Marina Bericua: José López, todo un helenista


La búsqueda por terminar un capítulo para un libro de Derecho Comercial me llevó a revisar otro de Noble Foster Hoggson sobre la historia de la actividad bancaria. Hoggson cuenta cómo aquello empieza con los babilonios y su famoso Código de Hammurabi, que ya hablaba de la entrega a terceros de tesoros y valores para que fueran custodiados y cuidados. Ya en el año 2.000 antes de Cristo, el Código de Hammurabi decía: “Si un hombre entrega plata, oro y cualquier otra cosa para su custodia, cualquier cosa que entregue deberá mostrarla a testigos y establecer los contratos correspondientes antes de hacer los depósitos”.

Hasta aquí sólo es un libro de historia sobre una actividad económica, pero cuando esta obra de 1926 comienza a describir el modo en que se desarrollaba la actividad en Grecia el relato adquiere la capacidad de hacernos esbozar una sonrisa o, dependiendo de nuestro estado de ánimo, algunas lágrimas.

Según cuenta Hoggson, desde Grecia que nos llega la inspiración para lo que son las modernas cajas de seguridad o cajas fuertes. Como la nación estaba dividida en varios estados y ciudades, que usualmente estaban en guerra unos con otros, los griegos descubrieron que los templos religiosos eran los únicos lugares que podían funcionar como cajas fuertes inviolables. Las clases educadas de Grecia entendían que por principios religiosos de los más creyentes, y por las supersticiones de los que no creían, nadie podía animarse a entrar en estos lugares sagrados y hacerse de tesoros ajenos.

En un comienzo, los templos no cobraron ningún tipo de comisión por tener “en depósito” estos valores, pero Hoggson destaca que los registros demuestran que los sacerdotes sí recibían presentes y regalos por los servicios de custodia. El autor, inclusive, hace referencia a cómo en el Partenón existía un recinto especial que se usaba como bóveda para contener los valores depositados por los devotos. En el caso de algunos templos en los que no existía un cuarto para los tesoros, parte de los pórticos eran separados para funcionar como lugares de seguridad; inclusive, en los templos más ricos de Delfos y Olimpia se construyeron pequeños recintos especiales para acomodar la gran cantidad de tesoros que eran depositados para su cuidado.

Si bien no es nueva ni desconocida la relación entre los tesoros y valores con los templos religiosos (en Egipto los nobles eran enterrados con joyas que las acompañarían en su vida después de la muerte, y en India los adoradores de los dioses ofrendaban tesoros millonarios que quedaron escondidos en cámaras secretas de muy difícil acceso), el libro de Hoggson nos demuestra que los templos eran utilizados como verdaderas cajas fuertes para valores que no eran donados ni ofrendados, sino que debían ser devueltos a los depositantes luego de cierto tiempo.

El reciente escándalo de corrupción protagonizado por el ex funcionario kirchnerista José Francisco López, que tiene como escenario al monasterio de las Monjas Orantes y Penitentes de Nuestra Señora del Rosario de Fátima, provocó sorpresas por la originalidad y audacia de sus protagonistas. Sin embargo, un poco de investigación histórica nos demuestra que la trama que nos mantuvo en vilo durante las últimas semanas tiene muy poco de original y mucho más de una clásica tragedia griega.

Bastión Digital
25 de Julio de 2016