¿Cuánto influyen las decisiones sobre cómo gastar dinero en los niveles de felicidad?
Mercedes Jones, directora de proyectos del Centro de Innovación Social, fue consultada en esta nota que analiza cómo los gastos prosociales dan mayor satisfacción que los consumos personales.

Un reciente estudio publicado en la revista Nature demostró que aquellas personas que optaron por el gasto prosocial (para el beneficio de otros) sintieron un grado de felicidad mayor que aquellas que lo hicieron en consumo personal.
Entre los resultados más relevantes, los participantes expresaron que los niveles más altos de felicidad lo obtuvieron al donar a organizaciones benéficas y comprar regalos, y en línea con investigaciones previas, siguió el gasto en experiencias relacionadas al cuidado personal y en educación a través del pago de cursos, talleres o clases de algún tema de su interés.
¿En qué consistió la investigación? Unos 200 participantes de tres países de bajos ingresos y cuatro de altos ingresos recibieron una única transferencia de 10.000 dólares para gastar cómo quisieran en el plazo de tres meses. A la mitad de los participantes se le pidió que compartieran sus experiencias de gasto con familiares, amigos y públicamente en redes, mientras que a la otra mitad se le pidió que mantuviera su participación en el experimento en reserva.
¿Cuál era el objetivo? Examinar si compartir públicamente sus experiencias podría alterar las consecuencias emocionales de gastar dinero en otras personas. “Esta manipulación no tuvo efecto en la cantidad de dinero que los participantes gastaron en otros, pero encontramos que las personas que mantuvieron su gasto en condición privada obtuvieron más felicidad del gasto prosocial, incluidas las donaciones caritativas y los regalos”, explica el estudio, suponiendo que al percibir el carácter voluntario de sus elecciones se sienten más felices.
La mirada experta
¿Por qué el gasto prosocial, entendido como la acción de invertir dinero para ayudar a otras personas a través de donaciones, obsequios caritativos o invitaciones, proporciona más felicidad que el gasto personal?
Al respecto, Mercedes Jones, socióloga y directora de proyectos del Centro de Innovación Social de la Universidad de San Andrés (UdeSA), dice: “Las recompensas del gasto prosocial se observan tanto en el cerebro como en el cuerpo. En este sentido, un estudio de la Universidad Simón Frasser en Canadá concluyó que cuando la gente da generosamente, la hormona del ‘estrés’ se desvanece más rápidamente en la sangre. A su vez, según otra investigación de la Universidad de Lübeck, en Alemania, publicada en la revista científica Nature, da cuentas de que existe interacción entre las áreas del cerebro responsables de la generosidad y la felicidad y eso explicaría por qué la gente es altruista incluso cuando conlleva un coste personal”, detalla.
A su vez, Jones dice que existen diversos estudios históricos que indican que, hasta cierto umbral de ingresos, el dinero es vital para tener una vida feliz, pero, una vez que se llega a ese determinado nivel indican que pasa a ser irrelevante la necesidad de seguir acumulando para consumo personal.
¿Qué sucede en nuestro cerebro con el gasto prosocial? La ciencia reveló un vínculo muy estrecho entre la generosidad y la felicidad. La experta lo detalla así: “Con imágenes por resonancia magnética, vieron que las decisiones generosas involucraban más el área cerebral conocida como la unión temporoparietal (TPJ, por sus siglas en inglés) y modulaban la conectividad entre esa región y el núcleo estriado relacionado con los cambios en la felicidad”.
Estos hallazgos, en tanto, resaltan que las personas pueden experimentar aumentos en su bienestar cuando realizan actos prosociales en la vida cotidiana.
La mirada psicológica
De acuerdo a Ornella Benedetti, psicoanalista, coautora de Imperfectos y cofundadora de RedPsi, las personas no solo queremos ser deseadas, sino también reconocidas. Queremos ocupar un lugar en el campo de significación del otro porque es en el intercambio donde encontramos sentido.
Cuando se habla de gasto prosocial, la necesidad de ser reconocido toma una dimensión particular. “Más allá de lo visible, el acto de gastar en otros puede leerse como una forma de buscar ese reconocimiento; al dar, la persona no solo entrega algo material, sino que, de manera inconsciente, busca ocupar un lugar significativo para el otro”.
Al mismo tiempo, asegura que gastar en otros no es un acto meramente altruista ni puramente consciente. “Es una respuesta muchas veces a lo que suponemos que el otro necesita o desea, y a cómo eso organiza nuestra posición en relación al mundo. En este sentido, reflexiona sobre el gasto prosocial como una acción que va más allá de una transacción económica, sino como “una manera de inscribirnos en los lazos que nos constituyen, de construir sentido a través del Otro y de encontrar una satisfacción que trasciende lo material”.
