¡El que no se escondió se embroma!


Federico Sturzenegger
Profesor Plenario de la Universidad de San Andrés

Esta semana se podría escribir sobre muchos temas. Por ejemplo, sobre la inefectividad de la cuarentena (mi colega Eduardo Levy Yeyati, con datos del último año para 120 países encuentra que luego de un breve período las cuarentenas suben los contagios: es que si la gente no puede salir a la calle, termina juntándose en lugares cerrados); esta semana sería lógico también escribir sobre los efectos de cerrar las escuelas (David Jaume y Alexander Willen, en un trabajo publicado por la Universidad de La Plata, encuentran que en la Argentina cada cuatro meses sin clases implica que los ingresos futuros de los estudiantes caen 3% ¡durante el resto de sus vidas!); se podría también escribir sobre los efectos de largo plazo de una pandemia (Silvia London de la Universidad del Sur encuentra en el censo de 1970 ecos de la pandemia de 1918).  Pero es imposible no detenerse en el 4,8% de inflación de marzo, cuyo único costado positivo, por buscar alguno, es reafirmar que el Indec sigue siendo creíble (ojalá eso siga así).

Téngase por avisado que por cada punto de inflación el Gobierno recauda 25 mil millones de pesos. Con lo cual una simple regla de tres nos confronta con la realidad de que los casi 5 puntos de inflación, como los de marzo, son 125 mil millones de impuestos adicionales que el Gobierno recaudó ese mes. Un impuestazo impresionante. Piense, querido lector, que todo el show de Ganancias fue para bajarlo 40 mil millones. Como decía Obi Wan Kenobi,  “no les creas a tus ojos, pueden engañarte”.

Ante tamaño impuesto es sorprendente la vocación contributiva de los tenedores de pesos. Entre ellos la de los tenedores de plazos fijos, que tienen el 96,5% en la modalidad tradicional que rinde un 35% cuando podrían optar con igual facilidad por la versión UVA, que rinde 75%... y pensar que después los ricos se quejan del impuesto a la riqueza.

Las implicancias de que la sociedad tolere tanta inflación tan mansamente deberán un día ser abordadas por los psicólogos (como también el hecho de que tantos economistas en la Argentina sigan creyendo que bajar la inflación es el problema y no la solución).  

Quizás para poder tomar perspectiva de este problema durante la semana  nuestro ministro de Economía, después de hacer una reestructuración de la deuda que pulverizó la reputación del país comprometiendo seriamente nuestras posibilidades futuras de crecimiento, ha retomado su cruzada en la que pareciera querer argumentar que la mejor política para el país es la de no cumplir nunca con ningún compromiso previo. Ni siquiera aquellos firmados por funcionarios de la misma extracción política de quienes hoy cumplen responsabilidades de gobierno.

Humillándose y humillando al país, recorrió Europa para tratar de prorrogar el último pago al Club de París. Le dijeron que no. Respuesta previsible, por otra parte, si tomamos en cuenta que cuando se negoció esta deuda el Club de París le pidió al gobierno argentino una excusa cualquiera para otorgarnos un esquema concesional con menores tasas y más plazo. “Pero no lo logramos”, me dijo una vez un alto oficial de ese organismo. Oscilamos así entre el orgullo patotero y la humillación propia.

Quizás anticipando estas tribulaciones, y mientras el FMI ya se prepara para el default de la Argentina que ven inevitable, el ministro había compartido una bella foto en la Capilla Sixtina, quizás un intento para comprometer una ayuda divina que pareciera no alcanzó para el Club de París.

Así, mientras seguimos pulverizando la reputación nacional, la inflación, trepa al 5% mensual. Es que la inflación es multicausal, pero de múltiples causas que solo tiene la Argentina. Solo la Argentina tiene la causalidad de empresarios escrupulosos (en otros países se sabe que los empresarios quieren perder plata), la causalidad de sindicatos que quieren más salarios para sus empleados (en los otros países bregan constantemente por reducirlos), la causalidad de la puja distributiva (en el resto de los países la gente quiere menos y no más), la causalidad de tener supermercados (en otros países el comercio se realizaría en mercados de trueque), la causalidad de exportar alimentos (por eso EE.UU. o Brasil tienen la inflación que tienen), o la causalidad de personas que no quieren que les roben sus ahorros (en otros países los ahorristas maximizan sus pérdidas). Pero la emisión monetaria, la única causalidad que se acepta en todos los países del mundo que tienen, digámoslo todo, una inflación anual menor a la mitad de la que acá tenemos en un mes, no, justo acá esa causalidad no la tenemos. ¡Qué suerte la nuestra! Así, pensamos que podemos usar la maquinita sin que genere inflación mientras le echamos la culpa al supermercado. Si no fuera porque en el Gobierno piensan esto, sería solo un mal chiste.

Así, el relato de la multicausalidad, repetida por analistas, ex presidentes del Central, políticos, y ahora incluso hasta por el FMI toma el lugar de una muletilla para que nadie piense que está simplificando un problema que claramente nos cuesta resolver. La contracara de la multicausalidad es afirmar que con la política monetaria  (ya sea manejada con la tasa de interés  o controlando la cantidad de dinero) no alcanza, aunque sí haya alcanzado en todos los otros países del mundo. Entonces nos confundimos a nosotros mismos, nos convencemos de que hay que hacer cosas que no van a la raíz del problema, y nos abocamos a ellas, lo que, obviamente, no sirve para nada.

Es por ello que no luce alentadora la respuesta del Gobierno al problema. Consistente con la visión multicausal, usarán controles de precios que sabemos que  funcionan de maravilla, les pedirán a los sindicatos bajar el salario real de sus trabajadores, persistirán en retrasar las tarifas, implementarán un observatorio que en todo caso servirá para lo mediático e implementarán prohibiciones a la exportación de algunos productos. Así, por ejemplo, bajaremos por un tiempito el precio del lomo, mientras  liquidamos el stock ganadero, eventualmente encarecemos el dólar por la menor oferta de divisas y terminamos en unos años con la carne más cara que en Suiza. Pero para entonces seguramente habrá otro a quien echarle la culpa.  ¡Y el que no se escondió se embroma!

*Federico Sturzenegger, profesor plenario Universidad de San Andrés, y profesor visitante en Harvard Kennedy School, y HEC, París.

 

 

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Federico Sturzenegger
27 de Abril de 2021