Silvia Ramírez Gelbes: El engaño discursivo

"Se sabe que la Argentina es un país raro. Debe ocurrir que la lengua funciona aquí como esos espejos de los parques de diversiones: distorsionando. Y a la manera de un doble discurso disfraza de igualdad lo que a ojos vistas no es igual. O tal vez sí es igual, pero en un orden más ontológico. Y no pretendidamente igual por cuestiones de corrección política. O de incorrección política, lo que, entre nosotros ya no sería una rareza", opinó la directora de la Maestría en Periodismo.


La Argentina, se sabe, es un país raro. Pero la rareza de nuestro país no radica exclusivamente en una sola arista. Una de ellas es la peculiaridad del "idioma de los argentinos" -como lo llamó Jorge Luis Borges-, es notable. Y no me refiero a la pronunciación, aunque sólo nosotros en todo el mundo hispanohablante, pronunciemos algunas consonantes como lo hacemos. Ni siquiera al uso del pronombre "vos" y de los verbos conjugados en consecuencia, algo que, dicho sea de paso, no es privativo de este territorio (muchos colombianos y venezolanos, por ejemplo, pueden dar cuenta de ello). Me refiero a esa forma de interpelarnos que los lingüistas llaman "vocativos". Cuando hablamos con amigos, o con quienes queremos que sientan que los calificamos de amigos, los argentinos solemos usar una especie de apodos circunstanciales, desde los que emplean los hombres entre ellos ("¿Qué hacés, fiera?") o las vendedoras en las boutiques ("¿Te ayudo, linda?"), hasta el drástico insultativo que transforma en tocayos a todos los adolescentes. Así y todo, hay un tipo particular de vocativos, dentro de la clase general, que merece destacarse entre nosotros: los que juegan a convertirnos en parientes. Frases como "¿Tenés fuego, tío?", dirigidas a un desconocido en la calle, revelan esta familiaridad fingida aunque inconsciente.

Como muestra, quiero citar dos ejemplos que llevan al extremo esa condición de confianza a veces ilusoria y a veces desconcertante. El primero, con un destinatario inesperado. El segundo, con un destinador inaudito. En marzo de 2014, en la plaza de San Pedro en el Vaticano, un hincha de Independiente le gritó al papa Francisco: "Jorge, Jorge, aguante el Rojo, papá" (el video está disponible en Internet). Fuera de las rivalidades futboleras que la frase pone en evidencia (bien se sabe que el Papa es de San Lorenzo), semejante tratamiento aplicado a un pontífice no puede menos que ser calificado de confianzudo por cualquiera que no sea argentino. Pero a nosotros nos pareció divertido y hasta el propio Jorge Bergoglio (el Papa) se rio. El segundo ejemplo se registra un año más tarde (también este video puede encontrarse en la web). En la presentación de un nuevo avión de Aerolíneas Argentinas en marzo de este año, nuestra Presidenta se refirió al modo en que los diarios se ocuparon de Máximo Kirchner. Por cadena nacional, desde el aeropuerto de Ezeiza y en un aparte que adoptó la forma de diálogo simulado con su hijo Máximo, Cristina Fernández disparó: "¿Cómo no te van a pegar, hermano? Te la tenés que bancar". Sorprendente fórmula usada por la madre en alusión a su hijo, al que transmuta en hermano (discursivamente, claro) y al que trata como a un compinche de la militancia.

El reconocido lingüista francés Emile Benveniste dice en su Problemas de lingüística general: "La lengua es el espejo de la sociedad, que refleja la estructura social en sus particularidades y sus variaciones y es incluso por excelencia el índice de los cambios que se operan en la sociedad y en esa expresión privilegiada de la sociedad que se llama la cultura". Si esto es efectivamente así, hay que aceptar que la Argentina es una tierra de jerarquías tan planas como la pampa y que todos somos amigos o, mejor aún, que integramos una parentela de cuarenta millones. Nada de privilegios ni distingos, sin "aplazaos" ni "escalafón". Se sabe, sin embargo, que la Argentina es un país raro. Debe ocurrir, más vale (y sin contradecir a Benveniste), que la lengua funciona aquí como esos espejos de los parques de diversiones: distorsionando. Y a la manera de un doble discurso disfraza de igualdad lo que a ojos vistas no es igual. O tal vez sí es igual, pero en un orden más ontológico. Y no pretendidamente igual por cuestiones de corrección política. O de incorrección política, lo que, entre nosotros ya no sería una rareza. 

Revista Ñ
23 de Junio de 2015