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MOUTON. Santiago De Simone. Alumnos de Comunicación.

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Ciencia, medios y sociedad

Tras conocerla más y más, no puedo evitar sentir orgullo y admiración por la civilización occidental al apreciar la sofisticación del pensamiento que ésta ha logrado producir –aunque, es cierto, en grupos minúsculos desde el punto de vista cuantitativo– desde sus inicios hasta la contemporaneidad.
Y al referirme a su sofisticación en realidad quiero evocar una forma particular de pensamiento, el pensamiento científico, el cual no es otra cosa más que una forma determinada de abordaje cognitivo frente a aquello que nos excede: la realidad.
El modo científico del pensar se materializa para su consumo en un tipo particular de discurso, el discurso científico, el cual puede ser descripto como una articulación coherente de hipótesis argumentadas que intentan dar cuenta del funcionamiento de distintos fenómenos (por ejemplo: astronomía; leyes físicas; patrones biológicos; comportamientos sociales y cualquier cuestión problematizable que a uno se le ocurra).

Tales hipótesis no solamente deben presentar una consistencia lógica sostenible sino que además necesitan guardar correspondencia con la materialidad concreta del mundo observable, premisa ésta que debe poder ser verificada a través de la experimentación.

Por otra parte, la explicación científica no sólo debe chequear la constatabilidad del comportamiento de las variables que la cimientan sino que también debe abstenerse de incluir en ella variables místicas, fantasiosas o que resulten incomprobables (por decir un sencillo ejemplo: no podría aceptarse, para explicar el por qué de una sequía, el incluir como factor interviniente al enojo del Dios en el que cree la población afectada). De este modo, en efecto, este tipo de discurso supone una determinada actitud frente a los fenómenos por conocer (la “actitud científica” llamémosle), la cual se caracteriza porque, al momento de pronunciarse sobre cualquier problemática o interrogante abierto, descarta de plano todos los discursos explicativos sin fundamentos o cuyos sustentos se apoyen sobre la endeble base de la jerarquía o el renombre de las fuentes que los sostienen. Para ejemplificar este último caso: una verdad contenida en la doctrina del político demagogo, o bien, lo que opine el premio Nobel, o bien, las enseñanzas que despliegan ciertos libros “sagrados”, no representan parámetro alguno para la tarea del científico.

En cambio, el discurso propiamente científico se aboca exclusivamente a la creación de un relato propio, que no se somete a ninguna autoridad, y que ante todo respeta las premisas mencionadas (un saber científico será valorado siempre, ante cualquier cosa, por su demostrabilidad). De manera que, puesto que las características que definen tal empresa constituyen un método explicitado, toda “verdad” científica va a asumir cómodamente su estatuto de explicación construida por el hombre, a diferencia de otras verdades de dudosa procedencia que se dan por sentadas y se naturalizan. Para utilizar los términos de Eliseo Verón, lo que ocurre con estas verdades naturalizadas es que se han ocultado, deliberadamente o por olvido, sus condiciones de producción.

Sin embargo debe decirse que no obstante las posibilidades que nos ofrece el método científico, la historia ha mostrado que el paradigma positivista del siglo XIX, según el cual el mundo era realmente susceptible de ser conocido y descripto a través de la ciencia, resultó un espectacular fracaso. Hoy sabemos que realmente no podemos conocer, que incluso en el mundo de la ciencia los estudiosos se limitan a construir teorías con las que luego tejen explicaciones tentativas sobre cómo son y funcionan las cosas, pero operando siempre sobre la sistematización de aquello que nuestros sentidos procesan como real. Es a pesar de estos límites que la ciencia constituye así y todo una herramienta utilísima, probablemente el mejor invento que la humanidad ha producido para servirse a sí misma.

Pero retomando lo que dije en el primero de mis párrafos, todo este fenómeno de pensamiento sofisticado al que hago alusión se caracterizó históricamente por haber sido el patrimonio de pequeñas élites de privilegiados que han podido desarrollar y refinar al máximo sus facultades analíticas. Resulta fácil hoy darse cuenta de que, en la cotidianidad de nuestras vidas, la mayoría de nosotros no nos caracterizamos por guiarnos según los patrones del pensamiento científico precisamente. Al contrario, día a día y con frecuencia, cuando no estamos ocupados dándonos por satisfechos con información que jamás habremos de chequear, hacemos cosas tales como razonar manipulando términos que están por fuera de nuestro alcance, utilizar explicaciones heredadas o bien convencernos de conclusiones equivocadas, plagadas de proposiciones erróneas, muchas veces sin siquiera advertirlo. Todos estos constituyen “pecados” desde el punto de vista científico, pecados de los cuales no estamos exentos la enorme mayoría de los ciudadanos de cualquier sociedad contemporánea.

