Las ciencias del comportamiento en la era del coronavirus

Sostener las hábitos de higiene y la cuarentena se vuelve cada vez más difícil; el estudio científico de la conducta humana puede ayudar a cuidarnos mutuamente

Agustín Ibáñez
Director del Centro de Neurociencias Cognitivas de la Universidad de San Andrés

La pandemia del COVID-19 está arrastrando al mundo hacia una de las crisis sanitarias más devastadoras de nuestro siglo. Al momento de escribir este texto, más de 21 millones de personas han sido infectadas por el nuevo Coronavirus (SARS-CoV-2) y más de 760.000 han muerto.

A la espera de una vacuna o medicamento efectivo, los esfuerzos para inspirar acciones colectivas para un mayor cumplimiento de las medidas de salud pública (por ejemplo, distanciamiento físico, los hábitos de higiene, y el apoyo a las políticas de salud) se convierten en el desafío central al mitigar la transmisión del SARS-CoV-2.

La “quaranta giorni” (cuarentena) es una vieja receta  surgida en un entorno de conductas sociales difícilmente comparable al actual. En la coyuntura actual, el acceso a la comunicación masiva les permite a los gobiernos implementar intervenciones basadas en las ciencias del comportamiento (una conjugación de varias disciplinas que estudian la mente y  la conducta, incluidas la psicología, las neurociencias cognitivas y la economía del comportamiento, entre otras). Sin embargo, los gobiernos tienen muy poca información sobre los niveles de adhesión a las medidas de cuarentena y sus políticas se reducen a controles poco efectivos.

Si se utilizaran datos a gran escala sobre el comportamiento ciudadano sería posible definir estrategias para saber cómo incidir en la conducta e implementar políticas de higiene y de aceptación de la cuarentena con mayor compromiso. Más precisamente, para que los gobiernos logren formular políticas efectivas, deben obtener datos precisos y variados sobre las conductas, reacciones y creencias de la población sobre el virus, para responder a la crisis actual y prepararse mejor de cara a una segunda ola.

Nuestro cerebro ha evolucionado en comunidad, en constante interacción con otros, y su adecuado desarrollo depende fundamentalmente del entramado social. Solo nos desarrollamos con otros. El distanciamiento es antinatural, especialmente cuando se extiende en el tiempo.

La socialización es nuestra mejor fuente de regulación emocional, pues favorece la reducción del estrés y la resiliencia. La soledad (percibida) crónica es un determinante de la salud general, que incrementa el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, inmunes, psiquiátricas y neurológicas.

Las tecnologías actuales que permiten una mayor conectividad entre las personas, como lo son las redes sociales, si bien pueden ayudar, son más bien un complemento y expansión de nuestras “otras” redes sociales (las del café con colegas, el deporte con amistades, el recital con otros fanáticos de nuestra banda favorita). Cuando las primeras no interaccionan con las últimas, pueden empeorar los sentimientos de soledad y desamparo.

Los cambios bruscos en las dinámicas de la familia, las parejas y los vínculos filiales atentan contra la obediencia a la cuarentena. Cuanto mayor es su duración, más frecuentes devienen las reacciones al estrés y las explosiones emocionales intrafamiliares. La cuarentena se acompaña de otros estresores, como la incertidumbre, el impacto socioeconómico y las dificultades laborales.

Estudios de cuarentenas previas, de una duración mucho más reducida, han mostrado efectos negativos de largo plazo, tales como depresión, estrés, confusión y enojo crónicos, a la par de una exacerbación de otros síntomas psiquiátricos.

Por todo ello, sostener las hábitos de higiene y la obediencia de la cuarentena, en el contextos de una pandemia poliforme (pandemia viral, pandemia de soledad, pandemia de estrés, pandemia de incertidumbre, pandemia económica), se vuelve cada vez más difícil ante el paso del tiempo.

Agustín Ibáñez
Martes, Agosto 18, 2020