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Carlos H. Acuña. Ph.D. in Political Science, The University of Chicago. Profesor Plenario del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de San Andrés.

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Patrones de acción colectiva empresarial en la Argentina: ¿recurso u obstáculo para el desarrollo?

Prismas sobre el desarrollo en Argentina.
Algo ha cambiado en las asociaciones empresarias durante las últimas décadas, entre lo que sin duda se destaca el compromiso con la estabilidad democrática. Sin embargo, las propiedades organizacionales de las asociaciones o cámaras empresariales en Argentina exhiben importantes continuidades.

Su estilo de gobierno muestra bajos niveles de representación/participación que se expresan a través de la generalizada ausencia (con notables excepciones, como la UIA y alguna otra) de la representación de las minorías en los órganos gubernamentales, listas únicas en las elecciones, baja rotación de los miembros de la comisiones directivas, conflictos que han tendido a resolverse mediante quiebres de las asociaciones; y un liderazgo en manos de una reducida elite.

Sus estructuras burocrático-administrativas se caracterizan por: a) contar con pocos recursos materiales y humanos, así como por una división interna de roles que, de existir, no cuenta con una alta densidad burocrática; b) brindar servicios para los afiliados que cubren pocos aspectos de la actividad de las asociaciones y lo hacen en forma insuficiente; c) tener como servicio predominante representar los intereses de sus miembros frente a otros actores. Por ello, su capacidad de generar/procesar información es pobre, siendo una constante en estas organizaciones recurrir a actores externos (consultoras, centros de investigaciones o el propio Estado) para contar con información sobre sus propios intereses, particularmente en debates o negociaciones que demandan fundamentación desagregada.

Con alta concentración del poder y bajo desarrollo organizacional, la tendencia general de las cámaras empresariales es constituir organizaciones con poca capacidad tanto de responder a los intereses individuales de sus miembros, como de redefinir los distintos intereses que las componen en un interés colectivo. De esta forma, la tendencia es la de “sumar” los diversos intereses de sus miembros y presentarlos en la escena pública como demanda agregada, sin procesar las diferencias y mostrando esta sumatoria como síntesis de intereses supuestamente homogéneos.

El carácter “movimientista” propio de una organización empresarial donde predomina esta lógica es, por tanto, resultado y causa de un contexto político-institucional de inestabilidad e incertidumbre. Una estructura “movimientista” se diferencia de aquellas con mayor desarrollo organizacional y racionalidad burocrática, en que “privilegia los aspectos de identificación, inclusión/exclusión, movilización de esfuerzos y recursos en contra de otros grupos que están afuera del movimiento, mientras que la segunda privilegia la consecución de objetivos de largo plazo en función de la coordinación, la interdependencia, y la mediación entre intereses individuales e intereses colectivos” (Alberti, G., Golbert, L. y C. Acuña, “Intereses Industriales y Gobernabilidad Democrática,” Boletín TECHINT, l984, pág. ll7). Las propiedades de una organización “movimientista” son: a) liderazgos hegemónicos y concentrados; b) decisiones que se toman con altos niveles de exclusión; c) minorías sin participación en el proceso de toma decisiones; d) las diferencias no son procesadas y, cuando son imposibles de soslayar, es común el quiebre o ruptura y excepcional la rotación de elite o liderazgo. Como en toda organización cuya lógica supone estructurar intereses homogéneos, existe poca presencia de mecanismos de administración, negociación y redefinición de intereses contradictorios, y la diversidad se presenta, necesariamente como una amenaza a la unidad (por eso la relativa ausencia de participación de las minorías).

Estructuras organizacionales de este tipo actúan como movimientos de demanda o presión y son poco eficientes en contextos de negociación en los que, por definición, es necesario ceder parte de los intereses propios con el objetivo de alcanzar otros que revisten una prioridad mayor. En otras palabras, estas organizaciones tienden a exponer sus demandas incluyendo puntos a veces contradictorios, a veces no factibles de realización, con el objeto de que el actor que enfrentan reprocese “desde afuera” los intereses realizables de los no realizables. De esta forma, los liderazgos empresariales tienden a evitar el conflicto interno que hubiera demandado procesar o abandonar una demanda no factible o contradictoria con otra de mayor relevancia. La consecuencia de esta dinámica es la proyección de una imagen de homogeneidad de intereses sólo quebrada por las acciones de amenazas externas. En este tipo de dinámica organizacional, la unidad depende en gran medida de poder “mostrar” a los miembros que la línea divisoria entre los objetivos alcanzados y los frustrados, fue marcada por la imposición “autoritaria” de un actor externo (el Estado, los sindicatos u otros grupos empresariales).

Es, consecuentemente, dudoso que el mayor aporte empresarial a estrategias de desarrollo (asumiendo la necesidad de que estas sean mínimamente consensuadas y, por tanto, que demandan sistemáticas negociaciones e intercambios entre actores socio-económicos) surja en la actualidad de sus asociaciones corporativas. Éstas todavía tienen un largo camino que recorrer en términos de maduración y fortalecimiento organizacional.

Experiencias alternativas a las Cámaras o Uniones empresarias, como las de la Asociación Empresaria Argentina (AEA), que apuntan en su accionar colectivo a articular diversos sectores y ramas económicas, así como distintos tipos de capital (local, multinacional), en base al poder económico (amalgamando a los principales inversores privados de la Argentina), tienen antecedentes y naturalezas diversas en nuestro país. Por ejemplo, el Consejo Empresario Argentino de los ‘60 a los ’90 aglutinó a poderosos empresarios en apoyo a regímenes autoritarios y políticas conservadoras, o el grupo de los Capitanes de Industria que estructuró el accionar de las principales empresas manufactureras nacionales con el explícito objetivo de apoyar al naciente régimen democrático en los ‘80 y políticas industrialistas (confrontando con el CEA). Más allá de las enseñanzas históricas que muestran estos antecedentes, en la actualidad todavía es una incógnita si la dinámica colectiva de la AEA, por un lado podrá reproducir su unidad y, por el otro, podrá desplegar el papel de liderazgo económico y flexibilidad estratégica frente al Estado, los trabajadores y otros intereses empresarios, necesarios para constituir un recurso de valía para un desarrollo inclusivo, democrático y sustentable en la Argentina.

El empresariado es un actor clave para el diseño e implementación de una estrategia de desarrollo. Sin embargo, como gran parte de la elite argentina, todavía no ha mostrado la capacidad u organización para cumplir el papel que el conjunto social necesita.