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MOUTON. Axel Malamud. Estudiante de Educación, 1er año.

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La Cornisa

Juan siempre se preguntaba por el ruido de un motor aplastando un corazón, una mano sintiendo algún sabor, por esas cosas que se adelantan rompiendo con el tiempo, las olas y algún que otro maldito invento.
Siempre le intrigó qué sería no ser, siendo que su vida supo ser niebla en la claridad, guerra contra toda potestad. Juan conocía su intimidad, falto de hipocresía admitía cierta fundada sabiduría, pero en lo más hondo de su intrincado saber se hallaba el poder reconocer que cierto tipo de querer se sobrepone a una idea, cuando espasmos desarraigados irrumpen en el pecho congelado, volviendo vulnerable toda revolución, la idea pierde valor, la sangre su sabor y uno ya no siente nada sino dolor.

Juan ahora miraba el techo estrellado. Valoraba su propia condición fruto de una entrañable contradicción, dándose contra su entender. Juan miraba el brillo, la perfección dentro de un mantel a la espera de ser destapado, tal vez y muy probablemente por un futuro cercano al que se había acercado cuanto podía. Solía repetir que a mansalva corren los tiros, aunque también ahora lo imitaba su saliva al pensar en cómo era todo un mes atrás, cuando un trueno suplicaba por su piedad.

Ahora, mientras lo abrazaba esa luna, resoplaba con furia contra su propia carencia de suerte o contra la maldita mente que controla el destino.

Sus ojos se enceguecieron ante la noche incólume que lo envolvía y se puso de pie. Sintió el viento correr a través de su camisa levemente desabotonada y alrededor de su pelo, sintió dolor y sintió sufrimiento ante la ternura de las luces de toda la ciudad que allí se postraban, justo ante él, en la cornisa.

Dio un paso, luego otro y se paró sobre el escalón. El viento le susurraba al oído que no existe perdón ni olvido, y fue entonces cuando Juan estiró su mano. Sus rodillas tambaleaban, su pelo se manifestaba amotinado y lo burlaba taimado un clamor en su espalda, un grito en la antesala y la espera, por lo inevitable.

Juan exhaló y saltó desplegando sus manos; a pesar de que sus ojos se cerraran por el viento, fue cuando pudo ver lo que nunca antes le había sido permitido. El aire que lo envolvía ante la espesura de lo desconocido, el silencio y la libertad de haber podido entender, mientras su cara se desfiguraba contra el pavimento, que en la lucha había estado siempre su razón de ser, que morir era su única forma de ser feliz, apagando su destello y viviendo muerto, a través de la sangre que se derramaba y se esfumaba con el viento.