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Claudia Torre. Dra. en Letras. Universidad de Buenos Aires. Profesora del Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés.

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Expedicionarios de la frontera en la Argentina del siglo XIX. ¿Gestores, genocidas, aventureros?

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“Se trataba de encontrar un desierto en el cual ni raíces se encontraban para hacer fuego. Quién sabe si no íbamos a la luna” escribía Manuel Prado en su Conquista de la Pampa publicada en 1892.

Entre ingenua y visionaria, la narrativa de los expedicionarios al desierto, ofrece el relato de un conjunto de experiencias que se saben fundacionales pero se sospechan efímeras.

En la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, hubo hombres que hicieron 3500 kilómetros a caballo para conocer e intentar dominar un territorio que consideraban parte de la Nación. Esos hombres combinaron la práctica del viaje tierra adentro con otra, que tejía la raigambre de la intemperie pero también la de la introspección: la práctica de la escritura. Los libros que escribieron y publicaron ofrecen relatos de y sobre el desierto argentino del siglo XIX, de sus experiencias arduas en esas geografías, de sus relaciones con individuos diferentes a ellos, todas experiencias que vivieron como fundacionales y que supusieron incertidumbres múltiples a las que ellos y quienes los enviaban debieron enfrentarse. El resultado de esas experiencias es –entre otras cosas- un conjunto de obras, escritas entre 1870 y 1900, y vinculadas a la denominada Conquista del Desierto. Esta narrativa expedicionaria, constituida por textos militares, científicos, políticos y periodísticos, escritos antes, durante o después de estos viajes expedicionarios, intentó dar cuenta de una experiencia específica. Las obras conforman una narración transversal que, como práctica, atraviesa diversos sujetos, diferentes instituciones y múltiples órdenes discursivos: literario, científico, militar, político. La transversalidad constitutiva de este corpus también alcanza a los géneros codificados – memorias militares, recuerdos, crónicas, autobiografías, partes, cartas, telegramas, descripciones geográficas, relatos de viaje- y presenta un marcado carácter institucional tal como los viajes expedicionarios que narra. Pero además, estos testimonios están escritos en primera persona. He aquí su especificidad: el dispositivo de enunciación está atravesado por la tensión entre el yo y la institución y ésta puede leerse en el plano de la escritura. En estos libros se narra el viaje “tierra adentro” -también denominado viaje a la frontera-, en la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX.

Al día de hoy, los expedicionarios del desierto, aparecen en el imaginario social, asociados al genocidio alemán o a la última dictadura militar argentina. Algunas versiones extremas los configuran como asesinos sistemáticos y exterminadores rigurosos cuyos únicos objetivos fueron: la eliminación del indio (en singular, como si se tratara de una raza única y homogénea a lo largo del tiempo y cuyo único imperativo fuera reafirmar su carácter de víctima inerte) y la apropiación de tierras de la Patagonia argentina para ser vendidas a testaferros del mal y a sectores de una oligarquía terrateniente ausentista e irresponsable.

Pareciera que la versión castrense de la Conquista del Desierto promovida por Julio A. Roca, y consolidada en la década de 1930 -exitista y acrítica- no pudiera generar ninguna contra-argumentación que no fuera la de su exacto revés, dudoso también por tal correspondencia. Con lo cual si consideramos a los expedicionarios del desierto como patriotas o como genocidas estamos, como dice Borges en la La historia del guerrero y la cautiva pensando en una moneda “cuyo anverso y reverso son, para Dios, iguales”.

Otra cuestión nodal atañe al tema: la dramática situación de los pueblos aborígenes argentinos y la triste historia de su desarticulación. Esta matriz es crucial para pensar y juzgar el poblamiento del territorio.

Ahora bien, lo que parece definir, por sobre todo, ese mundo, en la narrativa expedicionaria, es un aspecto poco relevado: la precariedad de ciertas ideas y proyectos, la desorganización de ciertos programas, que remite a la relación individuo-institución en la Argentina del siglo XIX. La imbricación entre institución e individuo en este período ha sido leída deficientemente haciendo creer que los individuos son las instituciones. En rigor, nada más desacertado. Meterse en el debate que muchos de estos expedicionarios tuvieron con las instituciones que representaban, financiaban sus viajes y formaban parte nos permite entender la espesa bruma de aquella realidad. Incluso la propia situación de Roca como líder del desierto “limpio de salvajes” que viene a dar cuerpo a un imperativo civilizador, es problemática. Al proyecto de la Expedición al Río Negro, hubo que imponerlo con campañas políticas, económicas, con pasilleo y negociación insistente porque no estaba en la agenda de las cámaras de Buenos Aires. Y una vez realizados, la Expedición de 1879 y el Tedeum que Monseñor Espinosa había celebrado en la isla de Choele Choel, el Ejército queda anegado por meses. “Se les hunden los generalitos en Choele Choel” sancionaba Sarmiento -enojadísimo y sarcástico- desde las páginas de El Nacional.

¿Quiénes eran en verdad aquellos hombres (porque mujeres no hubo allí) que recorrieron esas distancias a caballo para fundar una nación en un desierto? La experiencia de los conquistadores del desierto no parece definirse exclusivamente por la matanza de indios. Aquel mundo, muy diferente al nuestro, con representaciones atravesadas por otras directrices era un mundo en el que el oficio intelectual no era exclusivamente urbano, en el que la aventura y la destreza física se entrelazaban con las habilidades de la escritura y de la política, aquel era un mundo en el que la exclusión al otro hablaba de la proximidad del otro. No es fácil pensar a aquellos que rechazaban a los indios y que al mismo tiempo fueron los que más se aproximaron a ellos.

En 1879 la distancia entre Puán y Curumalán ofrecía ciervos pampeanos y avestruces y volaban martinetas de alas coloradas, como contaban los científicos Adolf Doering y Pablo Lorentz. El viento despiadado, las extensas jornadas itinerantes por tierras lejanas, la “cacería humana”, el deseo de lo desconocido, la muerte, los sueños imperiales pero sobre todo, el verdadero abismo que atravesaba los pensamientos de esos hombres cuando se adentraban más allá de la frontera, constituyeron ese mundo. Un mundo clausurado, ante nuestros ojos del siglo XXI, pero que todavía pide ser explicado. “Ese inconveniente tenía la pampa: que uno rara vez podía pasar de largo ante sus semejantes aunque no tuviera nada que decirles” como escribe César Aira en La liebre.

Al día de hoy, en la Argentina del siglo XXI, aún falta seguir reflexionando sobre qué significa el prójimo para un emprendedor.