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Khatchik DerGhougassian: Armenia, verdad vs. negación

"El genocidio de los armenios comenzó el 24 de abril de 1915 con la detención de 235 miembros de la comunidad de armenios en Constantinopla por los otomanos. Hoy se cumple un siglo y las heridas continúan abiertas al punto que el reconocimiento del Papa del conflicto como genocidio motivó el retiro del embajador turco del Vaticano por parte del presidente Recep Erdogan", destacó el profesor del Departamento de Ciencias Sociales.

Toda memoria colectiva de un genocidio se define en términos políticos como la lucha por la verdad y justicia por un lado y de la negación del crimen por el otro. No excluye el poder aunque la política como lucha por el poder, en el genocidio, podría trivializar y a menudo desacreditar el sentido de la verdad, relativizarla y generar confusión entre víctimas y victimarios siguiendo la teoría de "los dos demonios".

El genocidio de los armenios comenzó el 24 de abril de 1915 con la detención de 235 miembros de la comunidad de armenios en Constantinopla por los otomanos.

Hoy se cumple un siglo y las heridas continúan abiertas al punto que el reconocimiento del Papa del conflicto como genocidio motivó el retiro del embajador turco del Vaticano por parte del presidente Recep Erdogan. No conforme Erdogan agregó: "Los más de 100.000 armenios que trabajan en Turquía no son ciudadanos turcos, los podemos expulsar pero aún no lo hemos hecho". Cuando Thomas de Waal, reconocido especialista de asuntos del Cáucaso, publicó el artículo "La palabra en G. La masacre armenia y la política del genocidio" en la revista Foreign Affairs (enero-febrero 2015) en vísperas del lanzamiento de su libro sobre el tema, la reacción en la diáspora armenia no tardó. Citando el proverbio yiddish "una media-verdad es una mentira total", el 23 de diciembre de 2014, Seto Boyadjian escribió en Asbarez el diario bilingüe armenio-inglés de Los Angeles, "obviamente, para el señor De Waal, el concepto de justicia es una variable en su abordaje a la resolución del conflicto que depende de la identidad del partido en conflicto." Este juicio normativo podría parecer excesivamente duro hacia un estudioso que en su libro, Great Catastrophe. Armenians and Turks in the Shadow of Genocide (Oxford Univ. Press 2015), admite que la exterminación de los armenios jurídicamente responde a un genocidio, y, parafraseando a Hrant Dink editor del semanario armenio Agos de Estambul asesinado en enero de 2007 afirma que es el rechazo oficial turco de admitir los crímenes de 1915 que ata juntos a los armenios y turcos y caracteriza esa actitud de condición clínica de paranoia que sufre del Síndrome de Sévres (1). Pero es entendible yjustificado considerando no sólo la sensibilidad particular de la memoria colectiva armenia hacia un crimen cuya singularidad ha sido su "olvido", sino también porque la memoria colectiva de los armenios sigue aun sufriendo las "heridas abiertas", como caracteriza bien Vicken Cheterian (Qpen Wounds. Armenians, Turks and a Century of Genocide, Hurst Publishers, 2015).

De hecho, si desde 1965, año del cincuentenario del Genocidio con las manifestaciones en la diáspora y la entonces República Socialista Soviética de Armenia sin antecedentes, la política de la memoria se concentró en la demanda por el reconocimiento, la razón fundamental ha sido el silenciamiento primero y la internacionalización de la política de negación del Estado turco. Es importante distinguir entre ambos conceptos aunque en el fondo persiguieran el mismo objetivo. El silenciamiento del crimen era esencial para la construcción de la historia oficial de Turquía y la homogeneización de la identidad moderna/secular del proyecto kemalista y el debilitamiento de la población no-turca y no-musulmana entre armenios, griegos, asirios, judíos y kurdos entre otros mediante masacres confiscación de bienes, imposición de impuestos discriminatorios, exilio a campos de trabajos forzados y vandalismo y saqueo de sus negocios. Ha sido una política fundamentalmente interna, en un contexto mundial donde los armenios no tenían un Estado que los representase en los foros internacionales, en cuanto a las comunidades dispersas en el mundo la prioridad era la organización de la supervivencia. La neutralidad de Turquía durante la Segunda Guerra y su ingreso en la OTAN en 1952, los intereses geopolíticos de las potencias coloniales primero y la Guerra Fría luego habían generado un ámbito internacional favorable al silenciamiento del crimen. No importa si el exterminio de los armenios no generara dudas, figurara en los documentos oficiales y textos como "crimen contra la humanidad" en la formulación de los Aliados que sirvió como argumento jurídico para juzgar a los responsables en su ausencia en Constantinopla en 1919, y a Ankara mucho no le preocupó que Rafael Lemkin lo tomara como caso para ejemplificar el término "genocidio" que había inventado en 1944 para caracterizar el Holocausto.

