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MOUTON. José Zanca y Roberto Dvoskin.

Profesores

Todos tenemos una media naranja

Moción.
Por José Zanca

Creo que la defensa de esta afirmación debe reconocer una distinción fundamental: la búsqueda de una media naranja como normativa, por un lado, y la complementariedad como construcción y esperanza.

En el primer caso tenemos un ideal de domesticidad, una noción que caló muy fuerte en el modelo de relaciones entre hombres y mujeres que se extendió en una imagen de familia sonriente en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Hombres proveedores, mujeres dóciles que se adaptaban a las necesidades, humores y desplantes de sus maridos para cumplir con un mandato de orden y perfección legitimado por la sociedad.

Después vinieron los sesenta. Incluso nuestro país –conservador, en tantos aspectos, cruzado por gobiernos reaccionarios y tradicionalistas como el de la llamada “Revolución Argentina”– vivió su propia revolución sexual. El individuo se reivindicó en esos años. Hombres y mujeres podían reconocer sus diferencias y la complementariedad perfecta que encerraba la idea de encontrar una media naranja fue sustituida por una convivencia mas laxa, la exposición de los deseos íntimos y el reconocimiento de la frustración personal.

Quienes se han dedicado a estudiar este fenómeno señalan que no necesariamente hay una perfecta sincronía entre discurso y práctica: la gente se siguió casando, pero el ideal de perfecta complementariedad quedó como un sueño de nuestras abuelas, o de niñas como Susanita en Mafalda, que aun en los años del flower power esperaba la llegada de un príncipe azul. Lo que enseñaron los sesenta es que convivir con otra gente es harto difícil. Y no sólo eso. Lo que termina triunfando luego de esa década de profundo sentimiento revolucionario es un curioso individualismo.

Sin embargo, la complementariedad de la media naranja puede ser defendida en tanto construcción. No implica más que la reivindicación misma de la vigencia de la necesidad del otro. Más que la eliminación del ideal, sería interesante pensar la búsqueda de la media naranja como una tarea en la que se demuestra en forma palpable el despliegue del amor.
Las diferencias entre las personas –creo– no son muy heterogéneas a lo largo de la vida de relación. Los mismos conflictos que nos desesperan en los primeros meses (ese gesto con la boca, la impuntualidad, la forma de combinar los colores) serán, seguramente, motivos de peleas a lo largo de toda la relación. Creo que en ese sentido las relaciones de pareja son analógicas a la democracia. En “La jornada de un escrutador”, Italo Calvino describe un día de elecciones en la Italia de posguerra. Allí el protagonista, un fiscal comunista, reflexiona mientras observa los objetos que van saliendo de la urna: sellos, boletas, almohadillas, sobres… ¿Con esto le ganamos al fascismo? No hay grandes movilizaciones, ni actos fastuosos, lo que hay son pequeños y cotidianos objetos que construyen una forma de convivencia.

No muy distinto, entiendo, es el mundo de las relaciones personales. Porque en el fondo, tanto las ciencias sociales, como los sistemas políticos, como las relaciones personales integran esa esfera de la cultura humana que se justifica por la alteridad y la autocomprensión. Ese otro, la media naranja es un rodeo vital que justifica nuestra existencia y nos permite encontrar un camino para saber quiénes somos. Uno vive esa experiencia con la convicción de que puede fracasar, pero es esa fragilidad la que –expropiando a Borges– nos hace maravillosamente humanos.



Por Roberto Dvoskin

La idea de “media naranja” siempre me pareció una manera romántica de escaparle al compromiso. Porque a mi entender, la pregunta clave es cómo construir una relación a largo plazo cuando el largo plazo es realmente tal.

Hace 300 años (y tal vez mucho menos) tener un compromiso de decidir compartir la vida con alguien era normalmente un compromiso de corto plazo: los hombres morían en las guerras y las mujeres en los partos. Hoy la vida es muy diferente: un matrimonio podría durar 60 años.
Ello tiene muchas implicaciones. La primera de ellas es que la persona con la que uno se casa (y lo puedo decir con 37 años de casado más siete de novio) no es la misma que 10, 20 o 40 años más tarde.

Lo segundo, es que el crecimiento de una pareja, no es similar, es claramente “desparejo”. El crecimiento, intelectual, de madurez y de experiencia de vida no puede ser el mismo porque existe la necesidad de adecuarse al cambio y a aceptar diferencias especialmente con relación a la persona que conocimos lustros o décadas antes.

La tercera son los hijos. No es la misma relación la que establecen éstos con el padre que con la madre, y aunque esto sea lo que hace que ambos funcionen como complemento en el proceso de crecimiento de los chicos, también es cierto que la presencia de un tercero o un cuarto (en este caso los hijos) determina que la relación entre los padres se modifique. Muchos divorcios tienen su origen en este marco.

La cuarta implicación, y especialmente en estos momentos de desarrollo tecnológico y de las comunicaciones es que, a pesar de que el cambio es parte fundamental de las relaciones humanas, éstas no pueden ser planificadas o definidas previamente.

Por último y volviendo al principio que pretende justificar mi postura, ¿hasta cuándo debemos esperar a nuestra “media naranja”? Si apareciera en nuestra juventud, ¿quién nos garantiza que será nuestra media naranja en los próximos 50, 60 ó 70 años? ¿O debemos esperar a encontrarla luego de varias experiencias negativas?

La “media naranja” no existe. O sí existe porque debemos construirla todos los días. No siempre como dos partes que se complementan perfectamente, sino que con el amor, con la lealtad y con los proyectos comunes se va construyendo. Y muchas veces fallamos. Pero esa es la vida, porque a veces (muchas más de lo que me gustaría) es posible que los cambios sean muy disímiles y no es posible una adecuación a los mismos.

Y en esos momentos tal vez sea necesario aceptar lo inevitable.

Pero lo único que debe recordarse y defenderse son los hijos, que han sido, son y deberán ser parte de las cosas que nos unen con el otro. Es allí cuando debemos ser no una “media naranja” para el otro sino “una naranja entera” para ellos.