El dilema del prisionero y el regreso del átomo


Julián Gadano
Profesor en la Universidad de San Andrés

El planeta necesita salir de los combustibles fósiles. Pero no podrá alcanzar la emisión cero sin un cambio de paradigma. Por eso hay que volver a pensar en la energía nuclear, pero no la que tuvimos hasta ahora, sino una impulsada por reactores pequeños y accesibles.

Un modelo clásico, muy utilizado en economía y ciencia política para explicar la brecha que existe entre el interés particular de un actor y el interés colectivo en situaciones de baja coordinación y baja comunicación es el denominado dilema del prisionero. Teniendo como marco el racionalismo, y esperando que los actores maximicen sus propios beneficios a través del cálculo racional, imaginemos que una persona ha caído presa junto a otros miembros de su grupo. Lo más racional, lo que se debería esperar que haga ese sujeto en su negociación con el fiscal y la justicia es intentar salvarse solo. Es decir: negociar su salida con el fiscal, denunciando si es necesario a sus compañeros. Está incomunicado, no sabe si sus compañeros no harán lo mismo (pero teme que lo harán) y prefiere ir rápido con el fiscal y ofrecerle un acuerdo. Es, sin duda, su mejor opción. Defender su interés individual ante la imposibilidad de coordinar una estrategia con sus compañeros. 

El único problema que tiene el preso en cuestión es que, si sus amigos hacen lo mismo, comenzará una carrera desenfrenada por ofrecer más colaboración con el fiscal para ver quien de todos “canta” mejor. Bingo para el fiscal, el peor escenario para el grupo de presos. Lo que aparecía como la mejor opción a nivel individual, no lo es a nivel colectivo. Y como el actor al final del día no está aislado, termina siendo la peor opción también a nivel individual.

Lo que intenta demostrar este modelo es que, frente a la imposibilidad de coordinar con otros, un actor individual privilegiará su interés. Sin embargo, esa actitud es subóptima a nivel colectivo, y en ese contexto, pierden todos. Incluido aquel que quiso privilegiarse. 

Llevado a la vida de todos los días, si cada uno privilegiara su interés no habría bienes públicos.

Salidas. ¿Cuáles son las salidas a este dilema? Podemos resumirlas en dos: en el primer caso, alguien “organiza las conductas individuales desde arriba” premiando la cooperación con otros y castigando el uso egoísta de bienes públicos, cambiando el orden de las preferencias individuales (el estado que hace posible el imperio de la ley, castigando su incumplimiento, es el ejemplo más claro). Llamemos a esta alternativa la “solución hobbesiana”.  

En el segundo caso, podemos imaginar que el juego se ha repetido en el pasado y la reacción de todos siempre ha sido cooperativa con los demás miembros del grupo. Eso permite a los actores confiar, y apostar a “dejar la espada” y cooperar, sin necesidad de tener información precisa sobre la conducta presente.  En el ejemplo de los presos, todos saben que en el pasado “nadie cantó” y eso es un incentivo que aportar por la cooperación.  

El ejemplo también puede graficarse por la negativa: no queda claro qué beneficios trae la cooperación, pero el fracaso producto de la falta de esta se ha repetido muchas veces. Imaginemos una parada de colectivo en la que nadie hace fila, todos apuestan a colarse y finalmente, o casi nadie consigue entrar o directamente los colectivos no paran. Alguien finalmente tomará el riesgo de organizar la cooperación para dejar de pagar los costos de casi nunca tomar el colectivo. En cualquiera de los casos, la repetición del juego y sus resultados pasados cambian las preferencias de los actores, transformando el dilema en un “juego de la seguridad”. Se habilita a los actores a cooperar, ya que cambian los “pagos” de las decisiones, y cooperar resulta más beneficioso individualmente que no hacerlo. Nominemos a esta solución la “repetición del juego”.

Llevada a la política internacional, esta lógica se repite. El mundo tiene problemas globales (cada vez más, por cierto, porque estamos cada vez más interconectados) pero los estados no tienen muchas veces los incentivos a cooperar. Desafíos globales que nos afectan a todos, pero sin la gobernanza global para enfrentarlos. A problemas globales, soluciones locales… que no resuelven el problema. Estrategias locales para enfrentar pandemias, países que vacunaron al 80% de su población mientras otros ni comenzaron, empresas que no consiguen empleados en un país mientras se acumulan personas en las fronteras intentando migrar desde otros países para hacer justamente ese trabajo para el que nadie consigue trabajadores. Todo podría resumirse en problemas de incentivos mal colocados. Que generan brechas injustas, incluso morales. 

