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Magalí Yance: Políticas en cuotas

"Disfrutar tres décadas de democracia debería comprender, al mismo tiempo, la búsqueda de una mayor igualdad en la participación del juego político, la incorporación de nuevos actores y el devenir de la democracia un espacio genuinamente plural. Las candidatas y figuras femeninas prominentes en la política ya no son un tabú, eso seguro, pero su participación todavía es acotada", indicó la licenciada en Ciencia Política de San Andrés. El artículo fue escrito junto a Guido Gamba (UBA). La versión original de la nota puede verse aquí: http://ar.bastiondigital.com/notas/politicas-en-cuotas

"¿Sabe usted cuál es la diferencia entre un político y una dama? Cuando el político dice que 'sí' quiere decir 'tal vez', cuando dice 'tal vez' quiere decir que 'no' y cuando dice que 'no', no es político. Cuando una dama dice que 'no' quiere decir 'tal vez', cuando dice 'tal vez' quiere decir que 'sí', cuando dice que 'sí' no es dama". Sebastián Piñera, XIII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno en Tuxtla Gutiérrez, México, 2011.

La (¿elocuente? ¿graciosa?) observación realizada por el entonces presidente chileno no resiste el más mínimo análisis. Más allá del estatuto políticamente incorrecto del comentario –y la dudosa orientación del comentarista, podemos hacer el ejercicio de reflexionar acerca de las ideas que lo subyacen.

El componente cómico de la observación de Piñera descansa sobre una asociación ya cristalizada en el imaginario social; un estereotipo de las mujeres que, de cierto modo, las determina y condiciona. Esta conclusión no es para nada iluminadora: la migración de este gesto hacia el campo discursivo político es una obviedad. Después de todo, la política no es en absoluto ajena a los discursos sociales ni al sentido común. Lo que sí es interesante del caso es que una observación como ésta sólo funciona en tanto respeta un contrato de mutuo entendimiento entre el pretendido comediante y su auditorio. Es una incorrección implícitamente permitida. Este margen de enunciación y sus risas cómplices o celebratorias (porque sin risa no puede haber “gracia” y todo personaje de humor, como Piñera, sabe de esto) dan cuenta de forma inequívoca de que la política sigue siendo, todavía, una “cosa de hombres”.

En Argentina la vida política de la mujer mejoró. Una mejoría que, aún después de tres décadas de democracia ininterrumpida en el país, tiene todavía un largo camino por recorrer.

La recuperación de la democracia implicó una apertura general de nuevos espacios de participación y un empuje sin precedentes a la vida política nacional. Esta revitalización explica, en parte, la cantidad de mujeres que se afiliaron a partidos y buscaron participar de la toma de decisiones. Pero no fue hasta la sanción de la Ley de Cupo en 1991 para la Cámara Baja y 2001 para el Senado que la mayoría de las legisladoras se hicieron presentes en las Cámaras.

En cifras, 1983 encontró una Cámara Baja con 11 mujeres en un total de 254 legisladores. Esa asimetría se mantuvo estoica y obstinadamente hasta que los coletazos de la Ley de Cupo se hicieron sentir después de diez años de sancionada la ley. El argumento principal de la legislación demandaba: “las listas que se presenten deberán tener mujeres en un mínimo del 30 por ciento de los candidatos de los cargos por elegir".  Así y todo, la reticencia a hacerle un lugar a las mujeres se mantuvo y se mantiene –aunque podemos conceder que en menor medida– en la actualidad.

En una primer lugar, el “rebusque” fue la inclusión de las candidatas en posiciones simbólicas de la boleta electoral: sólo una elección milagrosa se traduciría en el ejercicio de un cargo. Es por esto que una modificación posterior del texto de la ley –en 1993– estableció que la nominación de candidatas debe implicar una expectativa de elección efectiva.

La modificación fue respetada y, a pesar de algunas boletas sancionadas, se aplicó correctamente. De todos modos, la reforma no logró socavar la preeminencia masculina y, como resultado, la participación de mujeres como cabeza de lista continuó siendo una excepción. Este fenómeno es todavía más fuerte en el interior. No tanto por cierto tufillo machista vernáculo, sino porque la combinación de pocos escaños en juego y la baja cantidad de mujeres encabezando las listas condujo a resultados míseros en términos de participación femenina en las instituciones democráticas.

Hay todavía otra cuestión que hace a la libre interpretación de la ley. Establecido el porcentaje del 30% como el mínimo de mujeres incluidas en las listas, ese “piso” se transformó en un “techo”: desde la sanción del cupo la ley se cumple en su mínima expresión y, en consecuencia, la inclusión de las mujeres rara vez pasa el tercio sancionado.

Así y todo, las últimas elecciones señalaron una mejora: en los distritos más grandes del país, el porcentaje de candidatas femeninas se encontró por encima de lo demandando por ley. El Congreso Nacional contabiliza la presencia de 35%-40% de mujeres, lo que hace de la política argentina un espacio inéditamente pluralista para la región, alcanzando una de las mejores cifras de Latinoamérica junto a Costa Rica, Ecuador y Cuba, además de encontrarse en una 18a posición mundial, según la Organización Internacional de Parlamentos (IPU).

Mea Culpa

Al escribir este texto surgen palabras o expresiones inevitables como “la vida política de las mujeres” o, peor, “hacerles un lugar a las mujeres”. Sin lugar a dudas, son expresiones tediosas y hasta ofensivas. El problema es que justamente son expresiones que utilizamos en el cotidiano. Y si las utilizamos es porque, hoy, la discriminación positiva y el sistema de cuotas son una de las pocas –sino las únicas–  herramientas institucionales que el ejercicio democrático propone para incorporar a las mujeres a las esferas de poder (porque no es sólo un problema de la política). Es un gesto reparador pero al mismo tiempo consciente de que las instituciones políticas, mal que nos pese, siguen siendo “cosa de hombres”.

Sin dudas, el mejor escenario es el de una participación equitativa y representativa sin necesidad de legislaciones que requieran y demanden la incorporación de los otros, pero los cambios son lentos. Siglos de patriarcado estructural y de prácticas discursivas y culturales que estereotipan a la mujer no desaparecen en el corto y mediano plazo. Las leyes y las regulaciones se piensan como correctores veloces a la hora de mitigar las diferencias estructurales devenidas en desigualdades. Correctores veloces y acaso también superficiales, pero lo cierto es que estos ajustes a posteriori, también sientan precedente y construyen una realidad favorable para allanar el camino hacia una vida pública más justa y equitativa. En línea con esto, el imperativo de la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW-ONU) --al cual Argentina adhirió en 2006-- señala como necesario “(...) modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios y las prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que estén basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en funciones estereotipadas de hombres y mujeres”. La Ley de Cupo argentina responde, en parte, a este requerimiento con el objetivo de que, en un futuro no muy distante, las regulaciones de este tipo no sean necesarias.

Disfrutar tres décadas de democracia debería comprender, al mismo tiempo, la búsqueda de una mayor igualdad en la participación del juego político, la incorporación de nuevos actores y el devenir de la democracia un espacio genuinamente plural. Las candidatas y figuras femeninas prominentes en la política ya no son un tabú, eso seguro, pero su participación todavía es acotada. La maduración de nuestra democracia debe ir a la par de una transformación social donde esa broma del ex jefe de Estado chileno no resulte una alternativa como “salida graciosa”.