del ministro Alak?

Cuando la Constitución fija una preferencia especial para ciertos grupos -por ejemplo, niños, mujeres, ancianos y personas con discapacidad (art. 75, inc. 23)- o sacraliza cierta concepción de Justicia, no hay dudas de que un buen juez interpretará las leyes a la luz de esa expresa determinación. Las dificultades surgen cuando la Constitución no impone, de una manera obvia, tal preferencia, sino que todo pasará a apoyarse en las convicciones personales del juez. Esto resulta problemático porque, como es evidente, tenemos discrepancias razonables acerca de lo que es justo.

Es claro que no existe tal cosa como la interpretación aséptica o la aplicación mecánica de las normas y, en este sentido, la conocida fórmula de Montesquieu según la cual los jueces deben ser simplemente "la boca que pronuncia las palabras de la ley" no es más que una forma llamativa de esbozar una teoría cuya aplicación práctica es imposible. No surgen dudas al decir que los jueces recurren, inevitablemente, a consideraciones valorativas cuando realizan su trabajo.

Lo que sí existe son mayores o menores grados de sujeción de los jueces a los textos que deben aplicar. Hay jueces que entienden su rol de manera acotada y que se sienten constreñidos por los hechos del caso, la letra de las normas y los precedentes judiciales. Otros, en cambio, conciben su rol dando preeminencia a la realización de soluciones que entienden justas, independientemente de su ajuste a los textos normativos y a las decisiones anteriores del mismo Tribunal. Para los primeros, preguntas del tipo: "¿Qué dice la Constitución sobre el punto?" son centrales para resolver un caso. Para los segundos, en cambio, el foco de atención está centrado en interrogantes como: "¿Cuál es la solución justa para este caso?". Con algunas licencias, llamaré a los primeros jueces de derecho y a los segundos, pretores de equidad.

Tomando a los tres ministros que han dejado o dejarán en breve su posición en la Corte, podemos ilustrar esas distintas concepciones sobre el rol judicial con un continuo en el que Zaffaroni se encuentra en un extremo -el del menor apego a los textos y a los precedentes-, Argibay en el otro y Petracchi, en algún lugar intermedio. ¿Necesitamos más jueces como Zaffaroni o más jueces como Argibay?

Dado el pluralismo razonable en materia de concepciones de Justicia y que la mejor manera que hemos encontrado de saldar esas diferencias es el proceso político que genera las normas que la Corte interpreta y aplica, deberíamos valorar especialmente a los jueces que se toman muy en serio el derecho escrito. En especial, aquellos magistrados que entienden su rol como ceñido fuertemente por textos constitucionales que deben ser interpretados de forma no esotérica, única manera de que los jueces respeten a sus conciudadanos. La Corte Suprema se beneficiará si quienes tengan el honor y la alta responsabilidad de integrarla en lo sucesivo se encuentran más cerca del modelo que nos ofreció Carmen Argibay. En suma, más jueces de derecho y menos pretores de equidad.