Calentamiento global. No hay más claro ejemplo para hablar de los serios problemas de incentivos del tipo dilema del prisionero, que las dificultades en la coordinación para encontrar soluciones a los problemas derivados del calentamiento global. En muchos casos, los gobiernos han tomado decisiones en apariencia beneficiosas para sus ciudadanos, pero poco efectivas para resolver el problema a nivel global. Países ricos que impulsan la generación de energía limpia y renovable dentro de su territorio, e importan la energía emisora de gases de efecto invernadero (GEI), por ejemplo. 

Lo curioso es que no debe haber un tema más diagnosticado correctamente que este, y sobre el cual existe mayor consenso sobre lo que hay que hacer para encararlo. Con excepción de algunos fanáticos que suelen gritar por ahí, una amplia mayoría de los líderes globales coincide en que, de no tomar las medidas necesarias, el problema derivado del calentamiento de la atmósfera no solo será grave sino irreversible. 

El tema es que a nivel internacional no es fácil salir del dilema del prisionero. No hay un “gobierno mundial” que ordene (para un lado o para otro) los incentivos a cooperar y, si bien en algunos casos ese rol lo cumple una potencia o un conjunto de potencias, en este caso eso no está funcionando. Y la apuesta a la repetición del juego nunca es sencilla entre estados (cambian los gobiernos, cambian las sociedades) y mucho menos con un problema nuevo, que no requirió de coordinación en el pasado. Sin embargo, la tendencia a percibir resultados negativos en materia climática se estaría transformando en un incentivo a la cooperación global. El calentamiento del planeta ha dejado de ser una abstracción y hasta en los países ricos se palpan los dramas derivados de las temperaturas extremas. 

Objetivos. En 2015, la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático Nro. 21 (conocida por sus siglas COP21) dio lugar al conocido como Acuerdo de París. Este acuerdo fue un parteaguas, en tanto los líderes mundiales se pusieron de acuerdo en dos cosas: la temperatura global a fin del siglo no debería ser mayor como máximo en 2º e idealmente en 1,5º respecto de la temperatura pre-industrial y, para ello, cada país se comprometió a contribuir individualmente a ese objetivo, poniendo sobre la mesa contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC por sus siglas en inglés). Las NDC de 2015 fueron tomadas, simplificando un poco, como “punto de partida”: cada país a partir de ahí puede presentar nuevas NDC, pero siempre ampliando los objetivos, nunca volviendo atrás. 

¿Qué ocurrió luego de París? Lamentablemente, los resultados no son buenos. La mayor parte de los países no está pudiendo demostrar que con sus NDC resuelven el problema, pero lo más grave es que, aun en ese caso no se alcanzarán las metas de reducción del calentamiento para 2100. Efectivamente -de acuerdo con el último reporte de la iniciativa Climate Action Tracker- de continuar los países con sus políticas actuales, la temperatura global subirá en promedio 2,7º. E incluso si los países cumplieran con sus compromisos parciales para 2030, subirá 2,4º.

Qué pasa. ¿Qué está pasando? No soy de los que creen que la explicación hay que buscarla en causas de tipo moral (“los políticos son todos insensibles e hipócritas”) ni tampoco entiendo que sea un componente intrínseco del capitalismo del que solo saldremos a partir de su destrucción. Citando un viejo artículo del politólogo Adam Przeworski, hoy hay cierto consenso en que el capitalismo es el único sistema en la historia humana que ha logrado el objetivo de “alimentar a todos” es decir, se producen por primera vez en la historia más bienes que los necesarios para la supervivencia. Pero, afirmaba Przeworski, ello genera dos efectos que hay que saber administrar: la desigualdad económica extrema y la depredación de los recursos naturales. Insisto: estamos hablando de la primera vez que “nos podemos dar el lujo” de pensar en esos problemas porque hemos logrado producir más bienes básicos que los que necesitamos. Pero, efectivamente, no todos pueden acceder a esos bienes, y a veces la explotación de los recursos se hace de tal forma que se afecta gravemente el ambiente. Le estamos tirando los impactos de la generación de riqueza a los pobres extremos, y a las próximas generaciones.

¿Es un problema irresoluble? No, es un problema de incentivos. De hecho, algunos países ricos lo han podido resolver bastante bien, administrando los incentivos para que se pueda generar riqueza en condiciones inclusivas, y respetando el medio ambiente. 

