El gran desafío es superar el falso dilema entre inclusión o calidad


Axel Rivas es director de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, donde es profesor e investigador, pero su presencia se extiende, además, a otras instituciones: es presidente del Consejo Nacional de Calidad de la Educación del Ministerio de Educación, es doctor en Ciencias Sociales por la UBA, master en Ciencias Sociales y Educación por FLACSO y realizó estudios doctorales en el Instituto de Educación de la Universidad de Londres. A lo largo de ese recorrido, publicó trece libros sobre temas de política educativa: Las llaves de la educación: estudio comparado sobre la mejora de los sistemas educativos subnacionales en América Latina (Santillana) y ¿Quién controla el futuro de la educación? (Siglo XXI), entre ellos y ha sido definido como el mayor experto argentino sobre el sistema educativo. Con una sucesión de mensajes de audio, responde las preguntas de Ñ sobre las encrucijadas del presente y los desafíos del futuro en las aulas.

–Si un país pudiera explicarse a partir de su sistema educativo, ¿qué dice de la Argentina este sistema?

–Este es un sistema que tiene una fuerte historia, con bases muy sólidas porque el sistema educativo fue muy importante a fines del siglo XIX en la política y en la construcción de la nación. Pero además tiene muchas dificultades: grandes desigualdades, propias de una sociedad muy desigual y de un país federal en el que el sistema educativo recibe todas las inequidades de esa esquema federal. También es un sistema que tiene fuertes características democráticas en su visión de cómo se pasa de un nivel a otro, aunque eso no quita que las desigualdades sociales sigan marcando la trayectoria de los alumnos. La mejor forma de ver esto es en el sistema universitario, que es gratuito, con libre acceso (sin examen de ingreso en la mayoría de las universidades públicas) y, sin embargo, presenta una baja tasa de graduación universitaria. Con lo cual podemos decir que la construcción de un sistema democrático no se pudo plasmar en la distribución de los aprendizajes de los alumnos. La educación sigue siendo una fuente de ruptura de la trayectoria social de los alumnos, pero no basta para torcer la situación social que heredan. En este sentido, nuestro sistema educativo es muy débil, como lo es en la mayoría de los países de América Latina. Y diría que al reflejar la estructura social, eso genera una cristalización de la desigualdad a través de la educación. En ese sentido, tenemos mucho camino por recorrer y muchos desafíos.

–Hay quien dice que el año pasado se perdió en términos educativos. Hay quien responde que se aprendió de otro modo. ¿Son compatibles esas dos ideas?

–Desde ya que hemos perdido muchas cosas. Ha sido un año muy doloroso y sigue siendo un tiempo de enormes consecuencias educativas y sociales. Pero no se ha perdido por completo el año pasado porque ha habido un enorme esfuerzo del sistema educativo por sostener los vínculos, por sostener el proceso educativo en la virtualidad, por adaptarse, por generar distintas líneas de continuidad (tanto desde las políticas nacionales y provinciales a través de plataformas, documentos, programas de televisión, distintas adaptaciones en la normativa) y también desde las propias escuelas y los docentes. Seríamos muy cortos de vista como sociedad si no valoráramos todo el esfuerzo que se hizo y si no comprendiéramos en qué contexto se hizo. Ayuda mucho más a la construcción de un sistema educativo sólido darles legitimidad a los educadores.

–Cuando la pandemia haya remitido (sea cuando fuera), ¿cree usted que la escuela será como la conocíamos o tendrá otras características?

–La pospandemia es algo que no sabemos bien cuándo va a ocurrir y nos deja mucha incertidumbre. El sistema educativo va a salir transformado en muchos sentidos. Uno de los aspectos positivos de todo lo que está pasando es que ha habido muchos aprendizajes: muchos docentes aprendieron a usar plataformas; a usar nuevos recursos; a planificar sus clases de nuevas maneras; a reorganizar los tiempos, los agrupamientos, los espacios y la evaluación. Todas cuestiones que eran bastante fijas y difíciles de modificar y que requerían modificaciones. Me parece que vamos a sacar muchos aprendizajes de prácticas y que eso es un gran capital que ya tienen los docentes y que van a seguir teniendo. Después, va a haber que conducir eso, va a haber que darles lineamientos de política y de organización y de sentido. Porque no son los actores solos quienes reorganizan el sistema educativo. En ese sentido, me preocupa más cómo se va a canalizar en las decisiones de política y en la articulación del sistema todo lo que hemos aprendido.

–El confinamiento impuso el uso de la tecnología de manera compulsiva (para quienes tienen acceso a ella). ¿Es necesariamente positiva esa incorporación?

