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Raquel San Martín

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Eugenia Mitchelstein: ¿Puede haber en la Argentina un debate presidencial?

"Los debates instalan temas de conversación. Y, sobre todo, que permiten a los votantes ver ese momento en el que el candidato deja de repetir lo que aprendió de memoria. La imagen proyecta cosas que a los votantes les interesan", expresó la directora de la carrera de Comunicación. La versión original de la nota puede verse aquí:  http://www.lanacion.com.ar/1787086-la-campana-por-otros-medios-puede-haber-en-la-argentina-un-debate-presidencial  La foto pertenece a la agencia de noticias Télam.

De cómo se constituirán las fórmulas a quiénes harán alianzas con quiénes; de cuáles serán los temas dominantes en las campañas a quiénes serán los contendientes en una posible segunda vuelta: el año electoral es en el país aún un compendio de incógnitas. Una más se ha sumado en las últimas semanas, hasta convertirse en una causa que va ganando impulsores: ¿será posible hacer, por primera vez en la historia argentina, un debate entre candidatos presidenciales? ¿Podremos este año ver y escuchar a los postulantes sin mediaciones, dando precisiones sobre sus políticas en temas clave, en una transmisión televisada en conjunto por distintos canales, organizada en un lugar neutral, con un cuestionario en cuyo armado participen periodistas y ONG de varias líneas, con menos chicana verbal y más contenido?

En muchos países del mundo -de EE.UU. a Francia, de Brasil a México, de Alemania a Australia-, aun con los diferentes modelos que adoptan, los debates presidenciales se han convertido en hábito, considerados casi la única instancia de comunicación directa entre candidatos y ciudadanos, que los exponen en sus ideas y en sus personalidades como no logra una entrevista, una conferencia de prensa ni un acto de campaña. Y muchas veces con asombrosos niveles de rating: en Estados Unidos, cuna de los debates, el lugar donde más se analizan y desmenuzan sus formas y sus efectos, es el programa de televisión más visto después del Super Bowl.

Porque ningún candidato se destaca primero en la carrera, porque la Presidenta en ejercicio no puede postularse, o porque el cambio de ciclo político demanda alguna señal de que viene algo nuevo, parece haber en la Argentina una oportunidad de concretar un primer ejercicio de debate este año.

Se ve, principalmente, en la iniciativa Argentina Debate (www.argentinadebate.org), que trabaja desde el año pasado sumando voluntades institucionales y personales para difundirlo como "un bien público" y convertirlo así en un reclamo de la sociedad civil, reunir a los medios audiovisuales y gráficos para organizarlo y transmitirlo de manera compartida, difundir experiencias de otros países que puedan servir de guía, y que acaba de recibir el respaldo internacional de autoridades políticas y grupos organizadores de debates de 18 países del mundo. Pero está también en los 11 proyectos de ley presentados en Diputados (seis con estado parlamentario) y dos en el Senado, y en la campaña en Change.org, con más de 11.000 firmas (www.change.org/debate2015).

Aunque los debates revelan más la capacidad de argumentar que de gobernar de los candidatos, los expertos indican que en la Argentina -donde la inexistencia de un debate institucional no implica que no se hable de política todo el tiempo y en todo lugar- podrían tener algunas consecuencias positivas: dar visibilidad e instalar algunos temas, fomentar una discusión sobre políticas y no sobre consignas, nivelar en algo la cancha para los partidos minoritarios y, nada menor, devolver confianza hacia el sistema político.

"Esta elección presidencial va a ser especialmente competitiva. Ningún candidato está en una posición tan cómoda como para no querer arriesgar esa ventaja, que es la razón habitual para negarse a debatir. Pero además hay motivos para un cambio en la cultura política. Hay distintos trabajos que muestran una cierta fatiga del antagonismo político como tal y la expectativa de una discusión centrada en políticas públicas y no en chicanas -apunta Hernán Charosky, coordinador de Argentina Debate-. Queremos promover la idea de que un debate presencial como acontecimiento institucional es una foto de época de la cual a ningún candidato le conviene estar afuera."