Pero en una economía globalizada es más difícil salir del dilema del prisionero. Concentrémonos en el tema del calentamiento global: los estados, sobre todo los de las economías más grandes que más contribuyen al calentamiento, tienen problemas para “bajar al terreno” las medidas para cumplir con sus NDC. Problemas de todo tipo, siempre vinculados a cuestiones de incentivos: los líderes pagan “costos de audiencia” enormes porque le tienen que proponer a empresas y personas que deben gastar dinero, correr riesgo de perder su empleo o invertir más en nuevas tecnologías porque de lo contrario se afectará a gente de otros países o a las próximas generaciones. La gente protesta, siente que le están haciendo pagar por errores que no son su responsabilidad… bueno, ok, posterguemos un poco. O hagamos esto, pero no aquello. Y el problema persiste. 

Nada abstracto. El tema es que el demonio ha tocado a nuestra puerta. Las temperaturas cambian, las cosechas se pierden, los centros turísticos se inundan, hay incendios. Los empleos se pierden igual. Por primera vez el calentamiento global ha dejado de ser -para muchos- una abstracción. 

Y así llegamos a la COP26 de este año. Respecto de París, se pasó -muy moderadamente- a la acción. Algunos países presentaron compromisos con metas parciales y con estrategias para lograrlos. Y se firmaron dos acuerdos en los que, en apariencia, se avanzará. Uno de ellos está directamente vinculado a la generación de energía: la reducción en un 30% de las emisiones de metano (CH4) para 2030. Aunque Rusia, China y otros países no firmaron, si lo hicieran podría evitarse un aumento de 0,2º en la temperatura global. En lo que a la energía respecta, es un acuerdo con objetivos razonablemente alcanzables con la legislación adecuada, ya que no se requieren cambios estructurales en las pautas de consumo de combustibles. 

El metano es uno de los dos gases de efecto invernadero más poderosos, otro es el dióxido de carbono (CO2). Lo bueno es que el metano es un gas muy potente, por lo que la reducción de sus emisiones es muy beneficiosa. Lo malo es que hay mucho menos metano que CO2 en la atmósfera: 220 veces menos aproximadamente. Por lo cual, para generar un efecto real y duradero, es necesario emitir menos dióxido de carbono. Y ello no se logra únicamente con mayor eficiencia. Hay dos formas de lograr reducir la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera como producto de la acción humana. La primera es moderar (o idealmente, parar) la deforestación, para recuperar las capacidades de la naturaleza de capturarlo. La segunda es reducir el uso de combustibles fósiles. 

El otro gran acuerdo surgido de la COP26 apunta a compromisos de parar con la deforestación neta en 2030. Sobre el CO2 no hubo acuerdo, pero muchos países han anunciado que van a descarbonizar su generación energética y su transporte en plazos concretos y asequibles. 

Da la sensación de que, ahora sí, se están haciendo esfuerzos de coordinación para salir del “dilema del prisionero ambiental” y lograr la carbono-neutralidad en 2050 o antes. ¿Qué es la carbono-neutralidad? Un resultado neto de cero emisiones de gases de efecto invernadero, lo que significa que se emite a la atmósfera la misma cantidad de gases que se absorbe por otras vías. Por ello, es vital recuperar la capacidad de la naturaleza de capturar CO2 al tiempo que se emite menos. 

Y emitir -realmente- menos es ponerse de acuerdo en salir, más temprano que tarde, del uso de combustibles fósiles. Para mover vehículos, para calefaccionar y calentar alimentos, para generar electricidad. Es un esfuerzo enorme que nos lleva a preguntarnos si lo lograremos. Volvemos a lo mismo, todo se reduce a una cuestión de incentivos. Los países pagarán los costos de cambiar si la rentabilidad de la decisión es positiva, es decir si los costos de no hacerlo son más altos que los costos de hacerlo, y -al revés- si los beneficios de hacerlo se perciben como más altos respecto de no cambiar. 

¿Qué diferencia hay ahora respecto de la COP21? ¿Por qué deberíamos suponer que ahora sí se podrá? Primero, porque los riesgos se perciben más que antes, las balas pegan más cerca. Y por primera vez hay una conciencia muy generalizada en los países desarrollados que debemos ser más eficientes, por ejemplo, en el uso de la energía.  Y por otra parte porque ahora aparecen alternativas que antes no estaban a la mano, o los líderes mundiales no estaban dispuestos a considerar. Un par de ejemplos de lo primero son las tecnologías que aparecen para permitir que el ganado se alimente de otra manera y emita menos metano, o el ya mencionado compromiso para parar con la deforestación. 