Tampoco molestaba si intelectuales turcos como Kamal Yasar no se callaran o como lo reveló la prensa turca, un joven teólogo, crítico al kemalismo, Fethullah Gülen, le escribiera una carta al Patriarca de la Iglesia Armenia en Estambul Shnorhk Kalusdian hablando del "gran genocidio" cometido contra los armenios (2). Mientras no constituyera un factor de desestabilización de la historia oficial sobre la cual se había construido el proyecto nacional kemalista la mención del Genocidio, que en general se evitaba en presencia de un representante oficial turco no molestaba demasiado. De hecho, las manifestaciones del Cincuentenario no mencionaban el reconocimiento; pedían reparación de la injusticia, compensaciones por daños morales y materiales y la implementación del Tratado de Sévres.

Es el Cincuentenario que impulsó la internacionalización de la política de negación que en su práctica significó incluir en la agenda de la diplomacia turca la tarea de problematizar en las relaciones bilaterales y multilaterales cualquier mención y/o uso del término de "genocidio" para el caso armenio. Esta política estatal explica la concentración de los esfuerzos de la política de memoria de parte de organizaciones armenias de la Diáspora en el objetivo de su reconocimiento en diversos foros y declaraciones públicas. Por supuesto, la lucha por el reconocimiento nunca significó el abandono de las demandas de reparación; menos la aceptación de la historia oficial de la Turquía kemalista que niega la identidad armenia de los territorios vaciados de su población. Sin embargo, mientras el reconocimiento parecía un objetivo alcanzable y relativamente menos problemático por ser una demanda moral, la formulación de demandas de compensación por daños del genocidio resultaba mucho más desafiante como política de memoria para las organizaciones de la diáspora.

El Centenario del Genocidio viene a marcar una nueva etapa en la política de la memoria armenia por tres razones fundamentales. Primero, los esfuerzos del reconocimiento internacional del Genocidio han logrado sacarlo del "olvido"; falta, por supuesto, el reconocimiento oficial de Turquía y mezquindades típicas de Estados que no quieren "enojar" a Ankara como por ejemplo evitar de pronunciar la palabra "genocidio" y mantener perfil bajo aun cuando se pretende consolidar un régimen internacional de la Responsabilidad para Proteger; pero el reconocimiento en sí no cerraría ningún capítulo como quizá se pensó en algún momento sino aceleraría el proceso de negociar la agenda de las reparaciones. Segundo, el mayor logro de los esfuerzos de reconocimiento ha sido el levantamiento del tabú en torno del Genocidio en la propia sociedad turca; por cierto, el levantamiento de ese y muchos otros tabúes es una de las consecuencias probablemente indeseables de la democratización de la política turca que lideró el actual partido islámico al poder cuando en 2002 ganó las elecciones parlamentarias y empezó un proceso de transformación; pero con la marginación del rol de los militares en la política interna, y aun cuando el negacionismo persiste y se metamorfosea en nuevos ensayos de trivialización como propuestas de conformación de comisiones de historiadores, evocación de un supuesto "dolor común" de ambos pueblos o invitaciones a la diáspora para reasumir su identidad otomana y pedir ciudadanía turca, es irreversible el camino de la revisión de su propia historia que los sectores más progresistas han emprendido en Turquía. Tercero, luego de 24 años y muchas idas y vueltas desde la proclamación de la independencia, el Estado armenio se ha hecho cargo de asumir la responsabilidad de preparar y promover una política de demandas de reparación por los daños del Genocidio en su agenda internacional; la Declaración Panarmenia del Centenario del Genocidio Armenio del 29 de enero de 2015 hace explícito el compromiso oficial en este sentido.

Esta nueva etapa de la política de la memoria armenia abre nuevos espacios tanto para la política estatal como la movilización de la diáspora, a saber: en los foros multilaterales una diplomacia de perfil alto en la agenda de la prevención de los genocidios; en las relaciones bilaterales entre Armenia y Turquía la búsqueda de un diálogo que evite tanto la eliminación del tema del genocidio en virtud del principio de "relaciones sin precondiciones" así como la lógica de suma cero; en el ámbito comunitario de la Diáspora una movilización que, además de acompañar el esfuerzo oficial en su manifestación internacional, consolide la apertura del pensamiento hacia la integración y el compromiso con un Nunca Más universal prestando particular atención a los esfuerzos de inclusión de la sociedad turca que promueven sus sectores más progresistas y más aferrados al respeto de los Derechos humanos.