CADA PAÍS CON SU MODELO

El contraste entre el rostro sudoroso y pálido de Richard Nixon frente a la actitud confiada y juvenil de John Fitzgerald Kennedy, que la naciente televisión norteamericana difundió a 70 millones de personas en 1960 y que para muchos fue clave en el resultado de la elección, se instaló en la memoria política de ese país como la marca del poder de los debates televisados, que se institucionalizaron allí desde los años 70 y hoy son rutina en las campañas: hay tres debates presidenciales, uno vicepresidencial y varios en las primarias, en universidades que concursan para ser sede en todo el país.

Sin embargo, el modelo norteamericano -en los debates participan los candidatos que superen el 15% en intención de voto, lo que deja al demócrata y al republicano sobre el escenario- no es hegemónico en los países que los realizan, en todos los continentes. El panorama de opciones es vasto: quienes los organizan pueden ser autoridades electorales, partidos políticos, ONG o medios de comunicación, o una alianza de ellos. Se pueden hacer en universidades, estudios de televisión, edificios públicos u hoteles. Pueden tener o no público presente, que puede estar en silencio o hacer preguntas. Pueden organizarse en bloques temáticos o ser abiertos. Las preguntas pueden provenir de un moderador, un grupo de ciudadanos o de expertos. Pueden ubicarse los candidatos -de los que tienen mayor cantidad de intención de votos a todos los que se presentan- de pie, sentados frente a frente o dejarlos caminar por el escenario.

Como sea, los expertos han definido varias funciones de esos momentos de la campaña: como recoge Argentina Debate en un documento reciente, "son una oportunidad única para ver y escuchar a los candidatos en tiempo real y comparar sus ideas", "maximizan el acceso de los candidatos a los medios y los votantes", legitiman la propia estructura política que los hace posibles, son "una ventana para observar las reacciones e interacciones de los candidatos" y convierten las promesas hechas allí en la base de futuras interpelaciones sobre lo efectivamente realizado. Es, en otras palabras, más un derecho de los ciudadanos que una prerrogativa de los candidatos.

¿Por qué en la Argentina nunca hubo debates presidenciales? (El país es, con República Dominicana, el único en la región con ese récord.) Hay quien relativiza esa idea: el 14 de noviembre de 1984, el entonces canciller Dante Caputo y el senador justicialista Vicente Saadi debatieron acerca del acuerdo con Chile sobre el Canal de Beagle, y desde 1987, distintas provincias fueron sumándose con debates previos a las elecciones a gobernador (en la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, se hicieron en 2003, 2007, 2011 y este año). Sin embargo, en 1983 y 1989 fracasaron los debates entre candidatos a presidentes: Raúl Alfonsín e Ítalo Luder no pudieron acordar en los periodistas que harían las preguntas, y Carlos Menem dejó la famosa "silla vacía" cuando no se presentó a debatir con Eduardo Angeloz. Paralelamente, se instaló la máxima de que "el ganador no debate" y la convicción de que es mejor no dar demasiadas precisiones ni hacer muchas promesas concretas en la campaña.

"La Argentina no es un lugar donde falte debate. La discusión política es constante, nadie se calla y todos dicen lo que piensan, en público y en privado. No ha habido debate porque no ha habido una demanda por parte de la ciudadanía. El pedido de que haya debate presidencial siempre partió de quien estaba atrás en las encuestas. Los debates no dan puntos, sino que los quitan y ponen en riesgo a los que van adelante", analiza Ernesto Calvo, politólogo y profesor de la Universidad de Maryland.

"En la Argentina, siempre hubo un ganador bastante claro, por eso no hubo demandas de debate presidencial -aporta Eugenia Mitchelstein, directora de la licenciatura en Comunicación de la Universidad de San Andrés-. Lo difícil en el país no es que haya uno, sino dos, para que sea casi imposible negarse a un tercero." Mitchelstein sugiere aprender algunas lecciones de otros países y diferencia los debates a la norteamericana de los que aquí se hacen en un programa de televisión, como A dos voces o incluso Intratables: "Sería importante que fuera en un lugar neutral. Los debates que hacen programas de televisión son grabados, tienen pausas comerciales, tienen siempre los mismos moderadores con preguntas que sólo ellos definen y las negociaciones para las condiciones son secretas. Que sea en un lugar neutral les quita a los candidatos una excusa para no debatir. Es cierto que todas las regulaciones que tienen debates como los norteamericanos no los hacen espontáneos, pero les dan una mayor impresión de participación ciudadana".

