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Francisco Corigliano: Grecia, el juego de doble nivel

"El próximo resultado electoral nos dirá –o no– en qué medida Tsipras logró sus objetivos y se convirtió –o no– en un caso digno de aplicación del modelo de Putnam", señaló el profesor del Departamento de Ciencias Sociales. La versión original de la nota puede verse aquí: http://ar.bastiondigital.com/notas/grecia-el-juego-de-doble-nivel

La actual crisis de Grecia –de su deuda externa y de su continuidad en la Eurozona- representa un estudio de caso que revalida la importancia de los llamados juegos de doble nivel en política interna y externa, estudiados por el sociólogo y politólogo estadounidense Robert Putnam. Todos los funcionarios de Estado practican ese juego. En el nivel interno, deben lidiar con las fuerzas políticas de su partido, de los opositores y de grupos de la sociedad civil antes de decidir un cambio de política. En el plano internacional, los responsables de la decisión política deben sostener en el tiempo dicho cambio para obtener una respuesta favorable de sus interlocutores externos. Respuesta que resulta la manifestación de la credibilidad a la determinación adoptada.

Un rápido repaso de la gestión del líder radical de izquierda Alexis Tsipras como primer ministro griego demuestra la vigencia del enfoque teórico del juego de dos niveles de Putnam. Como primer paso, Tsipras hizo lo que busca todo político para garantizar un mínimo de gobernabilidad propia y de su partido. Su agrupación, Syriza, ganó con el 36,3% de los votos las elecciones generales realizadas en enero último y obtuvo dos bancas menos de la mayoría necesaria en el Parlamento para formar gobierno propio. Entonces no dudó en negociar una inesperada alianza con el partido derechista Griegos Independientes –que alcanzó 4,7% en los comicios- para poder formar gobierno. Esta coalición fue construida en torno al mínimo común denominador ideológico: el rechazo al paquete de rescate de los países de la Eurozona por un monto de 240.000 millones de euros después de  cinco años de duras medidas de austeridad exigidas como contrapartida de dicho auxilio. El negativo balance de los años de ajuste –cientos de miles de griegos sin trabajo y casi un tercio del país sin seguro de salud estatal– explicó el triunfo electoral de la izquierda, el cual, sin embargo, no fue tan rotundo en los números como para garantizar la hegemonía de Syriza en el poder.

Tras haber asegurado, como primer paso, el mínimo de gobernabilidad en el frente doméstico Tsipras decidió jugar el juego de doble nivel al límite de sus posibilidades, evidenciando una conducta pendular con la que buscó garantizarle un mínimo de margen de maniobra ante las presiones cruzadas de agentes externos e internos. La Comisión Europea presentó el 26 de junio una serie de ajustes a la propuesta griega, que incluyeron la exigencia de superávit fiscal del 3,5% durante casi 15 años. Asimismo, el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, y los miembros del Bundestag alemán (la canciller alemana, Angela Merkel, de la Unión Demócrata Cristiana; su socio de coalición, el vicecanciller y miembro del Partido Socialdemócrata de Alemania, Sigmar Gabriel; y el ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, que ya en 2012 había querido expulsar a Grecia del euro) sostuvieron que no tenían que negociar con Tsipras, quien a su vez no cumplió con un pago de 1.600 millones de euros al FMI.

Frente a ese escenario, y previendo una dura negociación con los acreedores, el primer ministro griego optó por convocar un referéndum por el “sí” o por el “no” a las propuestas de los acreedores a fin de monitorear el respaldo del público a su liderazgo.

Este juego pendular y de doble nivel de Tsipras se dio en un contexto en el que ni el gobierno de Grecia ni los de la UE –en especial Alemania y Francia– buscaban que Atenas dejara la Eurozona. Si ello ocurría, quedaría más que nunca al descubierto el cisma entre las visiones de austeridad fiscal alemana y de flexibilidad francesa acerca del proyecto económico de la Unión Europea, debilitando al bloque comunitario como interlocutor creíble en sus negociaciones económicas ante otros actores externos –países de Europa Oriental, de la ex Unión Soviética y las naciones del Norte de África- e hiriendo de muerte el sueño forjado tras el fin de la Segunda Guerra por el acercamiento franco-alemán, los dos gobiernos que actualmente pugnan por cómo manejar la crisis griega.

Los representantes gubernamentales de la UE estiman, en clave geopolítica, que dejar sola a una Grecia en default facilitaría la llegada a un gobierno muy extremista. Esta opción sería explosiva en un país cuya población se auto-percibe como humillada por las recetas de ajuste procedentes de Bruselas y cuya seguridad interna tiene una doble amenaza que se agrega a la falta de certidumbre económica: la procedente del ISIS y la proveniente de los inmigrantes que llegan a las costas griegas desde África. En contraposición a esta mirada que le otorga cierto margen de maniobra a Tsipras, la mayoría de los bancos extranjeros en Grecia redujeron en los últimos años su presencia en dicho mercado (entre 2011 y 2015 su exposición en la tenencia de deuda disminuyó del 41 al 5%) como señal de desconfianza hacia la performance de la economía local.

Esta verdadera tragedia griega difundida en varios capítulos a lo largo de 2015 y comandada por el estilo arriesgado de Tsipras –que incluyó, como sus más recientes pasos, su decisión de renunciar para presentarse en los próximos comicios del 20 de septiembre- parece haber dado frutos tangibles a corto plazo: los acreedores acordaron un tercer rescate para el país y el primer ministro ostenta sondeos que le otorgan un resultado que roza la mayoría absoluta para las próximas elecciones. Además, a diferencia de lo ocurrido en julio último, los voceros del Bundestag alemán por primera vez entienden la jugada risk-taking de Tsipras, que siguiendo el modelo de Putnam de jugar hábilmente los juegos de doble nivel apuntará a obtener un mayor margen posible de poder –y gobernabilidad– internos apuntando a dos metas. La primera: poder expulsar del Parlamento a los halcones anti-ajuste de su propio partido, los voceros de la salida griega del euro –una no opción en la mirada pragmática de Tsipras; la segunda, continuar con un ajuste de tono moderado que cuente con un renovado apoyo público y que, de este modo, permita –según el propio Tsipras – dos fines centrales e interrelacionados para su posible futura gestión como jefe de Estado.

El primero, restablecer la alicaída credibilidad externa de Grecia, evitando dos extremos: la salida de la Eurozona y la aceptación incondicional de exigencias de los acreedores con alto costo político y económico interno. El segundo, sacar a Grecia de la crisis como punto de partida para luchar contra la corrupción y el clientelismo que corroe desde hace décadas los cimientos de su Estado  y que alimentan su mala performance económica.

El próximo resultado electoral nos dirá –o no– en qué medida Tsipras logró sus objetivos y se convirtió –o no– en un caso digno de aplicación del modelo de Putnam.