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Concurso de Ensayos “Estudiantes Aquí y Ahora”. Centro de Estudiantes de la Universidad de San Andrés.
¿Alguna vez les ocurrió que, luego de haber aprendido una nueva palabra, comenzaran a encontrarla en todas partes?

En mi experiencia, suelo recordar que desde el momento en que, en una clase de física en mi querido Colegio secundario, me explicaron el significado del término “concatenación”, no dejé de encontrarlo en todo aquello que leía o escuchaba. En un principio lo creí una casualidad, una especie de magia cotidiana; más tarde, comprendí: la palabra siempre había estado en esos lugares, simplemente era yo quien no se percataba de su existencia.

Creo que ser estudiante y, en particular, estudiante universitario, es pasar por este micro-proceso descripto, pero de manera constante, amplificada y, a la vez, profunda. Porque todos aquellos que estudiamos -y en San Andrés esta experiencia es sumamente intensa- descubrimos día a día cosas que siempre estuvieron allí, a la espera de ser encontradas, resucitadas o discutidas y también, por qué no, olvidadas, pero con las que nunca antes nos habíamos topado. Es como si a medida que el velo sobre ellas se descorriera, comenzáramos a percibirlas en multitud de ocasiones, lo que nos permite revelar otras y así sucesivamente, en un proceso de aprendizaje sin límites.

Es evidente que este descubrimiento cotidiano no ocurre sólo con el estudio: a través de la experiencia diaria también develamos múltiples cuestiones. Sin embargo, pienso que en la vida del estudiante, esto se transforma en el trabajo -y, después de escuchar el discurso de Steve Jobs en Stanford, el trabajo que uno ama- de todos los días.

Por eso, cuando converso con mis compañeros y amigos de la Universidad sobre lo que vamos aprendiendo progresivamente, me gusta ver cómo se incorporan a nuestro léxico coloquial y a nuestro modo de razonar y pensar nuevas palabras, conceptos, personajes, argumentos, para discutir y llegar a acuerdos. Me encanta observar cómo aplicamos los conceptos aprehendidos en clase a nuestras conversaciones más banales o cómo, conmovidos por lo que nos ha transmitido algún profesor o autor, comenzamos a repensar suposiciones que hasta ese instante considerábamos básicas.

No me agrada sólo por curiosidad, sino porque percibo en estos fenómenos, que se deslizan implícitos entre nosotros, el crecimiento de nuestro intelecto, de nuestras herramientas para manejarnos en la vida diaria, el amor que cultivamos por el conocimiento y el fruto que ese conocimiento vuelca y volcará sobre nosotros a lo largo del futuro, tanto profesional como personal. Y en particular me agrada, porque percibo, en estos fenómenos, una posible respuesta a la pregunta fundamental por el objetivo de ser estudiante: porque estudiar no es el arte por el arte. La clave de la magia de descubrir y comprender –y cuestionar- al mundo que nos rodea es, justamente, desarrollar la posibilidad de crear más mundo que nos rodee y de ser nosotros quienes, en el porvenir, leguemos nuevas palabras e ideas a nuevos jóvenes que, sorprendidos de encontrarlas en todas partes, puedan aprehenderlas, repensarlas, discutirlas, desecharlas.

Es este el proceso histórico a través del cual la humanidad ha ido forjando sus raíces de saber, calmando sus ansias infinitas –y eso es parte de su encanto- de acercarse a las respuestas de sus dudas ancestrales. Formar parte de ello exige atravesar –y es posible concebirla no de una única manera- la experiencia de ser estudiante.

Pienso que en San Andrés, es esta una idea que nos brinda un horizonte cada día. Comprendemos que la plenitud de la experiencia cotidiana es más plena cuando el ejercicio del estudio se incorpora a la vida, no como algo externo, sino como algo intrínseco a ella.

Para concluir, me gustaría decir que, paradójicamente, la experiencia misma de ser estudiante atraviesa un proceso inverso al de mi palabra “concatenación”: en un principio, la vemos claramente y sabemos, aproximadamente, lo que determina; la oímos por todas partes y la visualizamos en múltiples espacios. Sin embargo, a medida que nos vamos involucrando con ella y la incorporamos, progresivamente la olvidamos, puesto que pasa a ser parte nuestra. Ya no decimos “estudiamos”: decimos “vivimos”, y es en la experiencia de vivir donde se da una concatenación perfecta entre el amor al conocimiento, las nuevas palabras, las nuevas ideas y nuestro crecimiento constante, como personas, como estudiantes.