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Federico Merke: Un hito de cara al futuro del hemisferio

"La Cumbre de Panamá podría ser el comienzo de un nuevo proceso hemisférico basado en un particular equilibrio entre autonomía regional y convergencia hemisférica. Este equilibrio, sin embargo, es incipiente", opinó el director de las licenciaturas de Ciencia Política y Relaciones Internacionales.

Algunas cumbres fracasan antes de comenzar. Muchas hacen lo que pueden y sufren lo que deben. Y otras tienen el raro privilegio de exhibir éxitos antes de que concluyan.

La presencia de Cuba en la Cumbre de las Américas en Panamá, que concluyó ayer, y la normalización de sus relaciones con los Estados Unidos serán sin dudas un hito hemisférico recordado por mucho tiempo.

Esta presencia es el resultado de la decisión del presidente norteamericano, Barack Obama, de avanzar definitivamente en el restablecimiento de una relación "westfaliana" con Cuba, pero también es el resultado de una labor paciente y sostenida de los gobiernos de América latina.

En 2004, Cuba se sumó a la iniciativa del ALBA e hizo lo propio con el Grupo Río en 2008. Un año después, la región logró que la Organización de los Estados Americanos (OEA) diera por terminada la suspensión de Cuba de ese organismo.

Al año siguiente, Cuba no sólo se sumó a la creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), sino que asumió la presidencia pro témpore. Y en 2012, en Cartagena de Indias, América latina sostuvo de manera unánime que la siguiente cumbre, la de Panamá, sería con Cuba. Y Estados Unidos, ciertamente, recogió el guante.

Washington siempre supo que su relación con la isla fue típicamente un obstáculo en la búsqueda de cooperación entre América latina y Estados Unidos. Pero sólo en los últimos años fue posible alterar el statu quo en torno al bloqueo y el aislamiento.

La narrativa más pragmática del reset se impuso a un anquilosado anticomunismo que los jóvenes republicanos ya ni saben en qué consiste.

Es cierto: la relación con Venezuela augura otra ronda de fricciones, fuera y dentro de los Estados Unidos. Pero los casos son muy distintos. Las sanciones a Caracas, por lo menos hasta ahora, han sido contra siete personas, no contra un país entero, como en el caso de Cuba.

Como sea, una mirada histórica les da motivos a los Estados Unidos para celebrar. América latina es hoy más democrática, más próspera, menos desigual y más pacífica de lo que era hace 30 años. Las transformaciones regionales han sido en buena medida consistentes con las preferencias y valores exhibidos por los Estados Unidos.

De su lado, América latina no sólo aplaude su progreso histórico, sino que también festeja el regreso definitivo de Cuba al hemisferio.

Pero hay más. Con la cautela de que toda generalización sobre América latina debería ser consciente de sus limitaciones, hoy la región depende menos del comercio y la ayuda económica y militar de Estados Unidos, auspicia sus propios foros regionales, como la Unión de las Naciones Suramericanas (Unasur) o la Celac, y financieramente depende cada vez menos de organismos internacionales en los que los Estados Unidos tienen poder de veto.

Si en términos de valores América latina se acercó a los Estados Unidos, en términos estratégicos la autonomía parece en aumento.

Si esta observación es correcta, la Cumbre de Panamá podría ser el comienzo de un nuevo proceso hemisférico basado en un particular equilibrio entre autonomía regional y convergencia hemisférica. Este equilibrio, sin embargo, es incipiente.

Dependerá -en buena medida- de la orientación externa del próximo presidente de los Estados Unidos. Y dependerá, también, de cómo América latina y los Estados Unidos avancen en áreas sensibles para ambos, como el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado.

Como sea, un buen empate como el de la Cumbre de Panamá es un excelente resultado para proponer jugar otros partidos.