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Mouton. Stefano Carluccio (Estudiante de Comunicación en Trabajo de Tesis)

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El 26 de octubre de 2011 fue presentado en el Congreso de Estados Unidos el proyecto de Ley H.R. 3261, más conocido como la Ley SOPA (Stop Online Piracy Act).
El 26 de octubre de 2011 fue presentado en el Congreso de Estados Unidos el proyecto de Ley H.R. 3261, más conocido como la Ley SOPA (Stop Online Piracy Act). Pocos meses más tarde, precisamente el 20 de enero pasado, Kim Dotcom, fundador del mayor sitio de intercambio de archivos por internet –Megaupload- fue arrestado por agentes del FBI y posteriormente imputado por infracción criminal de derechos de autor además de presidir una asociación delictiva. La causa aún se encuentra en proceso judicial y todos los dominios de la empresa Megaworld fueron dados de baja por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Como era de esperar, la noticia sobre los nuevos controles al tráfico de contenidos de autor en Internet y el cierre del popular portal ganó terreno en las redes sociales con vertiginosa velocidad. Su relevancia fue tal que en respuesta se produjo el ataque cibernético más grande de la historia a cargo del grupo de activistas hacker Anonymous, en el que se vieron afectados varios sitios del gobierno norteamericano y de la industria de la música.

La ola legal no tardó en llegar al país y los defensores de la propiedad intelectual fueron en busca de los dos sitios más grandes de difusión de contenido no autorizado en Argentina: nada menos que Taringa! y Cuevana. Con cientos de miles de visitas diarias ambos sitios continúan hoy online, aunque desde entonces su contenido es mucho más limitado, sobre todo el de la popular página de series y películas, que dependía en buena medida de los archivos de Megaupload. Lo interesante de todo esto es que a pesar de las particularidades legales en cada caso, ambos procesos forman parte de una misma cuestión: la de la circulación de bienes culturales. Pero antes de apresurarnos a dar un veredicto es necesario ponderar ciertas cuestiones.

En primer lugar quisiera dejar en claro el verdadero eje del debate, el cual según mi opinión no trata simplemente de la piratería contra las leyes de copyright, sino de una discusión mayor. Esta histórica lucha de intereses, la cual se potenció con la llegada de Internet hace menos de dos décadas, discurre acerca de la regulación de la producción cultural y los límites a la creatividad futura.

De acuerdo con Yochai Benkler (2006), la información, el conocimiento y la cultura son elementos centrales para la libertad y el desarrollo de la humanidad, de manera que el modo en que se producen y se intercambian (o “circulan”, diría Verón) en la sociedad afectan de manera crítica nuestra percepción de la realidad. Asimismo, sostiene que las sociedades más desarrolladas han realizado dos principales cambios estructurales. Por un lado, se trata de economías centradas en la información, la producción cultural y la manipulación de símbolos. Y por el otro, presentan una configuración del sistema comunicacional que se apoya en procesadores de altas capacidades interconectados de manera ubicua, el gran cambio que introdujo Internet. Esta situación junto con un mayor acceso a los nuevos dispositivos de comunicación por la baja en los costos, representa para el autor una nueva etapa para las sociedades modernas, aquella en la que una mayor posibilidad de participación en la producción y distribución de bienes culturales aumenta las libertades individuales y en última instancia mejora las democracias.

