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Iván Reidel. Doctor of Juridical Science (S.J.D.), Harvard University. Profesor Tiempo Completo del Departamento de Derecho de la Universidad de San Andrés.

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El precio de la fama

En la industria de la música, una de las profesiones con mayor variabilidad de ingresos y fortunas individuales, los precios de las canciones a menudo dicen poco o nada sobre la relativa fama o talento de los artistas involucrados.
¿Cuál es el precio de la fama? En la industria de la música, una de las profesiones con mayor variabilidad de ingresos y fortunas individuales, los precios de las canciones a menudo dicen poco o nada sobre la relativa fama o talento de los artistas involucrados.

En la mayoría de los países, las estaciones de radio, por ejemplo, obtienen una licencia anual que les permite pasar cualquier canción en un gigantesco repertorio por un precio único, que en general es un porcentaje de sus ganancias.

En este sentido, una radio es como un cliente de un restaurante con la modalidad “tenedor libre”: una vez pagado el derecho de admisión, la radio puede degustar las canciones que quiera, tantas veces como quiera, sin que el precio varíe en lo más mínimo. Un delectable “11 y 6” de Fito Paez, por ejemplo, le saldrá lo mismo que un intoxicante “Oh mamá, estoy enamorado” de Pablito Ruiz. La canción de una estrella de la música, saldrá lo mismo que la de un desconocido.

¿Genera algún problema este sistema de precios? Imaginen que quisieran comprar un auto, y tuvieran dos opciones, una Ferrari o un Peugot 306. ¿Qué auto elegirían? Ahora, ¿si el precio fuera el mismo por cualquiera de los dos autos, elegirían el mismo? Esta pregunta tiene relevancia para miles de artistas que recién están incorporándose al mercado de la música y quieren abrirse paso en la programación de radios y canales de televisión.

En Argentina, por ejemplo, actualmente un músico que apenas comienza su carrera puede, u ofrecer su canción a las estaciones de radio a través de SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música), bajo el modelo “un precio único por todo el repertorio”, o quedar virtualmente fuera del mercado. Como consecuencia, muchos músicos nuevos con talento terminan ofreciendo sus canciones implícitamente al mismo precio que artistas reconocidos, y la mayoría de las radios, al mismo precio, terminan prefiriendo canciones de artistas ya establecidos que generan ganancias con mayor certeza.

Si al mismo precio, los artistas nuevos o desconocidos tienen mayores problemas en ingresar al mercado, ¿qué nos lleva a adoptar este sistema? La respuesta más directa pero menos iluminadora, es que en la Argentina una ley y su decreto reglamentario obligan a todos los autores nacionales y extranjeros a operar a través de SADAIC, y que SADAIC ha escogido este sistema de precios. La respuesta más iluminadora pero quizás menos pintoresca, una que he desarrollado en mi trabajo de investigación, es que la teoría económica actual que justifica este sistema de precios con argumentos de eficiencia económica se ha perdido varios puntos importantes, como por ejemplo el hecho de que el sistema no funciona bien si beneficia a un grupo de artistas a costa de otro grupo de artistas. O, por ejemplo, el hecho de que negociaciones y transacciones entre miles de demandantes y oferentes de productos, consideradas imposibles por sus altos costos hace tan sólo dos décadas, , son tan accesibles como tecnológicamente triviales en la actualidad.

Ahora, la respuesta más pintoresca en mi opinión, es que por más de 150 años, el mundo ha adoptado este sistema de precios y este sistema de gestión de derechos de autor por una riña de café que se salió fuera de control. Corría el año 1847 cuando Ernest Bourget, un hombre con mucho talento y pocas pulgas, decidió pasar una velada, como tantas otras, junto a dos amigos en el café Les Ambassadeurs en París. Este establecimiento, un tanto pomposo y revestido hasta el día de hoy en un estilo rococó que conmovería a Donald Trump, contaba por aquella época con una banda de músicos que ejecutaban piezas en vivo. Durante el transcurso de la velada el señor Bourget, que ya entonces era un famoso compositor, notó que la banda interpretaba una de sus canciones y rápidamente resolvió tomar algunas medidas al respecto.

Al final de la velada, Bourget impondría términos, que si bien sencillos, cambiarían la historia de la música: el valor de su consumición a cambio del uso de su música. El dueño del establecimiento se negó a aceptar el ultimátum de Bourget, y las partes llevaron su desacuerdo a los tribunales franceses, en donde Bourget obtendría rápidamente una decisión a su favor. Luego de que su derecho a percibir una remuneración por el uso de su obra fuera reconocido por el tribunal, Bourget crearía la primera organización de gestión colectiva de derechos de autor, SACEM, a la que el café Les Ambassadeurs todavía paga derechos de autor más de 150 años más tarde.

SACEM fue tan exitosa sin embargo, que su modelo no sólo perduró en Francia sino que rápidamente se extendió alrededor del mundo en más o menos el mismo formato de negocios: una sociedad que en casi todos los países del mundo es un monopolio, ofrece un sólo repertorio de canciones a los usuarios de música, a un único precio, y se encarga de recolectar las regalías que emergen del uso de tal repertorio y de distribuirlas entre sus miembros. Desde entonces mucho se ha escrito sobre los beneficios de sociedades de gestión como SACEM y SADAIC, pero poco sobre las consecuencias de este régimen de precios sobre las fortunas o miserias de la mayoría de sus miembros. Lamentablemente, este sistema lleva casi un siglo y medio perjudicando a muchos autores en beneficio de unos pocos, y privando a audiencias en incontables latitudes de las contribuciones de sus artistas. Si estoy en lo correcto, entre otras cosas, deberíamos empezar por cambiar el precio de la fama.