En contexto

Enfoques sobre la actualidad del país y del mundo

Comunicación Institucional

San Andrés en imágenes

Galería multimedia

+ San Andrés

Actualidad

José Luis Galimidi: Integridad e integración

"La violencia de género, como agresión a nuestra vocación de decencia, da cuenta de una patología social horrible. Por acción, omisión o indiferencia. Es una desintegración elevada al cuadrado. #NiUnaMenos debería poder ayudar a evitar que carguemos a nuestros hijos con una deuda interna asfixiante", aseguró el profesor de Filosofía. La versión original de la nota puede verse aquí: http://www.lavoz.com.ar/opinion/integridad-e-integracion  La foto pertenece al diario La Nación

El solo hecho de una multitud en la calle no es razón suficiente para validar sus consignas o sus reclamos. Lo que convierte a una muchedumbre en parte de un pueblo es la calidad de las motivaciones y de los discursos que la animan y articulan. En pocas palabras: compromiso, amistad cívica e inteligencia.

Cuando sucede una marcha como la del pasado miércoles –simultánea en todo el territorio nacional y de convocatoria alta y transversal–, es que la sociedad se está enviando un mensaje a sí misma. 


No sólo está exigiendo el cumplimiento de responsabilidades concretas y urgentes a las autoridades estatales, sino que también le está hablando a lo más oscuro de lo que habita capilarmente nuestro cotidiano. En palabras de John Stuart Mill –prócer del liberalismo moderno–, está denunciando lo peor de “nuestra miserable individualidad”.

El automensaje de #NiUnaMenos es la bienvenida toma de conciencia de un principio elemental, común a casi toda teoría ética seria: no hay integridad personal sin integración.

Ni en los conceptos, ni en la práctica es posible la decencia sin alguna forma efectiva de amor por el prójimo. Y el caso es que la integridad de cada ciudadano argentino es acosada por altos niveles de energía desintegratoria. En particular, por la violencia. Esa es, casi, su definición.

La violencia de género, como agresión a nuestra vocación de decencia, da cuenta de una patología social horrible. Por acción, omisión o indiferencia. Es una desintegración elevada al cuadrado.

En primer lugar, lastima el cuerpo y la dignidad de la considerada otra, es decir, de la que contribuye, existencialmente, a que yo pueda ser yo mismo. Pero además, y peor todavía, lo hace en nombre de lo que dice defender: el amor insultado, el pudor, el orgullo de varón, etcétera.

La violencia de género es una forma infame de autoengaño. Es el equivalente contemporáneo de la tortura como terapia religiosa.

Las caras de la violencia son plurales, pero tienen a la disolución de los vínculos libidinales como eje en común. La pandemia de siniestros viales, el capitalismo ilegal del tráfico de sustancias tóxicas, la naturalización inhumana de la indigencia estructural, por mencionar las más notorias.

Hacemos bien, entonces, en gritarnos en la cara una de nuestras miserias más vergonzosas. Bien escuchado, puede ser un grito reconstituyente. Nadie sabe las sinergias benéficas que puede generar el gesto colectivo de reclamarnos a nosotros mismos acciones positivas que propicien el respeto amoroso e inteligente por el cuerpo y el espíritu de nuestros respectivos otros.

#NiUnaMenos debería poder ayudar a evitar que carguemos a nuestros hijos con una deuda interna asfixiante.