La verdad incómoda que nos recuerda la pandemia


Lucas S. Grosman
Rector de la Universidad de San Andrés

Guido Calabresi es uno de los juristas más influyentes de las últimas décadas. Fundó el Análisis económico del derecho, junto con Ronald Coase y Richard Posner, y algunas de sus obras, como El costo de los accidentes y Decisiones trágicas, cambiaron el modo de entender el derecho en todo el mundo.

Durante décadas, Calabresi dictó un curso de Daños en la Facultad de Derecho de Yale, donde aún hoy es profesor emérito. Como parte ese curso, todos los años solía plantear a sus alumnos un problema hipotético que puede servir, creo, para poner en perspectiva algunos de los dilemas que nos presenta la actual pandemia. Imaginen, les decía Calabresi a sus estudiantes, que son la autoridad máxima de su país. Un buen día se les acerca un duende maléfico y les ofrece una máquina mágica que traerá muchísima prosperidad y desarrollo a su comunidad, generará un salto tecnológico pocas veces visto y abrirá las puertas a actividades productivas y recreativas que hoy ni imaginamos. Sin embargo, la máquina, para funcionar, demanda que cada mes el país sacrifique la vida de 3.000 personas. ¿Aceptarían ustedes la oferta del duende?

Aquí se abría el debate. ¿Cómo se elegirían las personas que serían sacrificadas?, preguntaba algún alumno. Al azar, respondía el profesor. Si la máquina traerá tanto desarrollo, ¿no serán más las vidas que se salven que las que se pierdan como sacrificio?, preguntaba otro. Se salvarán vidas, efectivamente, concedía Calabresi, pero no serán tantas como las que se perderán. La cosa entraba entonces en un terreno pantanoso, y la discusión continuaba. En general, al final los alumnos interpelados tendían a rechazar la propuesta. Ante esto, y tras un silencio escénico, Calabresi les anunciaba: “Tengo una noticia: ya la aceptamos. La máquina del duende maléfico se llama automóvil”.

El poder de la analogía radica en que 3.000 es, aproximadamente, la cantidad de muertes por accidentes de tránsito que ocurren por mes en Estados Unidos. Obviamente, hay diferencias. Una muy importante es que tenemos cierta capacidad para reducir esas muertes, a diferencia de las demandadas por la máquina. Pero más allá de eso, el ejemplo nos enfrenta a una verdad incómoda: como sociedad, estamos dispuestos a convivir con cierta cantidad de muertes en pos del progreso o del bienestar. Prohibir los automóviles (y los camiones, ómnibus, etc.) salvaría muchas vidas, pero implicaría otro tipo de sacrificios que, evidentemente, no estamos dispuestos a hacer.


Sin llegar tan lejos, podríamos imponer regulaciones que hicieran que estos medios de transporte fuesen muchísimo más seguros. Ahora bien, ¿en qué medida aceptaríamos que mucha menos gente pudiera acceder a ellos, y a todos los productos que dependen de ellos, como consecuencia del encarecimiento y las limitaciones que esas regulaciones traerían? Esta pregunta no tiene una respuesta igual para todas las sociedades, pero resulta claro que no basta que una regulación reduzca el riesgo sobre la salud para que estemos dispuestos a adoptarla sin importar los costos.

Si alguien cree que esta conclusión es producto de perversiones políticas o de alguna conspiración internacional, lo invito a pensar en cómo funciona esto mismo a nivel personal. Constantemente decidimos involucrarnos en actividades que ponen en riesgo nuestra vida, no porque la despreciemos, sino porque entendemos que una vida que vale la pena necesariamente involucra asumir ciertos riesgos. Más aún, no destinamos hasta el último peso disponible a proteger nuestra salud, sino que optamos por un paquete de gastos en el que la salud sin dudas ocupa un lugar importante, pero donde también hay espacio para la educación, la vivienda, la movilidad y hasta la recreación. ¿Podríamos reducir aún más los riesgos que asumimos gastando más en salud? Seguramente. Pero llegará un punto en que hacerlo nos impondrá costos que no estaremos dispuestos a aceptar, porque ello, en un mundo de recursos escasos, implicaría renunciar a otras cosas a las que no queremos renunciar.

Por eso, está más allá de todo debate que existe una tensión entre la protección de la salud y la realización de actividades productivas, culturales o recreativas. Esta tensión existe siempre, más allá de la actual pandemia, aunque ésta nos fuerce a tomar de manera explícita ciertas decisiones que, en tiempos normales, tomamos de manera implícita o desapercibida.

Sería un error negar esa tensión, y también lo sería creer que ella siempre se resuelve a favor de la salud. Por otra parte, y para agregar complejidad al análisis, la salud suele estar presente en los dos términos de la ecuación, y debemos tener cuidado de no dejarnos obnubilar por los riesgos más visibles o palpables, que no son siempre los más relevantes. Por eso, la pregunta interesante no es si debemos permitir que existan los autos (o lo que fuera), sino en qué condiciones los permitimos, para lograr un balance entre los distintos intereses en juego que resulte razonable en nuestra sociedad. Al duende maléfico no le podemos cerrar la puerta en la cara, pero le debemos negociar las condiciones. Es eso, precisamente, lo que estamos discutiendo en estos días en que nuestras decisiones trágicas se tornan más explícitas.

INFOBAE
Lucas S. Grosman
28 de Abril de 2020
Lucas Grosman