Calidad y persistencia


José Luis Galimidi
Profesor de la Universidad de San Andrés

No siempre es benéfica la relación entre adversidad y oportunidad. Depende, básicamente, de los recursos con los que se cuenta para transitar la circunstancia. Recursos que pueden ser tecnológicos, económicos o institucionales, y también afectivos, cognitivos, expresivos o actitudinales. La calidad y variedad de recursos que una sociedad pone en acto cuando enfrenta una situación severamente problemática es un indicador muy relevante del grado de cuidado, vigor espiritual y amor por la vida que ha venido cultivando. En este sentido, la productividad social también se debe ponderar por la variedad y riqueza de recursos con que cada generación nutre a cada uno de los miembros de su posteridad inmediata.

En términos generales, la reacción de los argentinos frente a la terrible agresión del COVID-19 está mostrando aspectos que considero muy positivos. Sorprendentes, inclusive, si la comparamos con la manera deficitaria con que autoridades y usuarios se vienen comportando desde hace décadas respecto, por ejemplo, de la pandemia de siniestros viales. Nuestro respeto y amor por la salud propia, de los queridos más cercanos y del vecino desconocido se hace evidente en los buenos resultados parciales que se están obteniendo respecto del aplanamiento de la curva de contagios. Es un automensaje colectivo alentador: en una situación de crisis, buena parte de los miembros de la sociedad argentina está respondiendo con responsabilidad y cuidado, personal y recíproco. Tanto quienes desempeñan tareas esenciales como quienes hacemos nuestra parte quedándonos en casa. El periodismo profesional es costoso y por eso debemos defender nuestra propiedad intelectual. 

Pero resguardarse con prudencia es sólo un aspecto de la respuesta colectiva. El otro aspecto relevante, y casi decisivo, es aquello que generemos los que no tenemos responsabilidades directas en el desempeño de los -no tan bien llamados, a mi entender- servicios esenciales. Somos seres espirituales de cultura, y no sólo entidades biológicas con capacidad técnica y administrativa. Es obvio que el mantenimiento, dentro de lo posible, de la productividad económica en sentido amplio resulta indispensable. Pues bien, y este es mi punto, la persistencia de cada persona involucrada en la educación formal o en el cultivo de una  disciplina (yoga, artes, lectura, cábala, idiomas, cocina, horticultura, etc.) es, definitivamente, una forma esencial y no secundaria de compromiso activo frente a la crisis del COVID-19. Más todavía, diría que es una manera directa de ejercer la responsabilidad de cada uno para consigo mismo, y para con los demás. El periodismo profesional es costoso y por eso debemos defender nuestra propiedad intelectual.

Esto es así, en primer y obvio lugar, porque la difusión plural del estudio, de cualquier estudio y en cualquier etapa de la vida, es un tesoro de la civilización y una conquista, todavía muy inacabada, de nuestra sociedad democrática. Contribuir al cultivo y la distribución inclusiva de los bienes culturales nunca deja de ser un deber ciudadano de todos. John Stuart Mill, uno de los próceres del liberalismo humanista, dice, aproximadamente, que la ignorancia y el individualismo egoísta son las causas más severas de la miseria espiritual y material de una sociedad. A primera vista, una sociedad culta y avanzada tecnológicamente parece más propensa a la solidaridad y a la justicia interna. Pero hay un argumento entrelineado en la frase de Mill. Ignorar no sólo es no conocer, también es no haberse involucrado seriamente, por causas voluntarias o involuntarias, con lo valioso de la producción de los semejantes. En la situación de estudio bien sucedida se ponen en sintonía dos generosidades. Discípulo y maestra abren sus mentes y sus corazones a la compañía vitalizante del otro. El periodismo profesional es costoso y por eso debemos defender nuestra propiedad intelectual. 

 

 

PERFIL
José Luis Galimidi
02 de Junio de 2020