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Khatchik DerGhougassian: Infeliz primer cumpleaños del Califato

"El desafío del encuentro con Daesh lo tienen los ­propios musulmanes, que ­enfrentan la barbarie más tergiversadora del Islam, una palabra que significa el encuentro de la paz ­mediante la entrega a Dios", expresó el profesor de Relaciones Internacionales. La versión original de la nota puede verse aquí:  http://www.lavoz.com.ar/opinion/infeliz-primer-cumpleanos-del-califato

Estado Islámico (EI) ?–Isis en sus siglas en inglés o Daesh en árabe, que es de mayor uso en la prensa del Medio Oriente– es una organización que surgió como la filial de Al-Qaeda en Irak en 2006 y que se expandió hacia Siria luego del comienzo de la guerra civil en 2011.

En 2013 inició una vasta campaña ofensiva que terminó con la ocupación de la ciudad siria de Raqa, y un año después, el 10 de junio de 2014, con su ingreso a Mosul, la segunda ciudad de Irak y un centro petrolero importante en la región.

Los secretos del éxito militar de Daesh – sobre todo aquellos que tienen que ver con terceras partes que le facilitaron armas, finanzas y logística– serán un tema fascinante para cualquier periodista o historiador que en un futuro quiera explorarlos.

En las siguientes dos semanas a la caída de Mosul, Daesh consolidó su dominio sobre la ciudad y sus alrededores, estableció un conexión territorial con las zonas fronterizas de ­Siria bajo su control y, el 29 de junio, su portavoz, Abu Muhammad al-Adnani, declaró la transformación en el EI y la restauración del Califato bajo el liderazgo del Calif Ibrahim.

El primer cumpleaños en el calendario solar de  Daesh -EI-Califato coincidió con el Ramadán, el mes (lunar) de ayuno de los musulmanes que termina con la celebración del Fitr, la fiesta más importante en el ­Islam.

En todo el mundo musulmán el Ramadán tiene un sentido místico y trascendental: ese tiempo de ayuno que va del ­primer amanecer hasta el ­atardecer sirve para la purificación del alma a través de la oración y la abstención de cualquier tentación.

Es un mes en el cual Ichtihad (término coránico del cual se deriva Yihad, en un doble sen­tido de “esfuerzo de purificación del alma” y “combate contra los enemigos de Dios”) encuentra la gran oportunidad para manifestarse.

Pero Daesh, la culminación de una larga línea de islamistas cuya interpretación enfatiza la guerra en nombre de la religión, había tergiversado profundamente el término para identificarlo con su segundo sentido.

Este año, en los inicios del Ramadán, su portavoz llamó a intensificar la guerra por el martirio. El 26 de junio pasado, tres atentados en tres continentes –en el balneario turístico de Sousse en Túnez, en una mezquita chiíta en Kuwait y en una distribuidora de productos químicos y de gas natural cerca de Lyon, en Francia– significaron una primera señal.

Daesh revindicó los dos primeros ataques. Los investigadores no supieron determinar bien si el tercero estaba en coordinación con los anteriores o era la actuación de un “lobo solitario” que respondía a la llamada del Califato. Pero sus caracterís­ticas de salvajismo sugieren una identificación con Daesh más que con cualquier otro grupo islamista.

De igual modo, los blancos elegidos –europeos y occiden­tales en el atentado en Túnez, ?y un lugar de culto chiíta que ­Daesh acusó de servir de centro de “conversión” de sunnitas en Kuwait– señalaron la continuación de la doble dirección de la violencia terrorista que caracterizó a EI desde su inicio: contra los occidentales, para echarlos de los territorios de la Umma –la comunidad musulmana– y contra los chiítas, en la lógica de una guerra religiosa similar a la que Europa vivió por 30 años en el siglo XVII.

Si agregamos la destrucción del patrimonio cultural, cuya última víctima fue el famoso León al-Lat del primer siglo antes de nuestra era expuesto en el museo de Palmira, la última conquista de Daesh en Siria cuyas ruinas arqueológicas son consideradas patrimonio de la humanidad de parte de Unesco, entenderemos que el Califato aspira también a una tábula rasa del pasado y el advenimiento de una nueva era.

Falta de respuesta global

Frente a un fenómeno que al­tera profundamente la geopolítica del Medio Oriente, no hay ninguna decisión, ningún consenso y ninguna coordinación de respuesta global. Frente a la práctica genocida de limpieza religiosa, ningún dirigente in­terviene en alguna instancia internacional evocando la “responsabilidad para proteger”, como se apuró en declarar el expresidente de Francia, Nicolas Sarkozy en 2011 frente al caso de Libia.

Además de los cálculos de balance de poder de los actores clave de la región –a saber Arabia Saudí y Turquía– que consideran a  Daesh como una mayor contención de Irán y de los chiítas, en la administración de Barack Obama no hay voluntad política de intervenir para terminar con el fenómeno y menos conocimiento de qué hacer o cómo posicionarse frente a la guerra intraislámica.

El debate público más sólido en occidente gira en torno del grado de racionalidad “estatal” del fenómeno del EI para aplicarle la lógica de la contención y alianzas que podrían generar un balance de poder más o menos estable y duradero en un Medio Oriente geopolíticamente transformado.

Pero si por un lado las conquistas de  Daesh indican una clara decisión de expansión territorial, por el otro el Califato aspira a dominar la mente y el corazón de los miembros de la Umma allí donde se encuentran en el mundo. Es decir que, más que Washington y otros actores estatales, el desafío del encuentro con Daesh lo tienen los propios musulmanes, que enfrentan la barbarie más tergiversadora del Islam, una palabra que significa el encuentro de la paz mediante la entrega a Dios.