En contexto

Enfoques sobre la actualidad del país y del mundo

Comunicación Institucional

San Andrés en imágenes

Galería multimedia

MOUTON. José Luis Galimidi y Francisco Bertelloni

Profesores

"Lo profundo ama la máscara" Friedrich Nietzsche

Discusión.
“Variaciones en torno de la máscara y lo profundo”
Por José Luis Galimidi

La educación seria es un fenómeno que dispara situaciones inquietantes. Entre otras cosas, consiste en capacitar teórica y técnicamente a una persona para que se inicie en los secretos de una cierta región del mundo (la microbiología, la jurídica, las finanzas, la guerra, etc.). El profesional que sabe orientarse en un territorio específico es capaz de extraer de él un fruto que a los legos, si no son muy necios, les parece casi mágico. Hace falta mucha represión para escuchar con naturalidad en la sala a una soprano experta que canta el “Libera me” del Requiem de Verdi, para no maravillarse con una intervención de microcirugía cerebral. En este sentido, la persona intensamente educada y entrenada adquiere una forma de poder, porque tiene armas poco comunes para batallar con las cosas, y con los hombres, y, de vez en cuando, imponerles su voluntad.
Esta sensación de poder que vive el experto, mezcla de realidad y fantasía, se expande en muchas direcciones. La más trivial, y tal vez, la más difundida, es la vanidad. El que sabe bastante de algo, de un lado, es consciente de todo lo que de ese mismo algo le falta saber, y que, probablemente, nunca sabrá. Pero, del otro, “olvida” con suma facilidad los límites de su capacidad: sus colegas menos favorecidos, sus clientes, pacientes, lectores, admiradores, asesorados, o, simplemente, los envidiosos en general, lo miran con respeto, temor, angustia, y lo corroboran en su lugar de elevada autoestima. No es infrecuente, además, que un relativo éxito regional exporte esta vivencia de poderío y certero golpe de vista hacia otras provincias de la existencia. Hay físicos que proponen analogías mecánicas (y desatinadas) a un amigo desesperado de amor, muchos cirujanos desprecian la psicología por intangible (e inextirpable), los economistas han colonizado muchos departamentos de ciencia política, los periodistas consultan sobre política a cantautores y ganadores del Oscar, los taxistas no le temen a ningún misterio del fútbol, de la sociología, o del cosmos en general.

Pero, así y todo, sigue siendo verdad que el conocimiento es una forma del poder, y entonces es natural que, junto con el expertise, los profesores, los maestros, los mentores y padrinos deban transmitir una ética. Esta es una de las paradojas de la educación seria: se le habilita a una persona el acceso a la posibilidad de entender y de modificar una parte del mudo según su propia voluntad, es decir, se lo emancipa, pero, al mismo tiempo, se lo condiciona con todo el peso de la autoridad venerable y de la sanción –digamos– tribal, para que no ejerza su autonomía más allá de lo establecido por el código, escrito o no. Y esto, sin mencionar la escasa generosidad de muchos maestros. Educar también es transmitir vectores de identidad, pertenencia y valoración, para que el poder no se salga de quicio.

Todo parece contribuir para que el espacio interior que abre y construye el conocimiento adquirido no sea demasiado profundo. Pero el espíritu es más complejo, y no cede tan fácilmente a la voluntad paterno-institucional. El espíritu –perdón por la metáfora física– es infinitamente densificable. A medida que adquiere más experiencia, más lucidez, más perspectiva sobre la naturaleza y sobre los hombres, gana en densidad, en profundidad, y, al mismo tiempo, en amplitud interior y en autonomía de vuelo. No es absurdo decir que se vuelve más grave y más liviano, más serio y más lúdico, más cínico y más amante. La mirada del que sabe en serio nos desnuda, y por eso puede ser muy pesada, pero también puede seducir y liberar como ninguna otra.

Un alma enriquecida por el conocimiento es densa y etérea, y, por fuerza, es brillante y opaca. Es imprevisible, pero no por caprichosa, sino por libre. No es fácilmente accesible. No debe serlo. Lo profundo ama la máscara porque necesita aparecer sin vaciarse y sin quemar. Por razones simétricas, también necesita de ella lo trivial, porque una de las columnas del orden y de la autoridad es la opinión de las mayorías. Mirar profundo, enseña la historia, significa, en buena medida, comprender las debilidades del poderoso y las mezquindades del desposeído, y exhibirlas con moderación y sentido de la oportunidad. La Biblia condena con dureza a Cam, el hijo de Noé que se atrevió a mirar a su padre ebrio y desnudo. No en vano, según la tradición, Moisés reunió a los setenta ancianos más sabios de Israel para introducirlos en el sentido profundo de los preceptos de la Ley escrita, que regía para el pueblo. Que el equilibrio del mundo, según la misma tradición, repose sobre la existencia de treinta y seis sabios y santos varones de cada generación no significa necesariamente que estos deban anunciar su condición a los cuatro vientos. Es posible que signifique, precisamente, lo contrario. Cuando el rey está desnudo, la multitud queda sola y desnuda ante sí misma. De una multitud descreída y desengañada al Gulag, al Lager, a la ESMA, no hay ni un paso.