Energía nuclear. Y hay particularmente un cambio que, silenciosa pero firmemente se está produciendo, al cual me gustaría referirme: muchos países del mundo han vuelto a poner la energía nuclear en la hoja de ruta. 10 años después del accidente de Fukushima, que parecía haberle puesto un misil en la línea de flotación a esta fuente de energía, vuelve a estar en la consideración de los planificadores energéticos, de las empresas y de los gobiernos. 

¿Qué ha pasado para que esto ocurra? En primer lugar, apareció el “efecto tragedia” como incentivo. La convicción de que se superarán límites irreversibles en las temperaturas globales, y la percepción de que esto es palpado por las sociedades, modificaron la ecuación. 

La energía nuclear combina dos condiciones que la hacen única: es limpia (prácticamente no emite GEI, o lo hace en cantidades insignificantes) y no es intermitente. Está casi siempre disponible y no depende de factores externos para estarlo. Las centrales nucleares tienen un factor de carga cercano al 90%, lo que significa que el 90% del tiempo están funcionando a su potencia máxima.  En un mundo que requiere coordinar para evitar una tragedia, la energía nuclear forma parte de la solución. 

¿Por qué la energía nuclear es importante? De acuerdo con los datos que provee la Agencia Internacional de Energía, un poco más del 50% de las emisiones de gases de efecto invernadero mundiales generadas por los humanos están ligadas a la quema de combustibles fósiles que se usan para generar electricidad o para transporte. Las opciones limpias a la mano, alternativas a la energía nuclear, son la hidroelectricidad, la energía eólica y la solar fotovoltaica. Las fuentes solar y eólica son intermitentes, y la hidroelectricidad ha llegado a su límite en muchos lugares del mundo (no hay tantos ríos caudalosos, y no se puede seguir inundando áreas extensas sin afectar el ambiente y la biodiversidad) además de ser también dependiente del clima. 

La intermitencia de las energías renovables no convencionales sigue siendo un problema porque, al no estar disponible todavía una tecnología que permita almacenar energía en forma masiva y barata, hay que buscar otras fuentes disponibles para generar energía de base, o para afirmar la energía renovable cuando ésta no aparece disponible, es decir, cuando no hay sol o no hay viento. Lo que ocurre en promedio en el 70% del tiempo. 

Los países que no disponen de energía nuclear o -teniendo esa opción- han decidido abandonarla, no tienen muchas alternativas: para generar energía de base o para afirmar renovables tienen que consumir energía de origen fósil, que emite GEI. Algunos importan energía fósil de otros países (lo que no es otra cosa que “exportar el riesgo”) pero al final del día la cuenta global es la misma. La paradoja está presente: en este esquema, no hay solución a la vista. 

Sustitutos. En la mayor parte del mundo (no en Argentina) hablar de energías fósiles implica la peor de las opciones: el carbón. Que no sólo emite GEI en altas cantidades, sino también partículas que al respirarse causan daño a la salud. 

Una buena opción -que el mundo está tomando- es reemplazar primero el carbón, adoptando en la transición fuentes fósiles mucho menos emisoras, como el gas, y acompañar esta decisión con medidas que mejoren la ecuación al extraer gas, como la ya mencionada respecto de las emisiones de metano.  

Pero tarde o temprano habrá que cambiar la ecuación y salir de los combustibles fósiles. No será posible alcanzar la carbono-neutralidad y mucho menos la emisión cero sin tomar esa decisión. Es necesario un cambio de paradigma. Y, para ello, no hay muchas opciones, al menos en el corto plazo. Hay que mirar a la energía nuclear nuevamente. Eso está pasando en Estados Unidos, en Canadá, en algunos países europeos. 

¿Significa que ya está, que volveremos a ver a los países construyendo grandes reactores nucleares? Definitivamente no. Los grandes reactores existentes en el mundo (en su mayoría, reactores de vasija refrigerados por agua) presentan varios problemas, de tres tipos: generan rechazo social por el recuerdo de los accidentes y por los residuos que generan (no tiene sentido ahora ponerse a argumentar que la tasa de accidente es bajísima y los residuos se gestionan bien, lo cierto es que el rechazo existe), son poco útiles para afirmar renovables porque su arranque es lento y -finalmente- se han vuelto caros.

