Malas palabras y altura


Silvia Ramírez Gelbes
Directora de la Maestría en Periodismo

Según cuentan quienes saben, exploradores del siglo XVIII observaron que, en la religión primitiva polinesia, el tabú es tanto lo más sagrado e intocable cuanto lo prohibido e impuro: ni lo sagrado ni lo desagradable se tocan o se nombran. Como afirma James Frazer en La rama dorada, con el paso del tiempo y de los contactos entre sociedades, los tabúes comienzan a perderse como tales, pero dejan huellas en el rechazo a ciertas palabras relacionadas con ellos.

En principio, las palabras tabú son las que no se dicen porque no se pueden decir, porque resulta imposible pronunciarlas, porque hay algo interior que censura el emitirlas. Así, en algunas culturas no se nombra a Dios. Y, más cerca, algunas personas no mencionan el cáncer (¿para alejarlo?) y lo llaman “la papa”. O les dicen “bichas” a las víboras, pues creen que su sola mención descarga en quien las menta la mala suerte.
Pero, como digo, las palabras tabú van deslizándose con el paso del tiempo y deviniendo en palabras que se profieren –entre otras funciones– como insultos. Diversos son los campos de significado a los que esas palabras se ligan en las distintas comunidades. En Suecia, se dice, esas “malas palabras” tienen que ver con el demonio. En España, en cambio, uno de esos campos es el de los elementos asociados a la misa –“hostias”, “el copón”–. Entre nosotros, suelen ser  términos que refieren a los órganos y las actividades sexuales y a lo escatológico. 

De algún modo “malsonantes”, las malas palabras usadas con un sentido injurioso (porque hay otros sentidos, en los que no me detendré aquí) son descriptas como vulgares, agresivas, indignas o inmorales. Y resultan francamente rechazadas por las situaciones formales.

Es que estas palabras informalizan hasta el extremo cualquier situación. Acercan a quienes están comprometidos en el intercambio hasta ponerlos a la misma altura, en el mismo acotado territorio. Por esa razón, suelen ser impugnadas por los discursos académicos, por los discursos periodísticos (fuera de las citas textuales) y por los discursos públicos.

Hay una tendencia en nuestra época, sin embargo, constatable empíricamente, a horizontalizar –esto es, a informalizar– todo intercambio discursivo. A principios de los 90, ningún medio (ni gráfico ni audiovisual) se animaba a publicar o reproducir una mala palabra (aún hoy se leen, a veces, los puntos suspensivos o las iniciales que eufemizan estas expresiones). En la actualidad, se oyen en la radio y en la tele, se leen en los sitios digitales.

Hace apenas unos días, el jefe de Gabinete de la Nación, Santiago Cafiero, al inaugurar el Consejo Multisectorial de la Juventud en el Museo del Bicentenario de la Casa Rosada, dijo “Somos un país maravilloso, Argentina no es ese país de mierda que a veces quieren retratar”. Y esa expresión (“de mierda”) mereció distintas réplicas.
Hace apenas unos días, el jefe de la bancada de Juntos por el Cambio en Diputados, Mario Negri, expresó en la Cámara: “Somos argentinos que no queremos que este país se vaya a la mierda”. Y su expresión (“a la mierda”) también mereció reclamos.
Para empezar, no debería olvidarse que Cafiero invoca implícitamente el documento que el 17 de agosto de 2018 firmaron los intelectuales argentinos del Grupo Fragata. Allí, al hablar del oficialismo de ese entonces, afirmaban: “Gobiernan la Argentina como si fuera un país que debe achicarse, ‘sincerarse’, avergonzarse, retraerse. Gobiernan la Argentina como si fuera un país de mierda”. Y, para seguir, no puede olvidarse que en los discursos parlamentarios no resultan tan infrecuentes los improperios.

La cuestión, como fuere, es si todas las situaciones, en la Argentina, admiten recategorizaciones informales. Si estamos todos parados –siempre– en el mismo acotado territorio y a la misma altura.

¿Será que nos iremos a morir de horizontalidad? Yo creo que no.

*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés. 

 

Silvia Ramírez Gelbes
19 de Julio de 2021