Cuando hablamos de gastar en experiencias, la coautora de Imperfectos observa que existe “una satisfacción más duradera porque moviliza el deseo”, el cual “conecta al sujeto con algo que trasciende lo material: el encuentro con el otro”.
Para la psicóloga clínica Claudia Feler, “una gran parte de nuestra felicidad está tejida en esa red de miradas, expectativas y conexiones”, dice en diálogo con La Nación, y apoyada en las palabras del psicoanalista francés Jacques Lacan, recuerda que “el deseo, siempre es el deseo del otro”.
Al analizar en qué gastamos nuestro tiempo, energía y dinero, la psicóloga considera que la felicidad “no está en el dinero en sí, sino en cómo lo usamos”. Pone ejemplos: “Comprar experiencias, regalar a otros, invertir en nuestro bienestar personal tiene un impacto emocional mucho más profundo que acumular bienes materiales. Gastar es, en el fondo, una forma de jugar nuestras pequeñas batallas contra la monotonía”.
En relación con la investigación de Nature, Feler asume que no todos los gastos son iguales. “El estudio muestra que regalar o compartir experiencias genera más felicidad que comprar para uno mismo; que cuidar nuestro tiempo o invertir en educación nos llena más que acumular cosas. El verdadero secreto estaría, en todo caso, en saber en qué gastar para ser felices”.
Ante la pregunta sobre cuánto puede haber influido en las decisiones de los participantes saber que son parte de un experimento, Benedetti responde que “probablemente mucho, especialmente por el poder que en esta época de exposición constante se le otorga a la mirada del otro”.
“Vivimos en un mundo donde mostramos más lo que queremos que los demás vean de nosotros que lo que realmente somos. Saber que estaban siendo observados por un experimentador pudo haber llevado a los participantes a actuar de forma socialmente favorable, como si buscaran ocupar un lugar positivo en esa mirada externa”, analiza.
Benedetti también se detiene a pensar en que la persona que recibe una entrega inesperada de dinero podría experimentar una mezcla de euforia y desconcierto, incluso cierta incomodidad. “Gastar en otros podría interpretarse como una forma de equilibrar esas emociones en un intento de aliviar la sensación de haber recibido demasiado”, dice.
Por esto, concluye en que el contexto de este experimento, además de condicionar las decisiones de los participantes, puede tocar otros aspectos muy profundos de la psicología humana, entre los que resalta “la búsqueda por ser vistos, la necesidad de aprobación y la influencia de los mandatos sociales en nuestras elecciones”.
La felicidad: ¿es una opción o un mandato?
Como dice la experta de la Universidad de San Andrés, existe una creencia generalizada en que “el propósito de la vida es buscar felicidad”, un concepto que viene desde la época antigua y que, con la Ilustración, se convirtió en un derecho.
En la actualidad, sin embargo, la felicidad aparece “como un mandato social y no tanto como algo optativo”, advierte. “Aquí y ahora, el derecho a la felicidad se transformó para muchos en una obligación que se presenta como realizable: El discurso de que el cambio está en uno y que no es necesario transformar el contexto, por momentos responsabiliza y culpa de su situación a las personas infelices”, subraya Jones.
En este contexto, emergen organismos que respaldan el estudio de la felicidad, como es el caso del Happiness Research Institute de Dinamarca, el cual está integrado por un grupo de expertos independiente que explora por qué algunas sociedades son más felices que otras. En tanto la Organización de las Naciones Unidas (ONU) comienza a realizar mediciones a escala global en la década del 90, como sucede con el World Happiness Report, y hasta declara al 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad desde 2013.
“A pesar de contar con información científica, es evidente que nuestras comunidades subestiman los beneficios sociales e individuales del comportamiento generoso y sobrestiman el efecto de los motivos egoístas para alcanzar la felicidad”, se lamenta Jones.
Y sigue: “Estamos frente a fenómenos alarmantes como es la extensión desmesurada de la agresión entre las personas, las conductas de indiferencia hacia el prójimo, la naturaleza y la cultura, además de los tratos discriminatorios hacia mujeres, niños, personas con discapacidades, homosexuales, trans, personas mayores, entre otras situaciones que nos generan altos niveles de estrés e infelicidad personal y colectiva”. En tanto, espera (y desea) que, “a través de la investigación reciente se pueda colaborar en visibilizar la realidad (cada vez más antisocial) y brindar argumentos lo suficientemente sólidos que demuestren que, para ser felices, nos conviene ser prosociales”.