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Silvia Ramírez Gelbes: El silencio y los trajes del emperador

"Cristina pretende cerrar filas con su tropa porque el ciclo se acerca a su fin y ella presiente que los intereses, que siempre se ponen del lado donde calienta el sol, ya están buscando dónde acomodarse. Quizá, no junto a ella", afirmó la directora de la Maestría en Periodismo de San Andrés. La versión original de esta nota puede verse aquí: http://www.perfil.com/contenidos/2015/02/22/noticia_0050.html

Había una vez un emperador muy presumido al que le encantaba lucir sus caros trajes. Un día, llegaron a la comarca dos pícaros trashumantes que, haciéndose pasar por tejedores, le dijeron que le harían un traje con una tela maravillosa visible sólo a los ojos de las personas inteligentes.

Mientras simulaban tejer, los dos ladrones halagaban los magníficos colores de la tela. El emperador, que no la veía (porque no había tela), se mostraba fascinado por temor de que creyeran que era tonto. Y los miembros de la corte y los lacayos elogiaban la finura del tejido. Hasta que todo el imperio empezó a hablar de esa tela maravillosa. Cuando el traje estuvo “terminado”, el emperador salió a lucirlo por las calles y todos alababan la tela exquisita, aunque nadie (claro está) la veía. Un niño, sin embargo, se animó a decir: “El emperador no lleva nada puesto”. Recién entonces, todos en el pueblo empezaron a murmurar: “Es cierto, el emperador no lleva nada puesto”.

El verano de 2015 no quedará en la memoria de los argentinos ni por el calor, ni por el doloroso asesinato de una adolescente argentina en playas extranjeras: quedará en la memoria por la muerte violenta de un fiscal nacional. Y por la marcha multitudinaria que se llevó a cabo a un mes de su muerte. Y por el silencio de nuestra Presidenta acerca de esa marcha que, paradójicamente, se conoció como “la marcha del silencio”.

Sorprendentemente (o no), desde el anuncio de la marcha que se realizaría (y se realizó) el 18 de febrero en homenaje al fiscal Alberto Nisman, muchos funcionarios y simpatizantes del Gobierno se ocuparon de denostar la convocatoria (animada por “fiscales corruptos”, por “narcos” y hasta “antisemitas”, según sugirió el secretario general de la Presidencia, Aníbal Fernández; o calificada de desestabilizadora por la organización Carta Abierta y otros intelectuales kirchneristas). Pero la Presidenta, a pesar de que pronunció un par de discursos por cadena nacional en esos días, sólo hizo una alusión elíptica a la marcha: “A ellos les dejamos el silencio”.

Esa no mención a la marcha (marcha que no resultó desestabilizadora, al menos a juzgar por los días posteriores, en que la estabilidad del país es idéntica a la de los días previos; y que pareció animada, más vale, por el deseo de la gente de expresarse en calma), incrustada en largos discursos que hablaban de “otras cosas”, no pudo ser más elocuente. Con ese silenciamiento manifiesto, la Presidenta dejó en claro que está preocupada, que no se siente segura y que no se percibe acompañada. Aunque sigan ahí todavía los incondicionales y los obedientes. Aunque no sea cierto que su gobierno está en riesgo o que la amenazan los adversarios, porque todos los argentinos queremos que entregue la banda el 10 de diciembre.

Por eso eligió dirigirse sólo a los suyos, a los que la siguen, a los que le cantan y agitan banderas cuando ella se asoma al balcón. Por eso habló de los logros recientes y pasados, de las diferencias entre la Argentina y el resto del mundo, y hasta de lo que falta por hacer: “Mientras haya que seguirle pagando a un pibe la AUH en lugar de la asignación familiar de su padre porque consiguió trabajo, estaremos en deuda con los argentinos”. Y por eso, también, declaró lo que ella está pensando en realidad: “Este no es un mundo de conspiraciones, es un mundo de intereses”.

Negando a los que no acuerdan con ella, Cristina pretende cerrar filas con su tropa porque el ciclo se acerca a su fin y ella presiente que los intereses, que siempre se ponen del lado donde calienta el sol, ya están buscando dónde acomodarse. Quizá, no junto a ella.

El cuento de los trajes del emperador tiene una moraleja: por presumir y no parecer tonto, uno puede terminar siendo muy tonto. Pero hay una moraleja dos. Y la Presidenta sabe que el que se rodea de aplaudidores, como le pasó al emperador del cuento, al final corre el riesgo de que lo dejen desnudo.