–En el tiempo en el que vivimos la tecnología es una parte inevitable del proceso de aprendizaje y es una forma de expandirlo. Tener acceso a la tecnología y a internet, manejarse con la alfabetización digital, dominar la tecnología hasta cierto punto (por lo menos que no nos domine a nosotros), todo esto es parte de lo que un ciudadano del siglo XXI tiene que saber hacer para poder vivir más plenamente, expresarse y ser un actor en este mundo. El giro de la pandemia aceleró ese proceso, pero también acentuó las desigualdades porque ha sido mucho más fácil ir hacia esos códigos para aquellos que tienen más recursos, mientras han quedado más excluidos aquellos que tienen una conexión muy limitada o nula. Esto requiere de políticas de compensación de las desigualdades digitales. Por otra parte, creo que vamos a tener que encontrar un balance porque la tecnología también es muy dominante y absorbente: pide minutos y minutos de consumo de pantalla. Por eso, vamos a tener que ser capaces de diseñar una experiencia cultural que no pase solamente por la pantalla y ese desafío está también incluido en como enseñamos a vivir y habitar el siglo XXI y cómo enseñamos a construir miradas críticas que puedan ser capaces de obstruir el negocio y el poder de las plataformas que se meten en nuestra vida. Desde la tecnología podemos aprender a combatir la tecnología, pero no por fuera de ella.

–¿Es meritocrática la escuela argentina?

–La igualdad y la meritocracia son temas amplios y largamente debatidos en el mundo educativo, sobre los que existen muchas tradiciones de estudio. Yo diría que nuestro sistema educativo es un poco ambiguo: en sus bases históricas, la escuela secundaria ha sido siempre muy meritocrática; heredera del modelo francés, que es un modelo muy enciclopédico, con muchas materias y exámenes que se convierten en una carrera de obstáculos a la cual históricamente los sectores populares ni accedían porque estaba pensada para la selección social. En ese sentido, entonces, nuestra escuela secundaria se funda en un modelo meritocrático y excluyente y atraviesa en los últimos 30 o 40 años una gran transformación caracterizado por la masificación y la democratización pero que convive en una cierta paradoja con una visión, con una gramática, que es heredada de ese modelo meritocrático excluyente. Creo que el gran desafío es superar esa paradoja y los falsos dilemas entre inclusión o calidad. En el campo educativo, ese falso dilema está claramente superado en lo conceptual, pero no en la práctica: sabemos cómo hay que hacer para conciliar la igualdad y la calidad, pero no es fácil de llevar a la práctica a nivel del sistema educativo cómo crear aulas y pedagogías más justas que puedan dentro del aula generar mayores posibilidades para aquellos que tienen contextos sociales desaventajados. Ahí es donde tenemos mucho camino por recorrer, sobre todo en la formación de los docentes y en la creación de pedagogías más potentes que no sean simplemente la reproducción igualitaria en serie de la enseñanza, sino pedagogías que sepan trabajar con los grupos personalizando, la enseñanza con proyectos, con preguntas, con una mirada muy inquisidora que vaya instalando la capacidad de aprender a aprender.

–En países como Francia, la carrera docente es universitaria y quienes se dedican a ella tienen (aún) valoración social positiva. ¿Qué pasa en la Argentina?

–En el mundo hay muchos sistemas de formación docente y también tenemos que tener siempre en cuenta nuestra propia historia: no se trata solamente de mirar lo que pasa en el mundo y aplicarlo. Nosotros tenemos una tradición de formación docente en instituciones terciarios y me parece que hay que generar una política más sólida. Algunas cosas se han hecho desde ya para el fortalecimiento de los institutos, que no implica necesariamente pasar a un modelo de universidad. Ese es un un cambio que muchas veces desconoce el valor de las instituciones formadoras y que intenta ir por una solución radical que es empezar todo de nuevo: eso en educación no funciona. Tenemos que ser capaces de trabajar con las instituciones que tenemos porque son las que saben formar docentes, probablemente con un rediseño porque hay más de 1.300 institutos y es una cantidad demasiado grande. Creo que habría que tratar de refuncionalizar a algunas de ellas (para que hagan un trabajo de formación de los primeros años, de apoyo local, de capacitación con las escuelas) y concentrar el resto del tramo de la formación en menos instituciones, pero de una manera organizada, dialogada, consensuada porque cada provincia es distinta y no se pueden imponer las cosas de arriba hacia abajo. Entonces, sí creo que necesitamos un mejor sistema de formación docente y un plan muy sólido a largo plazo para garantizar una mejor formación. Dicho esto, la formación no puede desligarse las condiciones de trabajo de los docentes y de su salario. Si queremos poner metas más ambiciosas de formación tenemos que también pagar mejores salarios: las dos cosas forman parte de una misma ecuación y de una mirada largo plazo para que eso vaya construyendo un perfil de la docencia más buscado, más legitimado socialmente, más prestigioso y que vaya haciendo que ser docente sea una carrera difícil y bien paga. Esa construcción no se puede hacer un día para el otro, tiene que estar en el horizonte para atraer mejores perfiles a la docencia y que sea un lugar visto con mucho prestigio para también construir desde ahí las respuestas del sistema educativo del futuro.

 

 

Clarín
12 de Mayo de 2021
Foto de Axel Rivas