Del desarme al namasté


Silvia Ramírez Gelbes
Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés

La práctica del saludo es universal como pocas, pero depende de la cultura específica

Oh, si me besara con besos de su boca!” (El cantar de los cantares 1:2). Pocos comportamientos tan universales como el saludo, este depende sin embargo de la cultura específica. Es un proceder situado en tiempo y en espacio, que articula variables –la edad, el género, la familiaridad, la jerarquía– manejadas casi siempre con solvencia y sin saberlo por los miembros de cada sociedad.

Seguiré al pie de la letra en esta columna el delicioso libro Tales of hi and bye del lingüista sueco Tornbjörn Lundmark. No seré exhaustiva, pero incluiré retazos de experiencia con los que, probablemente, usted se identifique. Porque los saludos, como digo, constituyen un ejercicio cotidiano. Aquí y en todas partes.

Si bien lejanas en la geografía y aparentemente en el tiempo, las inclinaciones y las reverencias no son cosa del pasado. Aún hoy, en Japón –por ejemplo–, uno (o una) anda haciendo inclinaciones a diestra y a siniestra, ante conocidos y desconocidos. Las mujeres, con una mano sobre la otra en el frente. Los hombres, con los brazos a los costados del cuerpo.

No ha tantos años tampoco, en China se hacían reverencias ante el emperador, de rodillas y tocando el piso con la frente. En el presente, con las monarquías europeas, es necesario conocer el protocolo para no meter la pata y hacer una genuflexión ante los reyes si se es mujer o una leve inclinación (más que nada, de la cabeza) si se es un hombre. 


En alguna medida, el gesto de sacarse el sombrero para saludar se asocia con la reverencia. Es que, por una parte, se ofrece a quien es saludado un flanco débil –la cabeza– en señal de confianza de que no le asestará un golpe de espada. Y, por la otra, se cumple con una regla básica de la cortesía: abajarse, hacerse más bajo que el destinatario. Pariente actualizado de esa afectación, el ademán de levantar el sombrero por la copa o siquiera de tocarle el ala –como hacían los tangueros en las pelis del siglo de oro del cine argentino– es un mohín cercano al saludo militar de la mano rígida sobre la sien. Según dicen algunos, resabio de la maniobra para alzar la visera del yelmo. 

 

 

 

 

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Silvia Ramírez Gelbes
20 de Octubre de 2020