El enfoque de este artículo bajo ningún punto de vista busca defender la piratería. Si aceptamos la existencia de la propiedad privada entonces los derechos de propiedad se vuelven necesarios, son el sine qua non de los mercados (Boyle; 2005). De este modo, coincido con Lessig (2004) cuando sostiene que la piratería está mal, y que las leyes, bien afinadas, deberían castigar la piratería, se produzca dentro o fuera de Internet, de lo contrario habría menos incentivos a la producción intelectual. A pesar de todo quisiera hacer una distinción. Si bien estoy de acuerdo en que detrás del trabajo creativo existe un esfuerzo por la producción y esto sin duda le otorga valor, la teoría de la propiedad creativa de que “si hay valor, hay derecho” me resulta correcta aunque imprecisa. Básicamente porque de acuerdo con Lessig (2004), las leyes no se cuidan de hacer la distinción entre volver a publicar la obra de alguien, por un lado, y transformar o basarse en ella –como el caso de tantas películas de Walt Disney por ejemplo- por el otro. Hoy por hoy los derechos de autor se han extendido a casi toda producción, aunque esto no es proteccionismo para proteger a los artistas; es, por el contrario, un mecanismo de protección a ciertas formas de negocio (Boyle; 2005). Vemos que “Corporaciones amenazadas por el potencial de Internet para cambiar la forma en la que se produce y comparte la cultura tanto comercial como no comercial se han unido para inducir que los legisladores usen las leyes para protegerlos” coincide Lessig.

A su vez, entre las múltiples ventajas que tiene la red de redes una de ellas es que los costos de copiado y transmisión de datos es prácticamente nulo lo que vuelve mucho más eficiente la recopilación de contenido y la producción intelectual. Por supuesto que esto también facilita la distribución no autorizada de material de autor, como es el caso de Taringa! o Cuevana y de ahí “...una necesidad correspondiente de fortalecer los derechos de propiedad intelectual.” (Boyle; 2005). No obstante son estas mismas características las que permiten que ahora muchos tengan la posibilidad de participar del proceso de construcción y cultivación de la cultura. En este sentido, el punto que quiero destacar es la importancia de la red y el aporte social que representa. Con esto no estoy diciendo que la distribución gratuita y no autorizada de contenido de autor sea lo correcto, pero sí que en algunos casos es socialmente óptima.

Asimismo es importante entender que en el caso de Taringa! o Cuevana estamos hablando de la distribución de bienes intangibles que por definición son bienes no rivales, es decir bienes que cualquiera puede compartir sin perder absolutamente nada. En otras palabras, cuando veo una película online o descargo un disco puede decirse que no le estoy “sacando” nada a nadie, porque todo lo que hay son copias y el costo de reproducción es ínfimo.

Así como Eastman, el inventor de las cámaras y películas Kodak que facilitaron el surgimiento de la fotografía amateur, le brindó al grueso de la sociedad la posibilidad de acceder por primera vez a un registro visual, Internet supone también una “tecnología de la expresión”. En palabras de Lessig (2004) estos “instrumentos democráticos le dan a la gente corriente una forma de expresarse de una forma mucho más fácil que cualquiera de los instrumentos que había antes.” Internet es mucho más que una red o una tecnología, es posiblemente la gran redefinición histórica del modo de producción y participación cultural de las democracias modernas y es necesario que se regule adecuadamente.

“Cuando millones de ciudadanos realizan una acción que va en contra de la ley, lo que creo habría que replantearse es la ley” dice Tomás Escobar, co-creador de Cuevana y representante legal del sitio. Lo cierto es que es tiempo de toma de decisiones, tanto legales como sociales y coincido con Lessig en que un buen sistema de derecho las leyes se ajustan a las tecnologías de su tiempo. Aunque no será sencillo encontrar una solución que satisfaga los intereses de ambas partes, creo habría que comenzar por buscarla teniendo en cuenta que Internet llegó para quedarse y que es evidente que el modelo de negocio de las industrias culturales está cada vez más debilitado. Pero esa tarea ya quedará a cargo del lector, por mi parte es momento de ver una película.



Bibliografía:
BENKLER, Y. (2006). The Wealth of Networks: How Social Production Transforms Markets and Freedom.
BOYLE, J. (2005). “Las ideas cercadas: El confinamiento y la desaparición del espacio público.”, en ¿Un mundo patentado: La privatización de la vida y del conocimiento, Fundación Heinrich Böll.
LESSIG, L. (2004). Free culture, The Penguin Pres: New York. (Introducción y capítulos 1-2)

1.http://www.enter.co/vida-digital/creador-de-cuevana-plantea-que-se-debe-replantear-la-ley/