Si Sarmiento viviera, cerraría las escuelas, pero también las brechas digitales


Alejandro Artopoulos
Profesor de la Escuela de Educación

Los sistemas educativos son más complejos de lo que creemos. De hecho no deberían seguir llamándose solo sistemas. Como los ecosistemas nos plantean los dilemas del cambio climático, los edusistemas, si me permiten la licencia, nos plantean hoy los dilemas de la plataformización. Cuando en 2020 recibimos la virtualidad entre las primeras palabras naturalizadas del vocabulario pandémico nunca imaginamos que terminaríamos “en este lío”.

Junto a aislamiento social, asintomático, pangolín, o tapabocas, el teletrabajo y la virtualidad educativa llegaron de la mano de Zoom, Meet, Skype o Jitsi. Como salvavidas las apps nos convencieron que las videoconferencias en las que participábamos realmente eran reuniones, conferencias, o clases. Fantasía tan poderosa que hasta se sumaron propuestas de experimentación lúdica como los Zoompamentos o el entretenimiento vanguardista del teatro online. 

Estos formatos, así como las reuniones de trabajo con facilitación, y las clases virtuales balanceadas con asincronía -es decir, con actividades educativas en línea por fuera de esas clases- demostraron una posible virtualidad “cuidada”. Se apoyaron en “romper la cuarta pared” y en la expansión del espacio virtual, logrando por momentos niveles de empatía presenciales, conexión en el trabajo compartido y la sensación cómoda de habitar un espacio virtual de aprendizaje diseñado para la experiencia híbrida. 

Pero también, paralela al COVID-19, sufrimos la epidemia de “Fatiga de Zoom”: un descuido llevó a otro. La alternativa mágica y hasta divertida al cara a cara al poco tiempo se volvió el infierno de maratones de 5 horas de clase.

Estudiada por psicólogos cognitivos, la fatiga de Zoom, que no distingue entre adultos, niños o adolescentes, se manifiesta por una ansiedad acumulativa y agobiante generada durante las videoconferencias por la exposición de la imagen propia en línea, que obliga a esfuerzos para cuidar el aspecto, lo que se dice y cómo se dice,  los problemas técnicos de sonido o de imagen o “la tiranía de la conexión”, el estrés generado por la disociación cuerpo-mente, dada la tensión entre las demandas del entorno hogareño y la atención fijada en el “encuentro” virtual.

La Fatiga de Zoom pudo ser aliviada sólo por los países cuyos estados tuvieron una estrategia de enseñanza activa en la nube -es decir, con actividades virtuales asincrónicas-, basadas en la inversión que hicieron antes de la pandemia en plataformas de enseñanza complementarias de la sincronía. En Inglaterra, por ejemplo, afectada por una reclusión de tres meses en invierno por el ataque de la cepa autóctona, las clases virtuales se apoyaron en plataformas asincrónicas especializadas por nivel y disciplina y ejercieron la presencialidad con sentido cuando la situación epidemiológica lo permitió. Fue perfectamente posible la continuidad pedagógica de calidad por hasta tres meses inclusive en la educación pública.

Para los niveles inicial y primario fueron medidas de emergencia. Pero en el nivel secundario incluso resultaban promotoras de un futuro educativo híbrido deseable para el nivel. Cuando se ejerce con el sentido de las pedagogías activas, el secundario en línea no solo es de calidad sino también puede inclusive mejorar la mera presencialidad, dado que alienta habilidades blandas deseables en los adolescentes como son el aprendizaje y el trabajo autónomos y fuerza al sistema a cerrar las brechas digitales.

En la Argentina, por el contrario, el uso (y abuso) del Zoom en la enseñanza, en gran medida de gestión privada (paradójicamente gracias a la brecha digital) produjo el equívoco de que la calidad de la educación y la garantía de la igualdad de oportunidades depende exclusivamente de la presencialidad. Un equívoco que no sucede, como vimos, en los países avanzados, y no debería suceder tampoco en los que buscan desarrollarse, si la brecha digital fuera considerada más que solo un problema de acceso a dispositivos y conectividad.

