Eugenia Mitchelstein: Segundas partes (a veces) son mejores


Más de 50 puntos de rating. Alrededor de 5 millones de personas, o la mitad de la población, de la Capital Federal y Gran Buenos Aires. Casi tanto como la final Argentina-Alemania del año pasado en el Mundial de Brasil. O, dicho de otro modo, 37 puntos de audiencia más que el debate previo a la primera vuelta. El duelo entre Mauricio Macri y Daniel Scioli, al menos en términos de masividad, fue un éxito indiscutido.

¿Qué cambió entre el 4 de octubre y el 15 de noviembre? El primer factor, muy evidente, es la participación de todos los contendientes. Scioli no había aceptado debatir antes de la primera vuelta, tal vez confiado en una hipotética amplia ventaja que no se confirmó en las elecciones del 25 de octubre. También fue diferente la estructura del encuentro: puede ser más interesante ver a dos candidatos, de los cuales uno va a ser el próximo presidente, que una discusión entre cinco, algunos de ellos con casi nulas chances de ser elegidos. Tal vez por el cambio en la estructura, las pautas publicitarias duraron la mitad (pasaron de 24 a 12 minutos), lo que hizo más fácil atrapar a las audiencias. La menor cantidad de candidatos –o la habituación al formato- también puede haber contribuido a la disminución en las intervenciones de los moderadores (Rodolfo Barrilli, Marcelo Bonelli y Luis Novaresio), que hicieron menos hincapié en la naturaleza histórica del hecho y más en las reglas del encuentro.

Sin embargo, el factor decisivo parece haber sido la disponibilidad para transmitir el debate de los cinco canales de televisión abierta, y otros varios de cable de noticias, a diferencia del programa de hace seis semanas que sólo se vio en un canal de cable y uno de aire. Al no competir con varios programas de entretenimiento, el duelo se convirtió para muchos hogares en la única opción de contenido televisivo.

Quienes sintonizaron el debate, tanto como la primera opción como por default, se encontraron con dos candidatos que hicieron varias propuestas y más de una vez evitaron responder las preguntas que les realizó el otro. Quién ganó depende del universo que nos preocupe: es probable que para quienes tenían su voto decidido, haya triunfado su candidato. No sabemos cuántos de los indecisos miraron el debate y si definieron su elección en consecuencia. Podemos decir, sin embargo, que se encontraron con una cita protagonizada por cinco hombres (tres moderadores y dos candidatos) que no coincide para nada con una realidad política que incluye una gobernadora electa en la provincia de Buenos Aires, una candidata a vicepresidenta y una presidenta saliente. En algunos canales, como la TV pública y TN, parte de la pausa fue ocupada por comentarios tendenciosos a favor de un candidato u otro, que derrota aún más la lógica de la imparcialidad que la venta de yogur o vino. 

Con todo, el debate encerró un compromiso a futuro: quien sea electo presidente en una semana difícilmente se pueda negar a debatir en cuatro años. Espero que así como cada cuatro años nos reunimos frente al televisor a ver la final del mundial también nos encontremos para mirar el debate presidencial, sea para confirmar nuestras preferencias o para tomar una decisión electoral más informada. 

Bastión Digital
16 de Noviembre de 2015
Elecciones 2015