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Francisco Corigliano: El “nuevo diálogo” con Cuba, realismo político y regreso al “patio trasero”

"Solo el paso del tiempo dirá si este vínculo con Cuba y el resto de América latina será de duración efímera o marcará el inicio de un reposicionamiento estadounidense en la región para no perder espacio frente a otros actores de peso como China, Irán o Brasil", mencionó el profesor del Departamento de Ciencias Sociales de San Andrés.

El anuncio realizado por el presidente estadounidense, Barack Obama, acerca de poner en vigencia una serie de medidas que apuntan a la normalización de las relaciones entre su gobierno y Cuba constituye otro gesto indicativo del realismo político que caracteriza a los gestos y medidas presidenciales de política interna y exterior.

Mirado desde la lógica de competencia partidista interna entre demócratas y republicanos, la decisión resulta un paso que evidencia la intención de Obama de conservar el protagonismo político y no entregarse mansamente a la dura realidad de un Congreso dominado por los republicanos tras la derrota sufrida en las últimas elecciones parlamentarias.

Asimismo, esta determinación es congruente con el respaldo que distintos actores políticos y sociales estadounidenses otorgaron –y otorgan– al proceso de normalización de vínculos entre Washington y La Habana. Un respaldo presente no sólo en una buena parte de la opinión pública estadounidense sino también en referentes políticos tanto demócratas como republicanos, e incluso en las corporaciones empresarias, que desde hace tiempo perciben el embargo económico como una muralla que impide el ingreso de capitales en la isla.

Con relación a este punto, es bueno recordar la oposición expresada por la industria automotriz norteamericana a la política de embargo durante la administración republicana de Richard Nixon, factor que le permitió al gobierno de Juan Domingo Perón concretar la venta de autos de filiales argentinas de Ford, Chrysler y General Motors a Cuba en 1973.

Los anuncios de Obama también evidenciaron su positiva recepción a los esfuerzos mediadores del papa Francisco, la cual tiene efectos tanto internos como externos. En el plano doméstico, constituye un guiño hacia los católicos de la sociedad estadounidense, un credo en franco crecimiento demográfico y, por ende, electoral.

En el externo, revalida la imagen pacifista que Obama había evidenciado en 2009 y que ese año le granjeara el Premio Nobel de la Paz –aunque tanto su discurso de recepción del premio como las acciones emprendidas en política exterior entre 2010 y la actualidad no necesariamente se correspondiesen con dicha imagen, tal como lo demostraron las targeted killings de líderes de Al-Qaeda, incluyendo el asesinato de Osama Bin Laden, y las acciones de fuerza contra el ISIS.

Hilando aun más fino, el anuncio de Obama es un reconocimiento a las falencias de la política de embargo contra La Habana implementada por la Casa Blanca desde 1962.

Asimismo, a los efectos externos, las medidas de normalización de vínculos con Cuba pueden contribuir a revertir la deteriorada imagen de los Estados Unidos en América latina luego de un largo período de relativo distanciamiento geopolítico de su tradicional “patio trasero” y de incremento del precio internacional de la soja, el petróleo y otros commodities claves en la región, una combinación de factores aprovechada en distintos grados de intensidad y éxito por China, Irán, Cuba, la Venezuela chavista, el Brasil gobernado por Lula y la Argentina kirchnerista.

Con la caída en el precio del petróleo, Venezuela –principal suministradora de ayuda a Cuba y con conexiones con la guerrilla de las FARC e Irán– y Brasil pierden peso e influencia regional, permitiendo el “reingreso” de Estados Unidos en su patio trasero.

Al no contar con la ayuda venezolana de los años anteriores Cuba, que necesita imperiosamente suavizar su economía, también respalda la normalización de relaciones con Washington en clave realista.

Y como los Castro han jugado un rol fundamental en el avance de las negociaciones entre las FARC y el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, Obama ha incluido entre sus anuncios la eliminación de Cuba de la lista de países terroristas.

Como ocurriese en el pasado con el “nuevo diálogo” entre Estados Unidos y América latina anunciado en 1973 por el entonces secretario de Estado Henry Kissinger, esta nueva versión dialoguista “obamiana” tiene muchos condicionantes externos e internos. Entre los primeros, depende de la no existencia de un foco de amenaza extrarregional de un calibre lo suficientemente alto, al estilo ataques terroristas del 11-S, como para no desviar las energías de este intento de recomposición de los vínculos con el tradicional patio trasero de Washington en otro sitio del planeta. Entre los internos, depende del grado de voluntad de un Congreso dominado por los republicanos a convalidar este intento de acercamiento a La Habana y de la capacidad de presión del lobby cubano anticastrista que, además, es políticamente poderoso en Estados Unidos, al punto de ser uno de los sostenes históricos del embargo contra el régimen.

Solo el paso del tiempo dirá si este vínculo con Cuba y el resto de América latina será de duración efímera o marcará el inicio de un reposicionamiento estadounidense en la región para no perder espacio frente a otros actores de peso como China, Irán o Brasil.