DERECHO A LA INFORMACIÓN

La diputada por la ciudad de Buenos Aires Carla Carrizo (SUMA+ / ECO) agrega otro argumento. "En la Argentina el derecho político de la información en el proceso electoral no está siempre asegurado. Los ciudadanos estamos obligados a votar, pero en ninguna instancia los candidatos están obligados a informarnos -dice-. Entendemos la democracia como sinónimo de derechos, como si la representación política no diera obligaciones. Además, hay un gran desequilibrio en la competencia entre oficialismo y oposiciones. Un debate presidencial equilibraría los derechos para competir con equidad."

Carrizo es la autora del proyecto de ley más reciente para institucionalizar el debate, que propone, a grandes rasgos, que estén organizados por la Cámara Nacional Electoral y ONG especializadas, que debatan sólo los candidatos presidenciales, que se transmita por cadena nacional y que los ciudadanos participen en el armado de la agenda del debate a través de una encuesta nacional. "La idea es que fijen pautas organizativas que no se negocien cada cuatro años", agrega Carrizo. Otra señal de instalación del tema en la agenda: el próximo 5 de mayo habrá una audiencia pública en el Senado, con los legisladores que presentaron distintos proyectos y actores de la sociedad civil que promueven la iniciativa.

Hay quienes señalan algunas diferencias entre la Argentina y la cultura política de países con tradición de debate. "En el país los candidatos están hiperexpuestos, mientras que en EE.UU. hay muchos que permanecen ocultos de los medios o no quieren hablar de ciertos temas. Allí se lo ve como un acto de transparencia y conexión con los votantes, en una sociedad donde la exposición política mediática es más baja que en la Argentina. De todos modos, un debate es una forma de forzar a los candidatos a hablar de temas que preferirían evitar", apunta Calvo.

¿Cambia un debate la intención de voto? No, dice la mayoría de las investigaciones que han analizado sus efectos, sobre todo en EE.UU., donde son objeto de disecciones académicas de todo tipo. Si hacen algo, es en realidad reforzar las preferencias anteriores. "Hay efectos de opinión que son importantes inmediatamente después del debate, pero que disminuyen o desaparecen a las pocas semanas. Ningún estudio ha demostrado que el efecto del debate sea una pérdida de puntos a mediano o largo plazo para un candidato", dice Calvo, con un argumento que podría tranquilizar a los candidatos que van primeros en las encuestas.

¿Pueden favorecer la visibilidad de los partidos minoritarios? Calvo es escéptico sobre ese punto. "Si hay diez candidatos, siete no tienen chances, y ésos no van a ser escuchados. Los únicos que suelen quedar conectados al televisor cuando esos hablan son los que no van a cambiar de posición, los muy partidizados -explica-. En la Argentina, además, el sistema partidario se fragmentó en los últimos 25 años. Hoy hay alianzas, coaliciones y espacios. El grueso de los votantes no está informado sobre todo eso, y conecta con dos o tres candidatos."

"Se sabe que los que miran el debate aprenden, reciben más información, que los debates instalan temas de conversación. Y, sobre todo, que permiten a los votantes ver ese momento en el que el candidato deja de repetir lo que aprendió de memoria. La imagen proyecta cosas que a los votantes les interesan", dice Mitchelstein, y suma dos argumentos nada menores: "Como muchos eventos a los que nos exponemos colectivamente por los medios, refuerzan la creencia en las reglas. Y son divertidos".

En las conversaciones de precandidatos con Argentina Debate, todos se han mostrado dispuestos a subirse al escenario. Sus promotores confían en que el reclamo social sea tan fuerte que "los candidatos vean que no debatir tiene un costo", como dice Charosky. Y que empuje a los medios audiovisuales a pactar entre ellos cómo organizarlo y transmitirlo en forma conjunta. Otra verdadera señal de cambio de época.

Claro que, como dice Mitchelstein, "los debates no son la salvación de la democracia". Pero hasta los más escépticos se entusiasman con el valor simbólico que tendría ver, al día de hoy, a Scioli, Macri y Massa en un mismo escenario, en esos raros momentos -¿cómo en el Mundial, quizá?- en que la televisión se vuelve la misma que era en 1960, y nos convoca a mirar en conjunto y al mismo tiempo algo que nos interesa a todos.