Grandes y caros. La energía nuclear, así como la conocemos, es cara y problemática. Los reactores grandes se han vuelto comparativamente caros porque otras fuentes bajaron su precio, y porque sus costos se han encarecido, principalmente porque luego de los accidentes y de la reducción del mercado se han deteriorado las cadenas de suministro, y ello ha afectado seriamente los costos y los tiempos de construcción de los grandes reactores que, además, son máquinas Taylor-Made, construidas por unidad en cada sitio. Conclusión: se requieren enormes cantidades de capital, para obras que demoran mucho, cuyos tiempos además no se cumplen y que terminan costando carísimas. Y eso, al final, se paga. O en la tarifa o vía impuestos. Sumemos a ello el impacto en la sociedad civil de enormes máquinas que dan la sensación de que, si algo funciona mal, será una tragedia. No importa que en la práctica no sea así. 

La realidad es que, por diferentes motivos pero -sobre todo- por sus costos, los grandes reactores aparentan estar llegando al fin de un ciclo. No se dejarán de construir, pero su mercado se ha reducido exponencialmente. Y definitivamente no son la solución para la gran mayoría de los mercados eléctricos. 

Es como si el mundo dijera “nos dimos cuenta de que necesitamos imperiosamente a la energía nuclear, pero no la misma que tuvimos hasta ahora”. Se requieren máquinas más aceptables socialmente, más flexibles y, por sobre todas las cosas, más baratas. No habrá energía nuclear de nuevo -y por lo tanto nos estaremos perdiendo una herramienta de solución- si no se renueva tecnológicamente. 

La energía nuclear nació y creció en el mundo a partir de dos grandes “game-changers” que hicieron posible su despliegue: la guerra fría -en los 60- y el aumento de los precios del petróleo en la década del 70. En ambos casos hubo decisiones estatales que incentivaron la inversión en nuclear. Y también hubo decisiones estatales que la desincentivaron en los momentos de crisis, muy ligados a los accidentes. 

Hoy aparece un nuevo “game-changer”: el cambio climático. Y como en los otros dos casos, aparece nuevamente el estado incentivando a las empresas privadas a repensar la ecuación y a diseñar nuevos modelos de reactores, en general más pequeños, más simples, o que no usan agua como refrigerante (el agua se transforma relativamente rápido en vapor cuando se calienta, y el vapor no es muy bueno para extraer calor). Y la industria respondió, usando el dinero público y buscando capital privado para diseñar nuevos modelos. El resultado hoy es visible: más de una veintena de proyectos alrededor del mundo, que prometen modularidad y flexibilidad, tiempos de construcción cortos, poco capital inicial. Pero sobre todas las cosas, prometen costos mucho más bajos y competitivos con otras fuentes, porque ha cambiado, además,  el modelo de negocios: los reactores avanzados, más pequeños, son parte de un modelo de negocios basado en la fabricación en serie, similar al de la industria aerocomercial. Una red de proveedores regional, y una o dos plantas de integración y armado. Y los reactores podrán exportarse en contenedores o en piezas, , listos para ser montados en el sitio definitivo. 

Hay aún varios problemas por resolver. Problemas de suministros y regulatorios. Pero hay -por primera vez- un cambio de paradigma en la industria nuclear mundial. Nuevos modelos y también viejos modelos que habían sido dejados de lado cuando se adoptaron los reactores de vasija refrigerados por agua. Por ejemplo, el reactor Natrium desarrollado por TerraPower, una empresa de Bill Gates en sociedad con General Electric, es un viejo modelo de esta última, que se modernizó y al que se le agregó un sistema de almacenamiento de energía para mejorar su performance y hacerlo -a la vez- flexible. Existen también modelos modulares basados en reactores muy pequeños, que se construyen en un año y medio pero se montan en 60 días, cuyo tamaño prácticamente no genera rechazo social. 

Hay, literalmente, un cambio de paradigma en la industria nuclear como nunca hubo. Alguien recibió el mensaje y concluyó que de seguir con lo mismo no habría opción nuclear y por lo tanto la agenda climática sería mucho más áspera. 

¿El problema está resuelto? No lo sabemos. Todos los proyectos son por ahora diseños o construcciones poco avanzadas, o prototipos no competitivos comercialmente. Pero, sin dudas, hay un cambio. Hay inversión y hay cada vez más anuncios oficiales en el mundo planteando que la búsqueda de nuevas tecnologías nucleares es una opción válida. En la Unión Europea, ministros de energía y hacienda de 10 países están pidiendo que la energía nuclear sea considerada opción limpia por toda la Unión. Si todas las partes (sector privado, gobiernos, agencias regulatorias) hacen lo que les toca, habrá una salida al dilema del prisionero. 

