Fernando Zerboni: Economistas mareados en la matemática de la innovación

Se subestima la calidad de los empleos que generan las tecnológicas o los negocios de cooperación porque se los compara con los empleos tradicionales de ocho horas en una oficina con su seguridad asociada, afirmó el profesor de la Escuela de Administración y Negocios. 


Es cierto que la definición más popular de innovación, y una de las primeras, fue ideada por un economista: ya en 1908, Joseph Schumpeter hablaba de ella a partir de la "aplicación de nuevas combinaciones". Y también es cierto que mucha de la terminología y de los mantras que hoy están de moda en el campo de la innovación y el emprendedorismo ("experimentación", "prueba y error", "éxito del fracaso", "azar", "cooperación") fueron adelantados varias décadas en la obra del genial economista alemán Albert Hirschman, que falleció el 10 de diciembre de 2012 a los 97 años.

Pero también es cierto que Schumpeter, si bien tuvo su propia escuela de seguidores, no entró en la "corriente principal" de la economía de las últimas tres décadas. Y Hirschman, menos que menos: a pesar de sus aportes, nunca le dieron el Nobel y sus pares de la academia tendieron a ignorarlo porque no se ajustaba a los cánones de la disciplina de Keynes y Adam Smith. A Hirschman, un hombre de acción que a los 21 años se fue a pelear con las milicias republicanas en la Guerra Civil Española y protagonizó un escape de película por los Pirineos, en el frente aragonés, con un pasaporte falso lituano, esto no le importaba mucho: lo aburría soberanamente la vida de papers y campus universitarios.

A pesar de que hoy la agenda de la innovación está de moda y de que nadie duda de que incluye aspectos centrales para el crecimiento y el desarrollo de los países, los economistas recién ahora empiezan a abrirle el juego en forma más protagónica en sus estudios. Sus "gurúes", expertos y estudiosos son personas que vienen más del campo de la gestión, de la administración y de los negocios, y no tanto economistas académicos. En una reciente nota sobre la decadencia de los gurúes tradicionales, el semanario inglés The Economist señalaba que el conferencista mejor pago de la actualidad es Clayton Christensen, de Harvard, padre de la teoría de la disrupción. Christensen, dicho sea de paso, odia a los economistas.

"La economía enfrenta problemas teóricos, metodológicos e incluso prácticos para lidiar con la agenda de innovación", dice Lucio Castro, director del área de Desarrollo Económico de Cippec. "A pesar de desarrollos recientes, la economía siempre ha tenido dificultades para modelizar un fenómeno eminentemente dinámico como la innovación y sus impactos en el desarrollo -continúa Castro-; la medida del impacto de la innovación, la productividad, es también, parafraseando a un famoso economista, una medida de nuestra ignorancia."

La Asociación Argentina de Economía Política editó el libro Progresos en medición de la economía, con artículos de varios autores, editado por el profesor de la UBA Ariel Coremberg, en homenaje a Alberto Fracchia, donde se discuten los problemas centrales de medición de la "nueva economía". Las formas tradicionales de las cuentas nacionales ya no sirven para captar fenómenos de disrupción, big data y cooperación, y deben ser reformuladas para hacerlo con mayor eficiencia. "No todo lo que cuenta puede ser contado, y no todo lo que puede ser contado cuenta" es una frase de Albert Einstein que Coremberg, también investigador del Instituto Interdisciplinario de Economía Política, cita en la introducción del libro. "Los fenómenos disruptivos asociados a Internet y a la economía del conocimiento en general: redes sociales, comercio por Internet, buscadores, etc., generan nuevos fenómenos económicos que no se estarían captando en la medición tradicional del PIB en su completa magnitud -cuenta Coremberg-; parafraseando a (Robert) Solow, estos nuevos fenómenos disruptivos (computadoras decía el autor) están en todos lados menos en las estadísticas."

El debate reciente, más caliente e interesante en el campo del emprendedorismo, es una buena muestra de cómo estos sesgos y dificultades de medición pueden llevar a conclusiones ambiguas y discutibles. "Sin duda, la discusión más relevante en el mundo del entrepreneurship en el primer semestre de 2015 tiene que ver con la interpretación de la caída de la cantidad de start ups en países desarrollados, y principalmente en Estados Unidos", explica Mariano Mayer, director de Emprendedorismo de la CABA.

La luz de alarma la encendió un informe de Brookings, que destacó un "debilitamiento en el espíritu emprendedor" estadounidense porque hay menos start ups (compañías nuevas), y porque hay más empresas que sobreviven más allá de los 16 años. El fenómeno se replica en otros países desarrollados, como Alemania.

El profesor de Babson Daniel Isenberg es quien lleva la voz cantante en este debate con una visión opuesta a la de Brookings. Para empezar, Isenberg apunta que muchas de estas compañías "viejas" siguen siendo íconos de la innovación, como eBay (19 años), Google (16), Starbucks (43), Netflix (17), Apple (28), Cisco (30) o Dell (30). Lo importante, dice el académico, no es el número de start ups, sino la cantidad de lo que él llama Scale Ups: empresas fuertemente dirigidas hacia el crecimiento y la formación de empleos estables. "La última evidencia empírica muestra que una declinación suave en el surgimiento de nuevos negocios está asociada a mayores ingreso per cápita", argumenta.

La conclusión de Isenberg es contra intuitiva: la mayoría de los economistas "enredados en la matemática de la innovación" suelen tomar a la formación de nuevas empresas como un indicador directo de robustez en el proceso de innovación. "Los start ups son fáciles de contar", dice el profesor de Babson, "pero son las empresas que escalan, más maduras, que tienen líderes creativos que están permanentemente atentos a nuevas trayectorias de crecimiento, las que mejoran la sociedad, con empleos, calidad de vida e innovación".

Para el especialista en estrategia empresarial de la Udesa Fernando Zerboni, se subestima la calidad de los empleos que generan las tecnológicas o los negocios de cooperación (Uber) porque se los compara con los empleos tradicionales de ocho horas en una oficina con su seguridad asociada. "Pero estos proyectos desarrollan otros habilidades blandas, más asociadas al emprendedorismo, muy valiosas en el mundo que viene", marca Zerboni. Y pone como ejemplo al ecosistema de MercadoLibre, donde vendedores entran de manera informal y con los años se profesionalizan.

Para fomentar el surgimiento y crecimiento de "unicornios" (firmas que en pocos años alcanzan una valuación de más de 1000 millones de dólares), Isenberg da sus consejos. Él cree que el "espíritu emprendedor" es un atributo inherentemente humano y que, por lo tanto, más que promoverlo hay que "liberarlo", removiendo la mayor cantidad de barreras burocráticas. "Tres mil años atrás los fenicios de Tiro tenían un espíritu emprendedor global tan fuerte como las start ups que hoy florecen en Tel Aviv, Israel", dice Isenberg.

Hay que simplificar al máximo la plataforma de lanzamiento de proyectos, pero no hay que "discriminar a favor de los emprendedores", porque se quitan incentivos al crecimiento. Da el ejemplo de Brasil, con una política exitosa para pequeñas empresas nuevas, que crecen hasta tener nueve empleados, porque el salto a 10 es una pesadilla de impuestos y regulaciones. O de Francia, donde es un 100% más probable encontrar una empresa con 49 empleados que una con 50: allí está el límite de la definición de nuevos y pequeños emprendimientos que se quieren fomentar.

La versión original de la nota puede verse aquí: http://www.lanacion.com.ar/1801422-economistas-mareados-en-la-matematica-de-la-innovacion

La Nación
18 de Junio de 2015