El corazón de los hombres es sumamente frágil, y no soporta la exposición prolongada al sonido de la verdad sin sordina, o a la visión de la belleza sin velos. Lo genuinamente profundo encuentra su máscara suficientemente verdadera, suficientemente bella.


Por Francisco Bertelloni

Cuando Friedrich Nietzsche escribió, en su libro MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL, el aforismo número 40, en realidad no aportó nada esencialmente nuevo a la historia de la filosofía. Porque sostener que “lo profundo ama la máscara” equivale a reiterar, otra vez, lo que Heráclito, el primer enfant terrible de la historia de la filosofía, ya había dicho, pero de manera diferente, veinticinco siglos antes: “la naturaleza ama ocultarse”. Ya se trate de lo profundo o de la naturaleza oscurecidos por máscaras, es claro que en ambos casos nos encontramos frente a una suerte de gris sobre gris, es decir, el bien conocido estribillo que, en reiterados momentos de su historia, la filosofía viene repitiendo desde hace más de dos mil años: existe lo obvio y, además, lo que resta por descubrir y conocer. Nietzsche estaba muy (mal) habituado a generar escándalos mediante su recurso a aforismos y a títulos provocativos. Era una especie de caprichoso que solo se satisfacía cuando lograba expresarse mediante metáforas sugerentes y giros del lenguaje cargados con interminables cantidades de posibles interpretaciones de lo mismo. Todos estos autores, abundantes en misteriosos y esotéricos aforismos, no hacían más que escandalizar seduciendo a su público. Heráclito, el primer gran provocador, se regocijaba cuando decía –a los curiosos en hurgar la precariedad de su modo de vida– que en el fuego con que él se calentaba también estaban los dioses (!!). En suma, en ambos casos, se trate de lo profundo de Nietzsche o de la naturaleza de Heráclito, en el origen de ambos aforismos parece residir el mismo propósito: escindir la realidad en dos niveles: lo superficial –que creemos verdadero– y lo profundo –que nunca logramos aferrar porque se rehúsa a mostrarse a la percepción poco aguda del que no es filósofo–. Con ello, ambos filósofos sugerían que “la filosofía es el saber más profundo”, precisamente, porque ella es la única que permite ver detrás de la máscara y más allá del ocultamiento. De ese modo volvían sobre una de las afirmaciones más estandarizadas de la historia del pensamiento: la filosofía es el único saber que ofrece un acceso a la realidad; el resto de los conocimientos no hacen más que velarla. Si agregamos a ello la función que la máscara ha asumido desde su origen más remoto en el teatro griego, los binomios verdad vs. falsedad, lo natural vs. lo oculto, la profundidad vs. la máscara parecen ecuaciones. En efecto, los griegos llamaban prosopón a la máscara que usaba el actor para que su voz se oyera mejor, pero esa máscara de ninguna manera reemplazaba la voz originaria, sino que la alteraba aumentándola: de allí prosopopeya, es decir afectación o pompa. La ruptura entre un mundo real y otro de apariencias generó así la necesidad de cicatrizar la herida. Hubo y habrá numerosos pretendientes a curarla. No es el caso identificar a los médicos, sino el origen de la enfermedad. En ese origen reside la pretensión de generar un conocimiento mejor, más originario, auténtico, que es el que debe buscarse superando las apariencias. Así nació la metafísica, esto es, un saber acerca de la realidad que es más que físico y que quiere ser el único real. Solo aferrando ese saber podremos curar la esquizofrenia y el sufrimiento, podremos superar el abismo y la escisión. Aferrar esa totalidad originaria escondida bajo la máscara equivale a volver al origen, lamentablemente siempre oculto por máscaras. Espero que nadie me malentienda: a pesar de todo, sigo pensando que la humanidad es un gran misterio del cual pocos hombres logran percatarse. El problema es descifrarlo. Pero no acudiendo a máscaras, sino pensando.