Daniel Aromí: los economistas indagan en el impacto de los medios de comunicación


Daniel Aromí:
Los economistas indagan en el impacto de los medios de comunicación
"Un cardiólogo ahí", "Teléfono, [Luis] D'Elía", "Los trolls morirán primero": recalentada en la semana previa a las PASO, la tuitosfera argentina reaccionó el martes pasado con humor ante un aporte de la escritora y editora de temas de economía Sarah Brodsky: un estudio publicado en la revista especializada Psychological Science que postula que la agresión en Twitter (medida por algoritmos que se nutren de términos hostiles) tiene una relación muy directa con los ataques al corazón en una determinada comunidad. El trabajo está firmado por 12 académicos, entre ellos, el gurú de la psicología positiva Martin Seligman, director del Departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania. Aunque reciente y escasa, la literatura sobre "medianomics" (economía de los medios) y, en particular, sobre el impacto de los contenidos (ya sea periodísticos como de puro entretenimiento) sobre variables de comportamiento crece en los últimos años. Hay trabajos que encuentran vínculos entre determinado tipo de noticias o de historias y decisiones agregadas que tienen que ver con los pronósticos económicos, el crimen, el matrimonio (y el divorcio), la calidad de la democracia y la educación. Son fenómenos complicadísimos de medir, y por ellos aquí entran a tallar economistas con su caja de herramientas más avanzada de econometría. La mayor parte de las investigaciones se refieren a impacto de contenidos audiovisuales, pero también hay sobre los efectos de la prensa escrita. Uno de los muy pocos economistas que se abocó a esta tarea es un argentino, Daniel Aromí, profesor de la Udesa y de la UBA, especializado en economía del comportamiento (el campo híbrido que toma enseñanzas de la psicología). Aromí trabajó muchos años en los Estados Unidos y en la actualidad investiga en el Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA, que dirige Daniel Heymann. "Comencé a explorar algoritmos simples que resumen contenidos de la prensa escrita y permiten cuantificar las percepciones del momento, y luego los comparé con lo que sucedía con precios de los activos y con las proyecciones macroeconómicas", explica Aromí a LA NACION. El economista tomó varias décadas de artículos del Financial Times y The Economist (escribió un programa que identificaba palabras positivas o negativas "cerca" del nombre de algún país) y vio cuál era su influencia en la formación de expectativas, medidas a partir de los pronósticos macroeconómicos para esos mismos países realizados por organismos internacionales -el Banco Mundial y el FMI- y por la consultora privada The Economist Intelligence Unit. ¿Cuál fue la conclusión principal? "La lección es que encuentra evidencia consistente de sobrerreacciones, tanto en períodos de optimismo como en los de pesimismo", explica el académico de Udesa y de la UBA. En épocas en que las notas son positivas, los economistas tienden a sobrestimar el crecimiento. Y al revés en los lapsos de pesimismo mediático. El error es mucho mayor en las crisis (en economía del comportamiento se destaca el sesgo de «aversión a perder»: el impacto psicológico de conocer un fracaso o una pérdida es mucho mayor que el efecto que produce enterarse de un éxito o de una ganancia). El trabajo de Aromí abarca el período que va entre 1993 y 2012. Y se observa que para los países emergentes, las sobrerreacciones de los pronósticos son, para bien y para mal, mucho mayores que para las naciones más desarrolladas. En lo que se refiere a efecto de la prensa escrita, hay otra investigación, muy elegante, que realizaron Sam Schulhofer-Wohl y Miguel Garrido, ambos de Princeton, que se concentraron en los efectos del cierre del Cincinnati Post, que se despidió de sus lectores el 1° de enero de 2007. Descubrieron un deterioro estadísticamente significativo en una serie de indicadores de participación civil donde el Post tenía cobertura: bajó el porcentaje de votantes en elecciones comunales, cayó la cantidad de candidatos que se presentaron y subió la probabilidad de reelección cuando el diario vespertino dejó de salir. La desaparición paulatina del modelo de "dos diarios" (uno matutino y uno vespertino) en el último siglo en los Estados Unidos constituyó un "experimento natural" que permite medir con cierta robustez el impacto en las variables de la sociedad civil. Jim Snyder, del MIT, y el economista David Stramberg, de la Universidad de Estocolmo, concluyeron, por ejemplo, que aquellos legisladores que reciben mucha atención mediática asisten a más sesiones, se comprometen con más comisiones parlamentarias y tienden a votar menos alineados con las órdenes de sus respectivos partidos. La semana pasada, VOX publicó un resumen de la literatura sobre "medianomics", firmado por los economistas Stefano Della Vigna y Eliana La Ferrara, en el que se pasó revista a algunas de las investigaciones más famosas. Entre ellas, la que encontró una correlación entre el show de la MTV 16 and Pregnant (De 16 y embarazada) y el mayor cuidado en alternativas de fertilidad que promovió entre adolescentes. O el aumento de la tasa de divorcios provocado por la introducción en ciudades brasileñas de las telenovelas de la red O Globo. Della Vigna y La Ferrara se ocuparon de destacar que los estudios que relacionaban en la década pasada al consumo de contenidos violentos por TV con un aumento de la violencia en niños y adolescentes -que en su momento difundió la Asociación de Pediatría de los Estados Unidos- fueron cuestionados y que su evidencia estadística es débil. Uno de los economistas que se ocupó de desterrar este mito fue Matthew Gentzkow, un profesor de la Universidad de Chicago que ganó la última medalla John Bates Clark, que otorga cada año la Asociación Americana de Economía a una estrella académica de menos de 40 años. Analizó zonas en las que la TV tardó más tiempo en lograr penetración y llegó a la conclusión de que este efecto negativo no existe. Sí encontró una consecuencia indeseada en la difusión de la TV: en los Estados Unidos, donde el voto es optativo, generó una baja en la cantidad de gente que va a sufragar. Gentzkow y su coautor más habitual, Jesse Shapiro, estudiaron también los sesgos ideológicos en los grandes medios de comunicación. Lo hicieron mediante un trabajo cuantitativo que puso el foco en frases y términos que usan en sus discursos y declaraciones representantes demócratas o republicanos, de manera muy distintiva. Luego determinaron una función de demanda de los diarios y hallaron que el sesgo ideológico de las noticias se conformaba más por la demanda de los lectores que por las preferencias políticas de los dueños de cada medio en cuestión. Las bases de la denominada "economía de la atención" fueron asentadas en 1971, unos 27 años antes de que se fundara Google, por el ya mencionado Simon, quien pronosticó que la multiplicación de la riqueza informativa iba a producir tarde o temprano una escasez de aquello que la información consume: la atención de sus receptores. La explosión cámbrica de micromedios, el abaratamiento de los contenidos y la primacía de los jugadores que puedan canalizar grandes "flujos de atención" son consecuencias directas de la predicción de Simon, hace más de 40 años. Para Aromí, "el conocimiento adquirido a través de este tipo de estudios puede asistir en el análisis del ciclo económico, el diseño de políticas económicas y en la toma de decisiones de agentes individuales". La "economía de los relatos" o del storytelling recién está en pañales. El autor de El cisne negro, Nassim Taleb, odia a los economistas. Dice que éstos, en Wall Street, son meros "proveedores de historias para los inversores menos sofisticados". Tiene juicios con economistas que lo acusan de destrato y tuitea a menudo enojado, hecho una furia. Tal vez una visita al cardiólogo no estaría de más.
La Nación
Daniel Aromí:
10 de Agosto de 2015
Economía