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MOUTON. Celeste Wagner. Alumna de Comunicación.

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“Que la televisión fue y será una porquería, ya lo sé”, quizás diría hoy Discépolo.
En “Dialéctica de la televisión pura” en Vida y muerte de la imagen. Historia de la mirada en Occidente”, Régis Debray plantea una serie de antinomias sobre las que muchas discusiones a favor o en contra de ésta se han entablado. Una de ellas, y sobre la que se debatirá en este artículo, es la que postula que la televisión funciona como una ventana hacia el mundo frente a la idea contraria de que sólo nos muestra una proyección pequeña de este.

Es cierto que la televisión claramente ha abierto los horizontes de reproducción de imaginarios y de intercambios culturales, así como muchas otras nuevas tecnologías que permiten una interacción cultural y comunicacional fructífera en prácticamente todo el globo. Sin embargo, no podemos omitir el hecho de que la televisión no es patrimonio de la humanidad y que, por lo tanto, no se carga el rol de transmitir los verdaderos valores, costumbres y representaciones sociales y culturales de cada uno de los pueblos que conforman el mundo. La televisión, por lo tanto, como institución privada que es, representa proporcionalmente ese mundo de aquellos que detentan mayor poder, tanto económico como político. (Bourdieu 1997) No es casualidad que alrededor de todo el planeta se hayan impuesto los formatos televisivos estadounidenses y que las películas norteamericanas representen lo que para la mayoría es una “típica” película, o el estándar de cómo deberían o suelen ser. La presencia mayoritaria de estos productos no permite ni otorga el lugar merecido a vastos productos culturales de los países del tercer mundo como de muchas otras minorías.

Como dice Debray, “No hay una voluntad europea por la sencilla razón de que no hay un sistema audiovisual europeo”. Y esto mismo también podría decirse, y hasta quizás con mayor énfasis, de una voluntad latinoamericana.

A pesar de todo lo dicho, no puede negarse que la televisión claramente ha organizado una visión del mundo mucho más amplia y accesible a todos que en otros momentos tos era impensable.

Tampoco podemos ponernos en una actitud tan “apocalíptica” (Eco, 1968), y creer que todo lo que se encuentra en la televisión forma parte de un modelo absolutamente imperialista, ya que en casi todos los países existen buenas ofertas de productos televisivos plurales y culturalmente enriquecedores.

Considero que la televisión es técnicamente un mecanismo que como dispositivo podría ofrecer herramientas fundamentales para la construcción de las identidades socioculturales, para el conocimiento del otro, y por ende, del mundo, y para la articulación de discursos políticos accesibles para las mayorías, entre otras funciones en sí democratizantes.

A pesar de no poder negar que éstas existen en cierta medida dentro del repertorio de lo ofrecido, considero que si hacemos un balance, no se encuentran en una proporción suficiente que las coloque en un lugar relevante en comparación con otros productos, los cuales funcionan, en muchos casos, como distractores de los eventos políticos y sociales que como ciudadanos y sujetos deberían interesarnos.

La oferta televisiva, producto en parte por estar indefectiblemente mediada por una lógica de mercado y dominada por los grupos económicos más poderosos, es en muchos casos banal. Esto no quiere decir en absoluto que todo programa que no concierne directamente a un análisis crítico de la realidad, a política, a cultura, etc., no sea válido o que deba ser descalificado per se. La televisión tiene también como función entretener, y en ese sentido está bien consumir lo “banal”.

Sin embargo, no existe la suficiente pluralidad que a mi parecer sería sano tener dentro del repertorio de posibles. En particular en América del Sur, y más aún en nuestro país, considero que nos hace falta tener una mirada introspectiva de nuestra cultura como parte de la latinoamericana, de nuestros pueblos y sus identidades culturales que también son nuestras. En parte, creo que si nos encontramos distanciados de esos imaginarios (y cercanos a otros que en un principio nos son muy lejanos), es porque nuestros medios de comunicación nos alejan de ellos, al encontrarse insertos en una lógica imperialista donde lo importante es saber vender un espacio publicitario. Sin embargo, confío en que somos conscientes de eso, y que por ende, recae en nosotros aprender y decidir elegir, ser críticos consumidores, sin dejar de consumir, e intentar, si es posible, fomentar aquellos espacios aún incipientes que consideramos que merecerían tener mayor lugar. Una forma de fomentarlos, es elegir consumirlos.

En este sentido, y luego de todo lo dicho creo que, seguimos todavía, en el siglo XXI, siendo “víctimas” (con encomillado porque ya gran parte de la culpa es nuestra) de un colonialismo de una estirpe diferente, pero colonialismo al fin.