Argentina. ¿Y por Argentina cómo andamos? Paradójicamente, siendo Argentina un país con capacidades nucleares probadas, y donde se está diseñando y construyendo un reactor nuclear pequeño y modular (el Carem) estamos atrapados en una discusión que atrasa, desvía y confunde. Seguimos debatiendo qué tipo de reactor grande y de tecnología importada vamos a comprar, cuando podríamos ser el hub regional de ingeniería y construcción de reactores pequeños. 

Las centrales nucleares de gran porte fueron una opción para nuestro país hasta hace algunos años. Por los argumentos que coloqué más arriba, entiendo que muy probablemente ya no lo sean. Argentina debería dejar de concentrar esfuerzos en construir un reactor grande, que seguramente requerirá endeudarse por mucho dinero y embarcarse en un proyecto que demorará casi una década (si no más) en concretarse. Lo que era bueno hace algunos años no tiene por qué serlo hoy. Las tecnologías evolucionan, los mercados cambian y las agendas públicas recorren caminos diferentes. 

¿Qué debería hacer nuestro país? Por un lado, terminar el Carem. Este proyecto fue relanzado por el primer kirchnerismo, se le imprimió un avance muy importante durante el gobierno que yo integré y lamentablemente se paralizó durante esta administración. No me quiero detener ahora en los motivos por los que ello ocurrió porque es un debate -a los efectos de este artículo- estéril. Lo cierto es que se ha anunciado que se reinicia su construcción. Si esto finalmente se concreta, bienvenido sea. El Carem debe ser una prioridad, y para ello hay que ayudar a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) a que lo termine. No solo colocando los fondos necesarios (durante nuestra administración el CAREM recibió 400 millones de dólares y pasó de un avance de 10% a 60%) sino también generando el marco para que la CNEA tenga incentivos para congelar la ingeniería y finalizar el proyecto. Ha pasado ya demasiado tiempo y es necesario mostrarle al mundo las capacidades que tenemos. 

Y también hay que cambiar el modelo de desarrollo. El Carem es un prototipo, no un modelo comercial competitivo. Ha servido para construir capacidades, evolucionar los conocimientos del sector y volver a la punta regional en materia de reactores de potencia. Pero no alcanza. La industria nuclear argentina, compuesta por una red de empresas de alta calidad, no sobrevivirá si dependemos sólo de un proyecto público cada tanto. Es necesario -para crecer, expandirse y generar divisas- cambiar el modelo, pegando un salto acorde al nivel de madurez de nuestra industria. Argentina debe abrirse al mundo y salir a buscar los proyectos que se están desarrollando, invitándolos a desarrollarse aquí. El sector público y el privado podrían convivir e incluso potenciarse, reproduciendo un cluster basado en conocimiento. 

Ello ha sido perfectamente posible en el sector de hidrocarburos y puede serlo en el sector nuclear. De hecho, podríamos desarrollar una “Vaca Muerta” nuclear, basada en conocimiento y en el desarrollo de energías limpias. Hemos alcanzado el grado de madurez necesaria para abrir el sector a la inversión extranjera, dando la posibilidad a nuestras empresas (públicas y privadas) de participar de un fenómeno que está generando corrientes de inversión en todo el mundo. Con que un 20% de los nuevos reactores que se están proyectando en el mundo se instalaran aquí, podríamos convertirnos en un hub regional de exportación de tecnología. Y tener los recursos para que el estado siga invirtiendo en investigación y desarrollo en el sector, sin exigir más de la cuenta al Tesoro Nacional. Existen en nuestro país empresas de calidad, tenemos una agencia regulatoria solvente. Y sobre todo tenemos los tres Centros Atómicos de la CNEA, verdaderos laboratorios de producción de conocimiento y de formación de recursos humanos de excelencia. Tenemos todo para convencernos de que la revolución tecnológica que está ocurriendo en el mundo no es una amenaza sino todo lo contrario: una gran oportunidad.

*Ex subsecretario de Energía Nuclear de la Nación. 

Profesor de la Universidad de San Andrés, Director del Programa de Estudios en Energía Nuclear de la UNTreF y miembro de la Fundación Argentina Global. 

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Julián Gadano
22 de Noviembre de 2021