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Silvia Ramírez Gelbes: El show y la farsa

"Los efectos colaterales del caso Nisman están dejando de sorprendernos: dichos y desmentidas; dudas y negaciones; cartas, conferencias y redes sociales; acusaciones oficiales infundadas; ausencia de empatía con los afectados; pedidos de licencia extemporáneos; borradores tachados en la basura; aseveraciones temerarias de estrellas norteamericanas de cine y tenistas; marcas sospechosas en fotos de revistas; individuos que se sienten aludidos y que se ofenden. Incluso más: ya pasaron casi tres semanas y no hay siquiera un atisbo de respuesta", analizó la directora de la Maestría de Periodismo de San Andrés. La versión original de la nota puede verse aquí: http://ar.bastiondigital.com/notas/el-show-y-la-farsa

Con la hybris (o exceso) como motor del conflicto, la tragedia se caracteriza por la representación de acciones elevadas sometidas al arbitrio de los dioses y por la compasión o el temor que el conflicto suscita en los espectadores. Esa compasión y ese temor tienen el fin de provocar la catarsis (o purgación) que surge de identificarse con el padecimiento inmerecido del protagonista.

Nadie ha dudado en calificar de tragedia la muerte del fiscal Alberto Nisman, sin importar la ideología que se tenga o la información de la que se disponga. Porque no solo se trata de la muerte violenta de una persona joven, sino también porque constituye un hecho de fuerte gravedad institucional, en el sentido de que el interés por la muerte violenta de un fiscal nacional que investiga una causa sensible para la democracia, no restringido al ámbito de su familia y sus allegados, conmueve y aflige a la comunidad toda.

Más allá del impacto de esa muerte y de su relación con la causa AMIA –herida abierta hace más de veinte años en la Argentina y que, como se ve, sigue sangrando–, los efectos colaterales del caso están dejando de sorprendernos: dichos y desmentidas; dudas y negaciones; cartas, conferencias y redes sociales; acusaciones oficiales infundadas; ausencia de empatía con los afectados; pedidos de licencia extemporáneos; borradores tachados en la basura; aseveraciones temerarias de estrellas norteamericanas de cine y tenistas; marcas sospechosas en fotos de revistas; individuos que se sienten aludidos y que se ofenden. Incluso más: ya pasaron casi tres semanas y no hay siquiera un atisbo de respuesta.

Mientras tanto, el show de la escena nacional debe seguir y todo pareciera jugarse en el guión y en las actuaciones. Como si la realidad pasase exclusivamente por un escenario –o una pantalla– y la compasión o el temor de la ciudadanía fuesen una simple emoción pasajera que se expurga en la sorpresa provocada por el acto inesperado de que alguien diga con la boca lo que sus manos desdicen.

El fin de semana pasado, dos notas referidas al caso Nisman publicadas (el dato no es ocioso) por Clarín, el medio de comunicación que el Gobierno estableció como su enemigo, molestaron al jefe de Gabinete, Jorge Capitanich.

Todo funcionario tiene derecho a defenderse si cree que lo han agraviado y claro que tiene derecho a expresar su opinión contraria a una nota (justamente sobre el tema de aquel fiscal) que se haya publicado en un diario. Pero romper con las manos frente a las cámaras las hojas de un diario y proclamar con la boca al mismo tiempo que se defiende la libertad de expresión no se condice, aunque el gesto parezca trágico, con las acciones elevadas de un protagonista de tragedia. En todo caso, más vale, se asocia a la mueca caricaturesca del personaje de una farsa.