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Eugenia Mitchelstein: La hora del gran debate presidencial

"La principal ventaja de los debates es permitir a los ciudadanos ver a todos los candidatos presidenciales en pie de igualdad y conocer sus propuestas de primera mano, sin el filtro impuesto por la cobertura periodística ni la brevedad inherente a las publicidades electorales", sostuvo la profesora del Departamento de Ciencias Sociales.

Dice la historia política de Estados Unidos que John F. Kennedy no pudo superar a Richard Nixon en el primer debate televisado entre candidatos presidenciales, realizado en 1960. Si bien al principio se le restó importancia al intercambio de opiniones frente a las cámaras,  lo cierto es que en aquella época nueve de cada diez hogares estadounidense tenían una televisión, según destacó un estudio realizado en 1987 por David Vancil y Sue Pendell. En la radio, por su parte, el debate tuvo como ganador a Nixon, aunque esto tiene una explicación: los oyentes vivían mayoritariamente en zonas rurales y eran protestantes como el aspirante republicano. La única encuesta que se realizó a 282 personas que habían seguido la discusión por radio no preguntó por preferencia partidaria o religión, por lo cual no resultó una evidencia suficiente de cuánto influyó el atractivo de Kennedy en la opinión sobre los debates.

Kennedy y Nixon volvieron a enfrentarse en los medios de comunicación tres veces más antes de las elecciones de 1960 y, si bien no sabemos quién resultó vencedor, podemos decir que quienes ganaron fueron 70 millones de espectadores que pudieron conocer mejor a los dos candidatos para votarlos con más información.

Los debates no se volvieron a hacer en Estados Unidos hasta la competencia entre Gerald Ford y Jimmy Carter, en 1976. Desde ese momento se volvieron habituales antes de cada comicio presidencial. Si un candidato se negara a participar, entonces pagaría altos costos ante la opinión pública.

La práctica de los debates electorales televisados, inclusive, se extendió a otros países: Canadá (desde 1968), Francia (1974) y Reino Unido (2010). En América Latina el primer país en adoptar esta metodología fue Brasil en 1989, y luego le siguieron Perú (1990) y México (1994), entre otros. Los debates han sido criticados por ser demasiado ensayados y por estar centrados en la imagen no permitir que los candidatos discutan temas de fondo. Sin embargo,  la evidencia indica aumentan la información de los ciudadanos sobre las propuestas de los candidatos, generan discusión entre los votantes sobre los temas tratados, y legitiman el proceso democrático.

En Argentina nunca hubo un debate presidencial pero sí varios preelectorales. El primer encuentro televisado fue antes del plebiscito sobre la soberanía en el Canal del Beagle, en 1984, entre el entonces canciller radical Dante Caputo y el senador peronista Vicente Saadi. También debatieron candidatos para cargos legislativos y cargos ejecutivos subnacionales. Silvio Waisbord explica que tanto Raúl Alfonsín, en 1983, y Carlos Menem, en 1989, se negaron a debatir por el temor de resignar la amplia ventaja que llevaban en las encuestas frente a sus rivales: Ítalo Luder y Eduardo Angeloz, respectivamente.

La elección de año, en la que todavía ningún candidato parece sacar ventaja definitiva, podría ser una oportunidad para organizar el primer debate televisado entre aspirantes a presidente en la Argentina.

Si llegara a concretarse, sería bueno aplicar algunas de las lecciones de debates anteriores tanto de la Argentina como del mundo.

1- La experiencia indica que el primer debate es el que más impacto tiene en el nivel de información y conocimiento de los candidatos por parte de la opinión pública; más que apuntar a una serie de debates, se debería priorizar la realización de al menos uno.

2- Los debates que más ayudan a la ciudadanía son aquellos en que el moderador no busca ser protagonista ni imponer temas, sino preguntar sobre los tópicos de la agenda ciudadana.

3- El respeto de los tiempos asignados para cada candidato y la prohibición de interrupciones contribuye con la comprensión de los temas discutidos y la equidad entre los candidatos.

4- Los debates deberían presentarse sin pausas comerciales que distraigan a la audiencia. Finalmente, todos los canales de aire y cable del país deberían tener acceso a la transmisión para asegurar la mayor audiencia posible. El debate podría realizarse en una sede neutral, como una universidad o un teatro.

Un debate presidencial no va a salvar a República. No va a permitir distinguir al mejor candidato entre todos los competidores, porque la capacidad para gobernar bien no necesariamente esté determinada por la habilidad para polemizar. Tampoco va a inaugurar una nueva vocación de diálogo en la Argentina: los debates realizados en otros niveles y poderes de gobierno de 1984 a la fecha sugieren que los candidatos comprenden que sus adversarios electorales son interlocutores en una competencia democrática y no enemigos.

La principal ventaja de los debates, sin embargo, es permitir a los ciudadanos ver a todos los candidatos en pie de igualdad y conocer sus propuestas de primera mano, sin el filtro impuesto por la cobertura periodística ni la brevedad inherente a las publicidades electorales.

Además, pueden fomentar la discusión sobre temas políticos y la confianza en la legitimidad del régimen democrático. Para algunos televidentes puede ser el programa de televisión más divertido después de The West Wing, House of Cards y Veep.

En un momento en el que medios de comunicación y los periodistas se preguntan cómo hacer la información política más atractiva, los debates electorales pueden cumplir dos funciones: informar a la ciudadanía y entretener a la audiencia.