Aún cuando el Plan Conectar-Igualdad hubiera funcionado a la perfección y el gobierno de Cambiemos lo hubiera continuado (tal como lo afirmó el entonces ministro Bullrich en 2016, cosa que no sucedió) nunca hubiera preparado al país para enfrentar la Pandemia, dado que no contemplaba la enseñanza virtual o en línea, sino solamente el acceso al dispositivo.  

Tampoco se incorporó la nube y mucho menos se redujo la brecha digital cuando Cambiemos lanzó su estrategia de Educación digital, programación y robótica en 2018. En conclusión, cuando llegó el COVID el atraso pedagógico de todo el sistema educativo derivó en el reemplazo mecánico de la presencialidad por la virtualidad con conectividad y por WhatsApp o Google Classroom para los “caídos” en la educación pública.

En estos días aprendemos por el camino difícil que la brecha digital es más profunda de lo que pensábamos. Que no afecta solo a los sectores populares. De hecho, muchas familias de clase media tuvieron que salir a comparar notebooks a principios del 2020. La escuela hasta ese momento no les había demandado su uso. Iban a escuelas de “calidad” analógica.

Una nueva brecha digital -ya no de acceso a los dispositivos- que develó la pandemia no estaba en la agenda de las desigualdades. Quizá solo por ahora se pueda reconocer como el “Homework Gap”, brecha de tareas, la desigualdad entre estudiantes que tienen acceso a banda ancha y los que no. 

Aprendimos que la presencialidad no puede ser sustituida por la virtualidad solo porque se pueda, que la materialidad tiene su función, que la presencialidad y la virtualidad tienen un sentido ensamblado pedagógico y curricular. Lejos de anticipar la pandemia, en muchos países se incorporó la nube en la enseñanza porque para ellos internet no solo era un medio sino un contenido, conocimiento en sí mismo, que impacta en la formación de la ciudadanía digital y los nuevos saberes fundamentales para la vida. 

Sin liderazgo tecnopedagógico aún con presupuestos infinitos también se atrasaron los colegios privados más caros del país. Por eso, apelar a Sarmiento para abrir las escuelas es tan erróneo como extemporáneo. Probablemente Sarmiento, que creó la escuela pública entre otras cosas para apuntalar la salud pública como su componente esencial, con la inversión que desplegó la ley 1420, traspolada al presente, en un momento de alta circulación de un virus, cerraría las escuelas pero también todas las brechas digitales. Y si no hubiera dispuesto de ese presupuesto, por lo menos no habría hecho la plancha con la virtualidad entre marzo de 2020 y el presente, como sucedió en la Ciudad de Buenos Aires y en la Nación.

Algunos fundamentos de nuestra vida no cambian sólo porque la tecnología haga maravillas. Sin un estado que intervenga, la educación se convierte en una bandera partisana entre la brecha digital y la calidad. De cara a la pared de la segunda ola los fundamentos de lo público estallaron, se resignificaron.

Cuando Trotta forzó la renuncia de Adriana Puiggrós en agosto del 2020 y desarmó la Dirección de Educación Privada que la pedagoga había rearmado luego del cambio de gobierno, dejó el sistema educativo como al reactor nro. 4 de Chernóbil. Sin capacidad de detener la práctica abusiva de la sincronicidad como reemplazo de la presencialidad, entregó el argumento que tomó la oposición para “robar” las banderas progresistas de la igualdad educativa.

La experiencia vital de corroborar, aunque sea por poco tiempo, la potencia de la educación híbrida, como sucedió con la fisión del átomo, liberó energías y a la vez contaminó el debate político. La cuestión educativa se volvió radiactiva. Golpeada por la pandemia y acelerada por la transformación digital, la educación se volvió una manta corta tironeada entre ricos y pobres. 

Debajo de las superficies de las obviedades, todavía hay aprendizajes que necesitamos asimilar para entender cómo vamos a surfear la segunda ola y los tsunamis del mundo híbrido que viene.

El Diario AR
Alejandro Artopoulos
28 de Abril de 2021