Ahora bien, habida cuenta de esto, y sin olvidar lo dicho sobre lo que el pensamiento y el discurso científico implican, quisiera plantear en los siguientes términos la inquietud que el sistema de medios de comunicación imperante en nuestras sociedades modernas me genera: si la cotidianeidad de grandes masas ciudadanas no se caracteriza por hallarse marcada por la impronta de un pensamiento científico, ¿qué efectos tienen los medios en tanto difusores de informaciones –muchas veces elementales para la vida ciudadana en democracia–? La respuesta que me temo es que los medios tradicionales, por su propia dinámica de funcionamiento y por el modo en que se encuentran instrumentados, hacen imposible la producción y difusión de productos discursivos en los cuales puedan identificarse huellas de un pensamiento científico, en el sentido en que lo he descripto. En efecto, las grandes audiencias de los medios (televisivos, gráficos o radiales, por nombrar algunos) se encuentran sometidas a la circulación y el consumo de tipos de discursos (los discursos mediáticos) que para nada tienen que ver con el modo científico de pensar y entender el mundo y las cosas.

Por el contrario, seguramente sobren los casos que nos muestran, por ejemplo, una televisión fuertemente abocada a la exacerbación de lo trivial con el pretexto de la persecución del entretenimiento, o bien que expone oradores que, jactados de poseer una palabra virtuosa, abordan cuestiones de actualidad con una cantidad de prejuicios y opiniones tendenciosas que repugnan a quienes buscan la objetividad y se esfuerzan por tener una visión científica de las cosas. Es ya común notar también, a su vez, cierta tendencia prominente en los medios a la exageración de los aspectos más coyunturales de la realidad, en detrimento de otros más significativos: incluso en aquellos temas considerados “serios”, los medios sucumben a la búsqueda de la anécdota o el chisme que dispare la controversia o el escándalo, y suelen dramatizar sucesos problemáticos con el fin capturar la atención de una mayor porción de la audiencia (o bien incrementar el número de lectores, en el caso de la prensa gráfica). La banalización del tratamiento mediático de los temas trascendentes converge con la proliferación de un tipo de información que resulta inútil si lo que se espera de ella es que nos permita acceder a una comprensión más o menos esclarecida (como podría permitirlo la perspectiva científica) sobre los hechos y acontecimientos de la realidad que resultan mediatizados. Esta información, hoy por hoy ubicua, de pésima calidad, insuficiente y trivial, se pronuncia todo el tiempo sobre lo inmediato, y se le presenta al consumidor de forma tan excesiva que le resulta imposible de digerir. Lo que se genera en efecto es la imposibilidad por parte del consumidor de acceder a una mayor riqueza de sentidos atribuibles a la información en cuestión y a su puesta en relación con una perspectiva histórica.

Observar esto permite llamar nuestra atención sobre cómo los medios tradicionales en general, como la televisión, en donde el tiempo siempre escasea, invierten preciosos minutos en la difusión de mensajes que nunca son los que harían que el ciudadano realmente pueda informarse lo suficiente como para ejercer sus derechos cívicos de manera plena. Rara vez se brindan desde la televisión elementos que inviten a la reflexión genuina; en cambio se difunden ideas preconcebidas, paquetes condensados de información que tratan con suficiencia cuestiones esencialmente profundas, las mismas que realmente atañen a los verdaderos intereses del hombre medio.

Me pregunto entonces qué ocurriría en nuestras sociedades democráticas contemporáneas si, cortando con la larga tradición que las atraviesa, estas se viesen expuestas de pronto a la circulación masiva y continua de discursos que, si bien son mediáticos, contienen una impronta científica. Discursos sobre, por ejemplo, estos temas: cuestiones políticas locales, regionales, internacionales; problemáticas sociales; temas económicos; hechos delictivos y de corrupción; catástrofes naturales; sucesos deportivos; acontecimientos artísticos y de espectáculos; etcétera. Imagino que tamaña novedad podría generar efectos sumamente edificantes en la mente del consumidor acostumbrado a ser tratado por los medios de información como un niño cuya inteligencia no es respetada. Pero desde una visión pesimista cabría advertir sin embargo el hecho de que la audiencia puede siempre elegir dejar de consumir lo que en principio le ofrecen, por bueno que esto sea, así como en la alegoría platónica el esclavo encadenado se rehúsa a ser liberado por quien descubrió que vivían una realidad mentirosa.

Pues bien, aún contemplando ambas visiones, considero de todas formas que merecería la pena hacer la extraña prueba.